LXXXVI
Caridad Mercader abrió los ojos despacio, pero la oscuridad no la dejó ver nada.
A través de la capucha negra le llegó el sonido fuerte del motor de un avión.
Quiso levantarse, pero algo la mantenía inmóvil.
Estaba amarrada de pies y manos. Escuchó una voz familiar que la llamaba Klava, y en ruso le pedía que se tranquilizara.
Asintió con la cabeza. Con un movimiento rápido le descubrieron el rostro.
Frente a ella estaba el mismísimo Leónidas Eitingon fumando su pipa de roble.
Caridad supo de inmediato que no era un buen signo ir en la misma aeronave que uno de los consejeros más crueles de Stalin.
Miró a su alrededor. La cabina del avión se hallaba vacía, salvo por Eitingon, ella y un par de hombres que no parecían tener músculos en la cara.
Extendió las muñecas y el oficial ruso aprobó con una señal.
Uno de los guardias sacó un cuchillo de la bota y deslizó el filo por las ataduras.
Hizo lo mismo con las que le apresaban los tobillos. La mujer soltó un suspiro.
—Vamos camino a Cuba. Quiero que hagas un informe pormenorizado de todas las actividades que tuviste en México antes de que vueles a Moscú —le informó Eitingon.
Caridad oyó el crepitar del tabaco consumiéndose. Así se quemaban también sus esperanzas.
—¿Y mi hijo? —preguntó, aunque temía la respuesta.
—Se quedará atrás. Ya cambió la situación, Klava. El presidente Cárdenas conoce la identidad de Gnomo. Nos hizo saber que lo mantendrá con vida y bien cuidado, siempre y cuando no nos metamos de nuevo en sus asuntos. Todo depende de cómo negocie él con Múgica y Ávila Camacho.
—¿Cuánto tiempo?
—Todo el tiempo que sea necesario. Pero será recibido en Moscú como un héroe cuando cumpla la condena.
Estará protegido dentro, es lo único que te puedo prometer, si tú haces lo que te pido —Eitingon vio su reloj cuando escuchó que se abría el tren de aterrizaje del aparato.
Se colocó el cinturón de seguridad. Los guardias siguieron su ejemplo, pero no la mujer.
—Ese no era el acuerdo —dijo Caridad con tono contenido.
—Tampoco que hicieras alianza por tu cuenta con ese padre Salvatierra —Eitingon mordió con furia la boquilla de la pipa—. Mira, Klava, si no intercedo por ti ante el Comité, ahora estarías en el fondo del mar con un balazo en la cabeza.
Caridad sintió en su corazón una culpa tan grande por arrastrar a Ramón a ese país ajeno y absurdo y dejarlo atrás.
Abrió la boca para replicar, para pedirle a su superior que le diera una oportunidad de volver a México y armar otro plan de escape para su hijo, pero su camarada no le permitió hablar.
—Recuerda que te debes al Partido. La causa, debes entenderlo, es más grande que la familia —Eitingon le ajustó con fuerza el cinturón de seguridad a Klava, un momento antes de que las llantas del avión tocaran suelo cubano.