La torre de cristal LXXII
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LXXII

El taxi lo dejó justo frente a la entrada del Palacio Negro.

Al descender de él, el juez Robledo revisó sus heridas.

Sólo quedaba una leve comezón en el brazo que había sido atravesado por la bala, pero nada más.

En el patio de descenso de los nuevos reclusos vio una julia de la policía con los logos y escudos pintados de modo burdo, y tomó nota mental para decirle al procurador que contrataran pintores profesionales para sus vehículos.

Presentó su identificación como juez federal y le franquearon el paso.

En el segundo filtro, el de las revisiones corporales, tampoco tuvo problemas.

Adentro lo sorprendió el bullicio que venía de los patios y se detuvo unos momentos al pie de las escaleras que llevaban a las oficinas de la dirección.

Dudó en subir a avisarle de su presencia al director Murillo y saludarlo, pero el ruido y los gritos que venían de las crujías lo convencieron de pasar directamente a ellas.

Justo cuando el uniformado comenzó a manipular la cerradura para dejarlo entrar, se escuchó una explosión a sus espaldas al tiempo que las paredes, los pisos y las rejas del penal se cimbraban con violencia, al grado de casi hacerlo perder el equilibrio; enseguida se levantó una confusión de cristales reventados y metales que rodaban por el piso.

¿Un estallido? ¿Dónde? ¿Por qué? Deteniéndose de la pared con las manos, Robledo sintió que su corazón se desbocaba, y más cuando vio la cara de terror del uniformado a su lado.

Siguió la mirada del guardia hasta descubrir la nube de humo y polvo que se expandía por el rumbo de la entrada del penal.

Pensó en la julia, en la desconfianza que le produjo verla tan mal pintada. Sus instintos no le habían fallado: la bomba estaba en el vehículo. Inmóviles aún, el juez y el guardia se miraron a los ojos como preguntándose qué hacer.

Fue el juez quien primero se movió: dio media vuelta para dirigirse a la entrada de Lecumberri justo cuando el bullicio de los patios se convertía en un verdadero escándalo.

¿Era la reacción al estallido? Así lo creyó, por lo que dio unos pasos hacia la entrada, pero al escuchar un balazo a sus espaldas, esta vez por el área de las crujías, volvió a quedarse paralizado.

¿Qué ocurría? Primero una explosión y ahora un balazo.

¿Algún preso se había puesto violento en el patio de su crujía y un custodio le había disparado?

Pero, según recordaba, pocos guardias portaban armas de fuego, sólo los jefes.

¿Entonces? ¿Dónde era necesaria su presencia?

Dudó. Vio que varios custodios corrían hacia la entrada del penal, y ya iba a ir con ellos, cuando escuchó otro disparo en las crujías.

Algo grave pasaba allí. El custodio que le había abierto la reja no se veía por ningún lado.

Quizá había ido a prestar ayuda a sus colegas en los patios.

Entonces Robledo, con decisión, avanzó hacia el interior de la cárcel, y al cruzar el umbral volvió a quedarse petrificado por el espectáculo: las rejas que delimitaban el patio de la crujía 1 estaban abiertas de par en par, pero pocos reclusos las habían cruzado, sólo los que parecían tener miedo de lo que sucedía adentro, donde un amontonamiento de uniformes rayados, brazos y piernas escenificaba una verdadera batalla campal.

Por aquí cuatro presos golpeaban a otro con puños y pies, bañándolo en su propia sangre; por allá se trenzaban dos en un duelo singular.

Quienes parecían ver el espectáculo de las peleas intervenían en ellas a la primera oportunidad, pateando a los caídos, dando puñetazos a los contendientes por la espalda, jalándolos de los pelos para inmovilizarlos y que su rival pudiera tundirlos con mayor facilidad.

Vio a dos custodios que llevaban a un reo cubierto de sangre hasta su bartolina, lo arrojaban adentro y la cerraban con candado.

En un extremo del patio, advirtió que uno de los guardias, que golpeaba con su garrote a un preso de aspecto fiero, era pronto desarmado por él y tundido a garrotazos con su propia arma.

El juez corrió hacia ellos mientras se preguntaba quién cargaba la pistola cuyos tiros había escuchado unos minutos atrás, pero de pronto fue interceptado por un tipo que traía la casaca del uniforme abierta y avanzaba hacia él con una punta filosa en la mano.

Tardó en reconocerlo, pero cuando el agresor estuvo cerca se acordó.

—No le metas más años a tu condena, cabrón.

Era Ramón López, un asesino que él mismo, en su función de juez, había sentenciado a la pena máxima. Robledo sintió todo su cuerpo helado. Ya se daba por muerto, cuando otro recluso salió de la nada para taclear al hombre de la punta y en el suelo desarmarlo para apuñalarlo con ella.