La torre de cristal LXXVII
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El vehículo se encontraba encajonado por una pipa de agua y tres carros; era imposible usarlo.

El Güero se asomó a una ambulancia de la Cruz Verde y vio que tenía las llaves pegadas.

Miró a los lados para comprobar que nadie le prestaba atención; los socorristas, bomberos y uno que otro curioso acomedido se hallaban ocupados intentando despejar la calle de los restos del accidente.

Se subió al asiento del conductor. Encendió la ambulancia y avanzó a vuelta de rueda hacia el sitio donde estaban el doctor y el teniente. Les chistó. Al verlo se mostraron sorprendidos al principio, pero comprendieron de inmediato y se treparon.

Salieron por una lateral despejada. El Güero fijó la vista en el retrovisor: un socorrista corría tras ellos con cara de angustia, pero cuando la ambulancia pudo sortear el último carro inmóvil y avanzó por el camino libre, no tuvo más remedio que darse por vencido y mentarles la madre con el brazo.

El Güero prendió la sirena para que les abrieran paso. Durante los primeros minutos ni Quevedo ni Quintanilla pronunciaron palabra. De pronto el teniente lo encaró.

—¿Qué más averiguaste en Barcelona?

—Caridad Mercader, una lideresa comunista, es la madre de Ramón: la supuesta monja que descubrimos en las fotos.

Mientras aumentaba la velocidad del vehículo, el Güero paró oreja lo más que pudo. Ahí se enteró de que Caridad y Ramón Mercader tenían un largo historial en las filas del Partido Comunista, primero en el de España y después en el de la Unión Soviética.

—Los comunistas ya no podrán ocultar de dónde vinieron las órdenes del asesinato.

—¿Y sabes lo que significa eso? —Quevedo se sostuvo del cinturón de seguridad cuando la ambulancia dio una vuelta muy cerrada—. Que todo esto es un buen pretexto para iniciar otra guerra.