LXXX
Al juez Robledo le extrañó distinguir a la mujer del hábito blanco en medio de los reos que se peleaban en el patio, pero más curiosidad le provocó que a su lado caminaran Sampietro, Mornard y dos hombres que parecían custodiarla rumbo al exterior de un patio.
Su leve distracción permitió que un preso le sorrajara un golpe en el hombro.
La herida del balazo se abrió de nuevo y una mancha roja impregnó su camisa.
Robledo apretó los labios para aguantar el dolor.
Le soltó una enérgica patada en la ingle al hombre y, cuando cayó hincado, terminó por asestarle un cabezazo que lo hizo perder el sentido.
Brincó el cuerpo de su contrincante y escabulléndose entre reclusos y policías consiguió avanzar en la dirección por la que había desaparecido el extraño contingente.
Aprovechó los recovecos de la arquitectura para seguirlos sin que lo vieran.
Intuyó que se dirigían a la parte más alejada de la prisión, donde el motín parecía no haber llegado.
A lo lejos, el ruido de las sirenas se acercaba con rapidez.
Vio cuando los dos presos empezaron a quitar sacos de harina que estaban desperdigados en el suelo, ante la vigilancia complaciente de Mornard y Sampietro.
Debajo de los costales apareció una escalera que colocaron sobre la pared.
Uno de los hombres volteó para asegurarse de que nadie los hubiera descubierto, pero el juez ya avanzaba hacia el grupo con el arma amartillada y apuntándole.
No le dio tiempo de dar el grito de alerta.
Un disparo de Robledo le atravesó el cuello y el salpicón de sangre manchó la pared.
El reo cayó de rodillas, y enseguida se vino abajo con las manos puestas sobre la herida.
Caridad giró con rapidez y devolvió la agresión.
Robledo apenas tuvo tiempo de lanzarse a un lado para buscar refugio detrás de una pileta llena de agua.
Intentó asomarse, pero una bala pegó en la orilla y una nubecilla de concreto se elevó.
Supo que estaba ante una tiradora profesional.
Su gesto sereno cuando cayó su compañero se lo había confirmado.
—¡Hijo de la gran puta! —gritó y disparó un par de balazos.
¿Por qué carajos está metida en este embrolló una española?
, caviló el juez al reconocer el acento.
Sacó el cañón del arma por encima de la pileta y, sin apuntar, disparó.
Le respondieron con varios tiros. Se percató de que eran de diferentes calibres, y de que los tiradores disparaban conforme avanzaban.
Miró hacia atrás. Si corriera por ahí, sería un blanco fácil.
Tampoco podía salir a descubierto; no podría con los dos atacantes.
Se pegó lo más que pudo a la pared de la pileta para esperar al primero que avanzara hasta quedarle a tiro.
—Nada como morir en una batalla, no importa que sea en una prisión —dijo y apretó más fuerte la cacha de la pistola.
Al escuchar los balazos, Sampietro inició el ascenso por la escalera sin que nadie se lo indicara.
Desde la cúspide observó que uno de los guías del grupo le disparaba a Robledo mientras caminaba hacia él.
Dispuesta a dejar atrás a su cómplice, Caridad apuraba a Ramón para que trepara, pero él se resistía.
—No, madre, primero tú.
Ramón la tomó de la cintura y la situó dos peldaños más arriba.
Caridad hizo un mohín de disgusto, pero comenzó a subir.
Notó que el hábito no le permitía hacerlo con la velocidad que ella hubiera querido y un par de veces estuvo a punto de caer cuando accidentalmente lo pisó.
De pronto escuchó el sonido característico del cargador vacío.
Reviró preocupada. Su escolta se acababa de quedar sin balas.
Vio cuando sacó una navaja retráctil de la parte trasera del pantalón. Maldijo su suerte.
—Upa, upa, Ramón, que no hay tiempo —apuró Caridad mientras subía otro peldaño.
Las detonaciones les llegaron clarísimas a Quevedo, Quintanilla y al Güero, cuando buscaban cómo llegar al patio central. Voltearon a verse. Los disparos venían de otra parte, no del sitio donde se veían las humaredas ni desde donde les llegaban los alaridos de guerra.
—Es por allá —señaló Quevedo y salieron corriendo en esa dirección.
Robledo escuchó el ruido hueco del percutor al chocar con el casquillo vacío.
Se puso de pie dispuesto a contraatacar.
Apenas lo hizo, sintió el empellón de aquel cuerpo musculoso que lo arrollaba con toda su fuerza.
Intentó evitar que el arma se le escapara de las manos, pero fue imposible.
Cuando logró incorporarse, descubrió en la diestra de su atacante el resplandor de una navaja.
El hombre sonrió al ver la herida en el hombro de Robledo, y la sangre recorriéndole todo el brazo.
Hizo un par de maniobras con el puñal. Dio un paso, confiado de deshacerse fácilmente de ese estorbo.
Al acercarse corriendo, apenas vio Valentín la posición de Robledo en el piso y la navaja en la mano de su agresor, supo que no tendría oportunidad.
Atrás de él, Quevedo y el Güero contemplaron cómo el acero entraba en el cuello del juez al tiempo que un chisguete de sangre trazaba una parábola en el aire para ir a estrellarse con la tierra.
Quintanilla lanzó un alarido, un sonido inhumano que logró asustar al atacante del juez.
—¡Se escapa ese cabrón! —el Güero señaló hacia donde Mercader empezaba a subir y se agachó para tapar la herida de Robledo.
Caridad y Sampietro, desde la cima de la pared, le tendían las manos para ayudarle a llegar más rápido. Quevedo, sin dudarlo, corrió hacia la escalera.
