LXXXII
Lecumberri parecía un animal mitológico recién muerto con sus paredes sucias, manchas de sangre por doquier, partes quemadas en los techos, colchones y literas desvencijadas.
Un cuerpo de animal ultrajado por cientos de reos que buscaban escapar, o simplemente aprovechar la oportunidad para cobrar ofensas añejas y hacer desmanes.
Decenas de agentes se paseaban entre los presos tendidos en el suelo con las manos en la espalda.
Aparte, un grupo de oficiales movía con toletes los cuerpos para revisar si estaban heridos o ya eran cadáveres.
Si escuchaban un quejido, avisaban a los paramédicos para que lo llevaran a la enfermería.
Si el preso no hacía ningún movimiento, lo marcaban con una cruz.
A quienes sí trataban con deferencia era a sus compañeros caídos.
De pronto, vieron llegar a Quevedo y a Quintanilla, que empujaban con violencia a Ramón Mercader de vuelta al patio principal. Atrás, con las manos bañadas de la sangre del mayor, el Güero los seguía despacio.
—Necesito que vean algo —un custodio se acercó a ellos.
Dejaron encargado a Mercader y siguieron al uniformado. La linterna del oficial les mostró el cadáver de Armenta en el interior de una bartolina.
—Carajo —Quintanilla no pudo evitar dar un golpe en la pared, frustrado—, ese licenciadillo me iba a explicar todo, pero prefirió suicidarse antes de enfrentar a la justicia, el muy cabrón —soltó un puntapié a la base de la cama.
Quevedo se rascó la cabeza y dio un paso hacia atrás para observar bien el cuerpo. Negó varias veces con la cabeza y se acercó al cuello de Armenta. Entornó la visión. Observó un moretón que apenas se distinguía porque lo tapaba la corbata. Con una seña pidió la linterna para aluzar mejor la piel.
—Ese golpe no tiene por qué estar ahí. Además, la forma en que quedó el cuerpo no es verosímil. Antes de que sigas pateando toda la cárcel, teniente, yo diría que hay que esperar la autopsia. También hay muertos que hablan —le sonrió de manera misteriosa a Quintanilla.