LXXIII
Le faltaban unos cuantos metros para llegar a la bartolina de Mornard, cuando en el patio la gresca se generalizó hasta devenir en batalla campal.
Gritos de furia, insultos, gemidos de dolor, mentadas de madre, bufidos.
Un garrote lanzado desde el otro lado del patio pasó cerca de su cabeza y fue a estrellarse en una de las paredes, para después rodar por el suelo, donde un reo lo recogió para golpear con él a su rival en turno.
Inquieto, Armenta palpó sus armas por encima del saco y caminó los últimos pasos envarado, con los brazos unidos al cuerpo, hasta alcanzar la puerta que buscaba.
No tenía candado. Corrió el cerrojo y la abrió, justo cuando todo Lecumberri se sacudió como si se tratara de un sismo al tiempo que a lo lejos se oía una potente explosión.
Armenta volteó hacia atrás sobresaltado: los reclusos y guardias que peleaban detuvieron los golpes por unos instantes, temerosos a causa del estallido, pero casi de inmediato continuaron la lucha, los puñetazos, ahora con mayor furia, como si el susto les hubiera inyectado nuevas energías.
Dos de ellos, agarrados de la ropa como luchadores de judo, se vinieron contra él y lo atropellaron, embarrándolo en el muro, haciéndolo rodar sobre él dos metros más allá.
Con el corazón trémulo, Armenta se recompuso, volvió a abrir la puerta de la bartolina y entró.
No había nadie. El asesino de Trotsky brillaba por su ausencia ahí, y tampoco lo había visto entre los peleadores del patio.
No podía ser. Algo muy extraño estaba pasando.
¿A dónde podría haber ido? El funcionario sintió que el sudor resbalaba de su frente y le corría hasta las comisuras de los labios.
¿Se habría equivocado de sitio? Entonces comenzó a revisar los rincones de la bartolina.
Ni papeles, ni libros, ni las herramientas que, según le habían informado, usaba el reo para sus trabajos de electricidad, ni ropa; ninguna de las cosas personales que los reclusos acostumbraban tener con ellos.
¿Por qué? Un ligero temblor se apoderó de su esqueleto.
¿Qué había pasado con Mornard? Todo el escándalo, el alboroto de los patios, ¿era para cubrir su fuga?
¿Esos eran los planes de Escorpión? ¿O alguien se les había adelantado?
Esta última duda lo puso en alerta. Decidió regresar a la oficina de Murillo. Pero para hacerlo tenía que atravesar de nuevo el patio de la crujía, que en esos momentos parecía la arena de un circo romano. Se quedó paralizado.
Sacó el revólver y lo empuñó mientras se acercaba a la puerta.
La abrió y, antes de que pudiera dar un paso fuera, un tubo que apareció de la nada se estrelló contra su antebrazo con fuerza.
No soltó el arma, pero sí se le escapó un disparo que fue a dar al vacío del cielo.
Tras la detonación, un silencio momentáneo se hizo en la crujía, pero enseguida se reanudó el alboroto, al tiempo que un recluso corpulento de crenchas enmarañadas abría por completo la puerta para avanzar contra Armenta blandiendo el mismo tubo que lo había golpeado.
Ambos cuerpos chocaron entre sí, esquivando Armenta el tubo y el otro el revólver, sin que ninguno de los dos soltara su arma. Con las manos libres se daban puñetazos uno al otro. En algún instante rodaron por el suelo, donde se golpearon con más enjundia.
De pronto, Armenta pudo montarse sobre su rival y, en tanto le daba puñetazos en la cara, lo reconoció: se trataba de uno de los hombres que Escorpión y él tenían dentro de la prisión, uno de sus brazos armados.
El otro no parecía sorprendido al reconocer a Armenta, lo que llenó al funcionario de sospechas.
Se sintió traicionado. Entonces consiguió liberar la mano que sostenía el revólver y le apuntó al rostro, pero, antes de que disparara, el recluso alcanzó a golpearle el brazo con el tubo desviando nuevamente la trayectoria de la bala, que se hundió en el muro de la bartolina.
El revólver se le soltó de la mano y rodó debajo del camastro. Entonces Armenta aferró el tubo de su contrincante y comenzó a forcejear con él.
—¿Quién te mandó? ¿Quién? —preguntó enfurecido Armenta y le estrelló dos cabezazos en el rostro.
Sentía que le salían espumarajos por la boca.
Su rival no decía nada, sólo seguía forcejeando para que no le arrebatara el arma.
¿Quién lo había enviado? ¿Escorpión? ¿Por él o por Mornard?
El reo estaba demasiado aturdido por los cabezazos y otros golpes y no respondía.
Armenta, lleno de furia, consiguió hundirle un rodillazo en los testículos que lo hizo bufar y soltar el tubo.
Ya con el arma en sus manos, Armenta se levantó.
El otro trataba de incorporarse, débil y magullado.
—¿A quién te ordenaron matar? ¿A Mornard?
El recluso alcanzó la vertical, tambaleándose. Lo miró con ojos enrojecidos y en sus labios reventados se formó una mueca con atisbos de sonrisa.
—A ti. Me mandaron por ti.
Armenta tardó unos segundos en asimilar lo que escuchaba.
Habían enviado a ese asesino a matarlo a él.
¿Quién? El único que sabía que estaría en Lecumberri ese día era Escorpión.
El reo entonces hizo el amago de avanzar, y Armenta, sin tener tiempo para pensarlo, le descargó un fuerte tubazo en la cabeza.
El ruido metálico retumbó agudo dentro de las cuatro paredes y los ojos del hombre miraron hacia arriba, como si fuera a desmayarse, pero permaneció de pie mientras un borbotón de sangre le escurría de entre los mechones por la frente hasta cubrirle el rostro.
Armenta amagó otro golpe. Las pupilas del recluso volvieron a fijarse en él y en su boca partida se dibujó una sonrisa de burla y lanzó toda su humanidad contra el cuerpo de su rival, quien soltó el tubo y lo oyó tintinear en el piso, al tiempo que le asestaba un puñetazo en el mentón para alejarlo.
Entonces recordó la daga que traía unida a la cintura y, al ver que el otro se le dejaba venir de nuevo, la sacó con un movimiento rápido y hundió el filo no una, sino muchas veces en aquel cuerpo, oyendo cómo la piel se hendía y tronaba igual que globo reventado en varias partes mientras la sangre resbalaba por su mano, entre sus dedos, hasta que el asesino al caer de bruces sobre el piso, sin duda, ya no era más que un cadáver.
Necesitó más de un minuto para que el ritmo de su respiración descendiera.
No se había movido luego de la última puñalada, y permanecía de pie, con la daga alzada hacia el techo, la hoja de acero y la mano tintas en sangre, contemplando el cuerpo sin vida de su rival.
Cuando al fin pudo pensar, repasó lo que había escuchado.
Habían mandado a ese hombre a asesinarlo a él.
Y no podía ser otro que Escorpión. Era el momento de ajustar cuentas con su jefe. Tal vez acudir a alguna instancia superior y decir todo lo que sabía de él. Pero antes debía salir de ahí, atravesar el patio de la crujía, donde aún reinaban los enfrentamientos y la violencia.
Soltó la daga sobre el camastro y se agachó para recoger su revólver.
Revisó las balas en el tambor y lo guardó.
Haciendo uso de las pocas energías que le quedaban, levantó el cadáver del suelo y lo acomodó sobre el lecho, con la cara hacia la pared, como si se tratara de un preso dormido.
Enseguida tomó de nuevo el tubo y la daga y, antes de cruzar el umbral de la bartolina, respiró hondo, como agarrando valor.