LXXXIII
En ese mismo momento, Aries ponía un pie fuera de Lecumberri, después de que el director Murillo se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Sonriente, miró para ambos lados de la calle atiborrada de agentes que tenían instrucciones de cercar todo el perímetro.
Las sirenas de las patrullas se fundían con las de los camiones de bomberos; arribaban para sofocar el fuego que aún no había sido controlado en ciertas crujías.
Aries se acomodó el anillo del sindicato de Petróleos para que el logotipo quedara a la vista.
Lo acarició apenas y continuó su camino rumbo a su auto.
En contraflujo, los uniformados corrían para ingresar a la penitenciaría sin prestarle mucha atención, salvo para sacarle la vuelta y no chocar con él.
Estaba contento. Géminis ya no era un estorbo; además, confirmó que Mornard no había podido huir. Eso significaba que alguien debía neutralizarlo, y por eso Escorpión tendría que mover sus piezas, de las cuales él, Aries, era la mejor posicionada en ese momento.
Metió la llave en la cerradura de la puerta del Ford y lo abordó.
Prendió el radio. Movió el dial en busca de alguna canción, pero todos los locutores hablaban del motín en Lecumberri.
Ninguno tenía la información precisa de cuántos reos se habían fugado, pero de que todo era un caos no quedaba duda, repetían.
Aries amplió la sonrisa. Él era un agente del caos, la anarquía invisible que nadie podía detener.
Estaba a punto de arrancar cuando un toquido en la ventana lo detuvo.
Volteó y un haz de luz lo golpeó de lleno en la cara.
Entrecerró los ojos mientras daba vuelta a la manivela. El policía movió un poco la linterna.
—Necesito revisar su cajuela. Tengo órdenes de verificar todos los autos cercanos al penal —el oficial aluzó la parte trasera del coche.
—Claro, por el motín —dijo mientras abría la cajuela.
Salvo un par de botas de hule llenas de lodo, el espacio estaba limpio.
—¿Qué hace un asesor del sindicato petrolero? —quiso saber el agente después de leer la identificación que le había dado Aries.
—Tantas cosas, oficial. Pero, principalmente, solucionarles los problemas a los políticos.
—Pues le sugiero que se aleje de aquí si no quiere que lo pongan a trabajar. Ese motín va a molestar a algunas personas del gobierno… señor Covarrubias —dijo el uniformado mientras le regresaba la identificación.
Covarrubias le guiñó el ojo al agente y subió al auto. Por el retrovisor vio cómo la silueta de la penitenciaría de Lecumberri se difuminaba poco a poco, conforme las sombras caían sobre la ciudad.