Valentín sintió que sus nudillos se hundían con rabia en la carne del hombre, a la altura del hígado.
El agresor abrió la boca, intentado agarrar oxígeno, pero las fuerzas parecieron abandonarlo y la navaja se le escapó de los dedos.
Un golpe cruzado del teniente le impactó la mandíbula.
Por unos segundos, la visión se le nubló y estuvo a punto de desmayarse, pero un dolor lacerante en el pecho lo volvió a la realidad.
Bajó la vista. Su propia navaja estaba incrustada al lado del corazón.
Hizo un esfuerzo por sacarla de ahí, pero la mano recia de Valentín, parecida a la garra de un depredador, no permitió que la moviera ni un centímetro.
El herido levantó el rostro. Quintanilla fijó la vista en aquellos ojos y no los separó hasta que el último hálito de vida se evaporó en ellos para siempre.
Ramón rozó la mano de Caridad. El contacto duró apenas unos segundos, porque el español sintió un fuerte jalón en los pantalones, a la altura de los tobillos, que al desequilibrarlo lo hizo chocar la mandíbula contra uno de los peldaños.
—¡Vámonos! Si no, nos atoran a nosotros también —dijo Sampietro al oído de Caridad cuando vio que su compañero de fuga soltaba la escalera para caer al suelo.
—¡No, no, no!
El francés entendió que ese grito no era una negativa a su petición, sino un furioso reclamo al universo.
Sampietro se deslizó hacia la calle. A partir de ahí, el plan de Salvatierra no incluía comunistas, sino tan sólo sus propios intereses.
El falsificador se alejó rápido. Como lo había instruido el padre, a media cuadra localizó un bote de basura.
En el interior encontró dinero, ropa y la dirección de un taller ubicado en Tacubaya.
Escuchó un silbido. El chofer de un camión repartidor de carne le hacía señas para que se apurara desde el otro extremo de la calle.
Sampietro subió de un salto a la parte trasera del vehículo.
Mientras empezaba a cambiarse, el camión inició su trayectoria.
Caridad seguía negando lo que veía con sus propios ojos: su hijo tirado en el piso, atrapado por ese hombre.
Miró a sus lados; se dio cuenta de que estaba sola en el muro de Lecumberri, de que Sampietro la había abandonado.
Escuchó que alguien gritaba que la atraparan.
Bajó la vista de nuevo para ver a Ramón, a Mornard, a Jacques, a Gnomo, a todos esos hombres en uno solo.
Su hijo la buscaba con la mirada. Le sonreía.
La mujer, conteniendo el llanto, la frustración, se deslizó hacia abajo hasta alcanzar la calle.
Lo único que le quedaba ahora era tratar de convencer al Partido para que le permitieran hacer un nuevo plan de fuga, uno que lograra unirla con su hijo. Un carro frenó frente a ella.
—¿Traen suficientes armas? Todavía tenemos tiempo de subir y rescatar a Ramón.
Por respuesta, uno de los hombres le colocó sobre el rostro un pañuelo empapado de cloroformo. Los pataleos y los arañazos que lanzó pronto cesaron y una bruma, parecida a la resignación, llenó todo su cerebro.
El teniente metió el pie en la corva de Mercader y lo vio caer hincado. El asesino de Trotsky hizo una mueca de dolor. Entonces, con la mano en forma de tenaza, Quintanilla lo aferró del cuello, apretándolo lo más que pudo. El preso apenas se quejó.
—Te vamos a hacer la vida imposible, pendejete —le dijo y el español supo que ya no podía fanfarronear con ese matón ni con el doctor que tenía por compañero. Su silencio, sus labios sellados, serían desde ahora su moneda de cambio.
Alfonso Quevedo contempló al reo, luego la pistola que traía fajada Quintanilla en la cintura.
Por un instante le pasó por la cabeza vaciarle el cargador al asesino para diluir, aunque fuera un poco, toda la furia que acumulaba.
El movimiento tomó por sorpresa al teniente y, cuando reaccionó, su compañero apuntaba el arma a la cabeza de Mercader.
El español no pudo evitar sonreír. Moriría como un mártir, al fin.
Le harían estatuas, su nombre resonaría en todos los rincones del mundo soviético, sería inmortal y su madre estaría feliz.
Durante varios segundos, el teniente advirtió que en el rostro de Quevedo no había ni una señal que indicara titubeo o duda.
La expresión del criminólogo era semejante a la de ciertos asesinos consumados que él tantas veces había visto a lo largo de su vida, tanto en las refriegas de la Revolución como en las calles de la Ciudad de México.
—Quiébratelo si quieres, doc. Ni el chupatintas ni yo vamos a decir nada.
Aunque te vas a quedar a oscuras respecto a lo que acaba de suceder —colocó una mano sobre el hombro de Quevedo mientras le hablaba al oído—.
Además, tengo que advertirte que, una vez que das ciertos pasos, ya no hay forma de desandarlos. Te lo digo por experiencia.
Quevedo apretó los puños y la pistola se movió en su mano como si estuviera en el epicentro de un terremoto.
La rabia, el deseo de revancha, los sonidos de los gritos y los pasos de los agentes corriendo por toda la prisión se le reburujaron en la cabeza.
También los cerrojazos de las celdas que volvían a contener a los reos.
La imagen de Robledo tirado en el suelo volvió a ocupar por completo su pensamiento.
Intentaba vengar la muerte de su maestro.
Intentaba contener el temblor de su mano.
Intentaba aplastar el gatillo. Pero fueron sólo eso, intentos.
Al ver que titubeaba, Quintanilla le quitó despacio el arma y se la colocó de nuevo en la funda.