LXXXV
A Covarrubias le gustaban las cortinas gruesas; no dejaban penetrar la luz del sol y su casa podía permanecer en tinieblas la mayor parte del tiempo.
Bebía el tercer vaso de ginebra y aún no daban las nueve de la mañana.
Se sentía cansado, pero no quería descansar sino hasta recibir la llamada.
Estaba seguro de que de un momento a otro el teléfono repiquetearía y del otro lado de la línea escucharía la voz entrecortada de Escorpión.
Dio un trago largo. Los hielos tintinearon después de que el licor dejó de cubrirlos.
Extendía la mano para servirse otra dosis, cuando sonó el teléfono.
Dos timbrazos. Luego silencio. Entró de nuevo la llamada y, al tercer timbrazo, Covarrubias, alias Aries, levantó el auricular.
Después de felicitarlo, Escorpión fue al grano.
—Tengo grandes planes para ti dentro de la política, y por lo pronto te voy a promover a un mejor puesto; sin embargo, antes debes prometerme algo…
Aries miró el vaso vacío. Despacio, para que no se oyera cómo caía el líquido, se sirvió un par de dedos.
—Escucho.
—Debes asegurarme que controlarás ese vicio tuyo con las mujeres, ¿estamos? —parecía que la voz se había endurecido a través del cable.
No era para menos. Escorpión ponía todas sus fichas en Aries y no estaba dispuesto a perder una apuesta de esa magnitud.
Aries carraspeó. Durante todo ese tiempo había aprendido que lo primero era acomodarse a las circunstancias y luego maniobrar en beneficio propio.
Y para eso, él era un maestro. Le diría que sí a todo; después, con el poder en sus manos, nadie podría detenerlo, ni impedir que siguiera gozando de ese vicio, como acababa de llamarlo Escorpión.
—No se preocupe. Ese asunto de mujeres no será un problema para usted.
Un segundo después, la línea quedó en silencio y con ella la voz maltrecha de Escorpión. Aries se terminó de un trago la bebida y empezó a ojear el tomo dos de Registro de mujeres públicas hasta que el sopor de la ginebra lo arropó por completo y se quedó dormido.