LXXIV
Parecía una zona de desastre. Desde que dieron vuelta en la esquina más cercana, tanto el Güero como Quintanilla pudieron darse cuenta de la magnitud del accidente.
Ya lo presentían, pues calles más atrás el tránsito estaba detenido por un retén policiaco que sólo pudieron traspasar al identificarse como periodista y agente policial.
Pero nunca esperaron lo que vieron: el tranvía se había llevado de arrastre por lo menos a cuatro vehículos, aunque la carambola alcanzó a varios más.
Por eso eran demasiados los heridos que atendían los socorristas de las ambulancias.
Había hombres y mujeres, con vendas en la cabeza o en el brazo, algunos inmovilizados sobre camillas.
El Güero descubrió dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas y miró de reojo al teniente esperando su reacción.
—Ahí, ahí, párate de una vez —Quintanilla señaló un lugar dónde estacionarse, y antes de que la marcha se detuviera por completo, se apeó y se dirigió hacia los cadáveres.
Se acercó al primero. Bastó una ojeada para darse cuenta de que era un hombre. Metros más adelante, el siguiente difunto cubierto dejaba ver por fuera de la sábana unos zapatos femeninos. El teniente corrió al lado del cuerpo.
El Güero lo miró titubear por primera vez en su vida.
Parecía un chamaco perdido; nada que ver con el malencarado policía que se enfrentaba todos los días con los malandros de la ciudad.
Se limpió las manos en el pantalón. Ahí el Güero entendió que al teniente le sudaban sin parar.
Estaba a punto de agacharse, pero el cuerpo no le respondió.
—¿Quieres que yo me fije? —preguntó el periodista.
Intentó decirle que sí, pero únicamente se le movieron los labios sin que saliera ninguna palabra.
El Güero se acuclilló. Aunque estaba acostumbrado a ver cadáveres, el cráneo reventado lo impresionó.
Abrió más la sábana para que Quintanilla pudiera identificar a la mujer.
Cuando vio que suspiraba, comprendió que no era Lupita.
El reportero señaló con el dedo al tranvía. Ahí estaba, junto a la trompa de la máquina, el auto de Quevedo, aplastado del lado izquierdo, con el frente sumido y la cola curvada por el impacto. Quintanilla no parecía haber visto su seña.
—¡Leandro!
Caminaron hacia ahí con los presentimientos más funestos embargándoles el ánimo. No era para menos: de aquel retorcimiento de fierros y láminas era muy difícil que alguien saliera vivo. El Güero vio al Niño Metinides tomando fotos. Cuando el fotógrafo los descubrió, avanzó hacia ellos.
—Está prensada de las piernas —dijo al ver los semblantes de preocupación—. Pero parece que está viva. Ya el doc Quevedo intenta sacarla con ayuda de los socorristas.
—¿No que el doctor andaba en España, Leandro?
El teniente apresuró el paso. Llegó hasta el coche, del lado opuesto a donde maniobraban Quevedo y los socorristas.
Se asomó por la ventanilla con expresión de angustia.
Unos segundos después volteó a mirar al Güero.
Su expresión era distinta, por lo que el reportero dedujo que Lupita no debía estar tan mal. Fue cuando el doctor los vio.
—¡Vengan, necesitamos destrabarla!
Al acercarse a la puerta impactada, vieron que Lupita estaba despierta y lúcida. Al advertir al teniente a centímetros de ella, sonrió como avergonzada, lo que no escapó a la atención de Quevedo.
Luego de forcejear entre varios con las láminas y los fierros retorcidos, la resistencia del metal comenzó a ceder.
Pero no lo hizo del todo hasta que llegaron unos bomberos que, con palancas y herramientas, hicieron más grande el boquete para poder accionar.
El doctor se soltó a dar instrucciones sobre cada movimiento a los socorristas que extraían con cuidado a Lupita.
Salió en brazos de los hombres. La colocaron en una camilla y Quevedo de inmediato comenzó a auscultarla.
A su lado, el Güero y Leandro tan sólo miraban, pendientes de si la muchacha soltaba algún grito o se quejaba de algo.
—Es un verdadero milagro, y mira que yo no creo en eso —Quevedo soltó un suspiro de alivio—. Salvo las cortadas en las piernas y la descalabrada de la cabeza, no hay nada preocupante. Estarás como nueva en un par de días, Lupita —al terminar la frase, se agachó para abrazarla.
Leandro soltó uno de sus pujidos de cuando algo no le caía en gracia. En cuanto la pareja se separó, él también fue a abrazar a Lupita mientras el doctor lo fulminaba con la mirada.
—¿Cómo está Jerónimo?
—Veré la forma de que salga lo menos raspado —carraspeó el teniente—. Con la condición de que no vuelvas a espantarme así nunca.
Lupita sonrió y le acarició el rostro a Quintanilla. Quevedo miraba el piso, como si intentara ocultar la expresión de su rostro. Uno de los socorristas dijo que ya debían trasladarla al hospital.
—Yo voy con ella en la ambulancia —anunció Quevedo.
—Tenemos que hablar —el teniente lo detuvo del brazo, pero el doctor se zafó de la mano con un movimiento brusco.
Quintanilla se aguantó las ganas de devolverle el agravio y soltó un pujido—.
Jerónimo me confirmó que Armenta está metido en el desmadre, en lo de Trotsky, con los rusos, con los gringos, con un tal Covarrubias y su célula comunista del sindicato petrolero.
Por eso las trabas, por eso las líneas absurdas que pedía que investigáramos.
Quevedo miraba con atención a Quintanilla como si quisiera meterse en su cabeza, en sus pensamientos.
—Agrega a los españoles, teniente —bajó la voz—. Mornard, o mejor dicho Ramón Mercader, nació en España.
—¡Pa su madre! Pinche sopa de nacionalidades que se avientan. ¿No andan metidos también los marcianos? —al momento, el Güero se arrepintió de lo que acababa de decir, por la forma en que lo miraron los dos.
—Me dijeron en su oficina que Armenta fue a Lecumberri. Voy por él para terminar de una vez por todas este embrollo —Leandro se palpó la pistola—. Habrá que avisarle al mayor de los avances.
El doctor palideció.
—Robledo no está en el hospital, se escapó. Sospecho que, al enterarse del atentado en Barcelona, fue a Lecumberri a encarar a Mercader.
—¿Cuál atentado? —preguntó sorprendido Quintanilla.
Quevedo hizo una mueca como diciendo “Luego te cuento”. El teniente iba a insistir, pero en ese momento se acercó uno de los socorristas para hablarle al oído al Güero, quien lo escuchó con atención, y luego le dio un billete de diez pesos junto con una palmada en la espalda.
—Señores, si Armenta o el juez Robledo están en Lecumberri, tienen, tenemos que ir a encontrarlos. Me acaban de avisar que estalló un motín.