La torre de cristal LXXXIV
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LXXXIV

El lugar estaba lleno de polvo y le faltaba luz natural, pero Enrico Sampietro reconoció que serviría como escondite para llevar a cabo la misión que le había encargado el cura Salvatierra.

Emocionado igual que un niño al que le traen muchos regalos la víspera navideña, quitó las sábanas que cubrían las máquinas recién llevadas al sitio.

Se veía que el sacerdote contaba con buenos recursos, porque los aparatos eran nuevos y de los más avanzados.

Hizo cálculos mentales. Si los insumos que había pedido llegaban en los siguientes días, antes de dos meses tendría impresos varios millones de pesos falsos, listos para empezar a distribuirse en las calles.

El plan era hacerlos circular en forma simultánea en los giros negros de varias ciudades; pero Sampietro también tenía su propio plan: entraría a la bóveda de un banco para intercambiar los billetes buenos por los falsos, y para eso no necesitaba la autorización de su mecenas.

No pensaba decírselo. Calentó agua en una olla de peltre, y se preparó un café bien cargado.

Se sentía optimista. Otra vez la diosa Fortuna le sonreía en un territorio donde nunca había imaginado que podría hacer progresos.

Ahora era cuestión de esperar, volverse millonario y volar de regreso a su país natal.

Paladeó el café mientras se imaginaba que en realidad era un buen vino y que, en vez del techo de una bodega en las afueras de la Ciudad de México, se hallaba bajo la sombra de un viñedo en Burdeos.