LXXV
El juez estaba inmóvil en el patio, oyendo en torno suyo golpes, quejidos, bramidos, maldiciones, garrotazos y las inútiles órdenes de los guardias.
López yacía en el suelo sobre un charco de sangre.
Varios de los guardias que alcanzaba a ver mostraban también el rostro ensangrentado.
Y la pelea seguía, generalizada, en todos los rincones del patio.
Robledo no sabía qué hacer, a dónde ir. De pronto recordó a Jacques Mornard.
Miró la puerta de la bartolina que supuestamente lo alojaba.
Estaba cerrada, pero no se veía candado en el cerrojo.
Junto a ella dos reos, ya casi en el suelo, se molían mutuamente a puñetazos.
¿Estaría escondido Mornard en su celda? ¿Había optado por no salir de ella al ver la violencia que reinaba en el exterior?
Avanzó, esquivando a los peleadores y, justo cuando llegó ante la puerta, otro disparo tronó en el patio de la crujía, tan fuerte como un cañón, haciendo que Robledo diera una media vuelta instantánea.
Se palpó el cuerpo. Seguía ileso. Extendió la vista por todo el patio.
Imposible saber quién disparó y a quién había herido la bala.
La mayoría de los hombres, de pie o vencidos en el suelo, ostentaban enormes manchas de sangre.
Los custodios continuaban dando garrotazos a los reos más bravos, pero no se veía una pistola por ningún lado.
El juez empujó la puerta metálica con cuidado.
Con temor. Se asomó por la rendija. Vio unos pies sobre la cama, inmóviles.
Respiró hondo y abrió la reja aún más. El hombre estaba de cara a la pared y parecía dormido.
Sólo cuando se introdujo en la bartolina dejando un poco del bullicio de las peleas atrás, Robledo se dio cuenta de que el cuerpo estaba herido y rezumaba sangre que empapaba el colchón del camastro.
¿Habían eliminado a Mornard? ¿De eso se trataba todo aquel alboroto?
Examinó el lugar: lucía como si nadie lo habitara.
No había papeles ni libros ni efectos personales, como si hubiera sido abandonado.
¿Se habían llevado todo lo que Mornard poseía?
Entonces se animó y tomó el hombro para darle vuelta.
A pesar de los golpes en el rostro y el torso lleno de cuchilladas, reconoció de inmediato que ese cadáver no era el de Mornard.