La torre de cristal LXXXI
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LXXXI

Antes de amarrar al cuello la propia corbata de Armenta, Aries le palmeó con desprecio la cara nada más por el gusto de escuchar el sonido.

Tres reclusos pasaron corriendo frente a la bartolina y, unos instantes después, un tropel de pasos le confirmó que más agentes habían entrado a Lecumberri para controlar el motín.

Miró el reloj. Justo a tiempo. Para esa hora, según sus cálculos, los comunistas ya debían haber aprovechado el tumulto para escapar.

El cobro por ese favor iría a parar, como en las anteriores negociaciones, a una caja fuerte empotrada en el piso del sótano de su casa.

¿Y Escorpión? Ah, ese Escorpión ya se estaba haciendo viejo.

Pero Aries lo necesitaría aún, hasta terminar de urdir su propia telaraña, hasta quitarle todo su poder antes de que se diera cuenta.

Había cumplido la misión de deshacerse de Géminis y, si había alguna sorpresa con la muerte de Mornard, le echaría la culpa a su excompañero.

Acarició el anillo con ternura. La tranquilidad de sentir la aleación del metal bajo sus dedos amainó su respiración y aclaró su mente.

El tablero político es muy fácil de descifrar si entiendes los movimientos que cada pieza tiene permitidos, se dijo.

Él era experto en ello. Anudó el extremo de la corbata a un barrote, levantó todo lo que pudo el cadáver de Armenta y lo dejó caer.

Con la punta de los dedos jaló un poco la lengua del muerto fuera de la boca.

Ladeó el rostro para ver mejor su obra: el cuerpo desmadejado, con un hombro más arriba que otro, el aspecto de batracio exhibiendo su lengua y los ojos abiertos de quien había sido Armenta, le provocaron una ligera carcajada.

Se asomó con cautela al pasillo y, tras comprobar que estaba despejado, abandonó la celda.