La torre de cristal LXXVIII
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LXXVIII

Era el problema de esa maldita prisión, donde todos los patios, todos los pasillos, todas las crujías, además de converger en el mismo centro, resultaban casi idénticos.

Volvió a pensar en que lo más urgente era salir de ahí, rumbo a las oficinas.

Pero ¿podría llegar? ¿Por dónde sería la salida?

En su accidentado periplo se había topado con varios guardias pero, por más que les pidió ayuda identificándose como funcionario del gobierno, nadie hizo el intento de socorrerlo porque, mientras unos eran golpeados con salvajismo, otros masacraban con furia a los presos.

Buscaba alguna señal para identificar qué crujía era por la que caminaba.

Se sentía inseguro al establecer contacto visual con cualquiera de los hombres a su alrededor.

Se imaginaba que, si lo hacía, sería una suerte de invitación para que lo atacaran y, entonces sí, ni su rango ni su revólver lo salvarían de ser masacrado a golpes.

Llegó a un pasillo en un segundo piso, a donde subió para ver si podía orientarse mejor. No escuchaba, no podía pensar, tan sólo atinaba a esquivar a los hombres que peleaban, aterrorizado porque cualquiera de ellos hubiera sido encargado de eliminarlo.

—¡Escorpión, hijo de su puta madre!

Lo había enviado a morir a Lecumberri. Extendió la vista por el pasillo hasta el sitio por donde se accedía a él.

Le faltaban cerca de treinta metros, quizá más.

No era tanto, pero en el camino había varios grupos de rijosos: dos hombres que se apaleaban con fervor, tres que molían a uno de los custodios, otros dos que vengaban sus afrentas en el cuerpo de un caído.

Por el momento ninguno de ellos había reparado en él.

Pero ¿si se acercaba y lo veían? Al darse cuenta de que no llevaba uniforme ni de guardia ni de recluso, ¿lo respetarían o sería peor? Mejor no arriesgarse.

Se acercó al barandal para contemplar, abajo, el patio de la crujía.

Ahí la violencia era más extrema. Todos peleaban entre sí, y muchos presos continuaban golpeando a hombres en el suelo que ya de plano ni siquiera se movían.

¿Y si se quedaba ahí donde estaba? Esa era otra opción.

Desechó la idea. ¿Quién podía asegurarle que el trabajo de eliminarlo se lo habían encargado a uno solo?

Hizo memoria rápido: según él estaba enterado, había en Lecumberri por lo menos unos quince reclusos con sentencias largas que operaban bajo las órdenes de Escorpión, y de él mismo, por lo menos hasta ahora.

Pero esos eran sólo de los que tenía conocimiento.

¿Cuántos más había de los que Escorpión nada le había dicho?

Mejor esconderse. Esperar a que los guardias contuvieran el motín.

Ya para estas horas quizás habían recibido refuerzos de la policía, y seguro contaban con un plan para ingresar al penal.

Él esperaría, pistola en mano, hasta que todo estuviera calmado.

Se acercó a una de las bartolinas, abierta de par en par.

Parecía deshabitada. Palpó el revólver en su cintura y entró.

Se sentó en el camastro y agarró su cabeza con ambas manos.

El rumor que llegaba de afuera era el de un manicomio sangriento.

Y de pronto, a los pocos minutos de estar ahí, percibió el olor de la celda.

Olía a miedo. ¿Era real? ¿O se trataba del suyo?

Armenta trató de calmarse, pero comenzó a sentir espasmos en el estómago; el sudor no dejaba de brotar por sus poros.

Creyó escuchar pasos que se alejaban. Sacó su revólver y asomó la cabeza por el umbral.

Encontró el pasillo desierto, salvo por los cuerpos del guardia y de otro recluso inmóviles en el piso. Era el momento de avanzar.

Con el arma empuñada, bajó la cabeza y caminó con el mismo envaramiento de antes, en un intento de pasar desapercibido.

En tanto recorría el pasillo despacio, del patio de abajo le llegaban ruidos violentos, gritos y quejidos.

Sorteó al guardia inerte, cruzó por la puerta de otra bartolina vacía.

Tuvo casi que saltar al recluso tendido y, cuando pasaba sobre él, advirtió que estaba muerto, con una punta clavada en el pescuezo.

Encontró otras bartolinas abiertas en cuyo interior no había nadie, y continuó hasta ver el cubo de las escaleras que lo llevarían abajo.

Aún con la cabeza gacha y el andar tieso, dio vuelta en la esquina, pero en ese instante chocó con el cuerpo de un hombre que venía en sentido contrario.

El golpe no fue duro, pero sí detuvo su avance.

En un movimiento instintivo llevó la mano a la cintura al tiempo que alzaba la vista para enterarse de con quién se había topado, y al reconocer al otro sintió alivio, primero, y enseguida una alarma se le encendió dentro del cerebro.

—Aries, ¿qué haces aquí? —preguntó casi sin voz.

En vez de responder, el hombre le inmovilizó el brazo con mano férrea para impedir que sacara el arma; con la otra le tapó la boca, al tiempo que lo empujaba hacia atrás, hacia la última bartolina abierta por la que había pasado.

Ya en el interior, ambos cayeron sobre el camastro.

Armenta se debatía como animal preso en una red, ponía todas sus fuerzas en tratar de quitarse al otro de encima mientras se esforzaba en alcanzar el revólver.

Creyó que al fin iba a lograrlo, cuando escuchó un crujido al tiempo que lo invadía un dolor agudo que lo hizo gritar sin que el sonido atravesara los dedos que tapaban su boca.

Su muñeca se había quebrado como un cristal.

Aries, entonces, aprovechó su desconcierto para sacarle el revólver de la cintura y darle un duro golpe con él.

Entre las nieblas de un mareo, Armenta lo vio abrir el tambor del revólver, sacar las balas con movimiento experto y arrojárselas encima.

—No las necesito —Aries dejó el arma en la mesa, junto al libro de oraciones de algún preso—. Mejor dicho, así no me gusta.

Enseguida se inclinó sobre Armenta, quien continuaba paralizado sobre el camastro.

Con actitud ceremoniosa, Aries giró el anillo que llevaba en el anular hasta dejar la inscripción de Petróleos Mexicanos oculta a la vista.

Después atenazó con ambas manos el cuello de su víctima, cuyos pies se agitaron de manera convulsa antes de que los dedos de su asesino empezaran a hacer presión.