La torre de cristal LXXVI
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El motín en la prisión se extendía según el plan.

Desde que empezó a avanzar por los pasillos, acompañada por el jefe de custodios Reséndiz y el padre Salvatierra, Klava escuchó el tumulto que parecía provenir de todos lados y de ninguno, como si se tratara de una nube ruidosa suspendida encima de Lecumberri.

En su camino se habían cruzado con varios guardias, que se limitaban a acercarse a Reséndiz para recibir instrucciones.

El jefe de custodios se las daba en susurros y los guardias seguían avanzando, algunos en la misma dirección de ellos, como si fueran a despejar la ruta; otros en dirección opuesta, como si se estuvieran encargando de cubrirles la retirada.

Sorprendida por la precisión con la que el sacerdote había formulado el plan, Klava comparaba la situación en su mente con las misiones del Partido en las que había participado.

Por eso en el instante en que el estallido a la entrada del penal hizo que los muros, pisos y rejas vibraran con violencia, supo que todo saldría conforme a sus deseos.

El único que pareció sorprendido con la explosión fue Reséndiz, quien volteó hacia el sacerdote.

—Tranquilo, está calculado —lo calmó el religioso con un ademán.

Llegaron al centro del penal y el jefe de custodios le hizo la seña de que todo estaba bien al vigía del panóptico. Klava vio que el hombre, un guardia armado con un fusil, respondía con un gesto similar. Los tres continuaron su andar y se internaron en una de las crujías traseras de la prisión.

En la crujía J, que albergaba los homosexuales, aunque había escándalo y bullicio, no cundía aún la violencia.

Subieron al corredor del segundo piso, vacío en esos momentos, y se dirigieron directamente a una de las bartolinas del fondo, que tenía la puerta metálica cerrada.

Reséndiz abrió y entraron. Dos de los hombres vestidos como guardias de la prisión, que habían llegado con Klava en la camioneta, estaban ahí junto a Sampietro y Mornard.

Aunque esperaba ese encuentro, Klava tuvo que taparse la boca para acallar un grito de emoción.

Al verla, Mornard sonrió y se abalanzó sobre ella.

—Madre —le dijo en perfecto español y la alzó del piso, extrañado de verla vestida con hábito de monja.

—Ramón, Ramón.

Sólo hasta que pasaron varios segundos se dieron cuenta de que los demás los observaban con atención en la penumbra de la bartolina.

El padre Salvatierra con una sonrisa algo beatífica de satisfacción; Reséndiz y Sampietro con impaciencia, y los hombres uniformados con nerviosismo.

Klava se desprendió de los brazos de su hijo.

—Síganme —apuró Reséndiz mientras se asomaba fuera de la celda.

—No te preocupes, Ramón, ya está todo preparado fuera de aquí —Caridad acarició la cabeza de su hijo.

Al mismo tiempo, el padre Salvatierra y el custodio revisaron sus relojes y dijeron que todos debían ponerse en movimiento.

Cuando salieron al corredor, se dieron cuenta de que las peleas habían llegado al patio de la crujía J, donde muchos de los internos se refugiaron en sus bartolinas.

Varios reos que venían de otros pasillos miraban al sacerdote como para hacerle saber que seguían sus instrucciones.

Reséndiz marcaba el camino: debían bajar al primer piso con el fin de atravesar el patio para llegar a un túnel que los conduciría a la zona de abastecimientos.

Según sus cálculos, sería cuestión de minutos poder escapar del penal.