LXXIX
El Güero maniobró con pericia para dar vuelta en la esquina y evitar la fila de autos que circulaban frente a la entrada principal de Lecumberri.
Los conductores bajaban la velocidad para intentar observar mejor las fumarolas que se elevaban desde el interior de la penitenciaría.
El reportero apagó la sirena de la ambulancia y se orilló.
—De una vez les digo que por aquí no vamos a poder entrar. Además esto no tarda en llenarse de policías, y en una de esas hasta de militares —el Güero recargó ambos brazos en el volante.
Quintanilla se bajó para observar el muro de piedra. Sabía de antemano que, en caso de un motín, la primera instrucción es: nadie entra, nadie sale. Llegar con sus pistolas y credenciales no iba a servir de nada. Se fijó en la atalaya. El sitio donde debía estar un guardia se encontraba abandonado.
—Sospecho que está cabrón allá adentro —apuntó a la torre cuando sintió a Quevedo a su lado.
—No podemos esperar.
—Y no lo vamos a hacer. Súbete. Ya se me ocurrió algo —Quintanilla entró en la parte trasera de la ambulancia—. Pégate a la pared —le gritó al Güero.
Un par de transeúntes tuvieron que hacerse a un lado cuando la camioneta se subió a la acera.
El chirrido de la lámina contra la pared provocó que el Güero y Quevedo entrecerraran los ojos y trabaran las mandíbulas.
Escucharon un ruido en el techo y, cuando los dos bajaron de la cabina, vieron a Quintanilla a punto de lanzar un tanque de oxígeno amarrado a una hilera de sábanas.
Al segundo intento quedó atrapado entre la separación de ladrillos del adarve.
—Vamos a ver cómo andas de fuerza, doc —dijo el teniente y comenzó a escalar con soltura—. O, si quieres, puedes esperarnos aquí.
El Güero sonrió cuando Quevedo lo hizo a un lado para seguir a Quintanilla. Pensó que iba a costarle más trabajo, pero antes de cinco minutos los tres ya estaban en el interior de la prisión.