La torre de cristal LXXI
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LXXI

Tras cruzar el portón principal de la prisión, varios guardias reconocieron a Armenta y lo saludaron con respeto.

Pasó el primer y segundo filtros sin que los oficiales lo revisaran.

Ya dentro del penal, un estremecimiento le recorrió el cuerpo.

Siempre le ocurría al ingresar en el Palacio Negro, como si sintiera que atravesaba la puerta a otra dimensión, o como si de pronto se llenara de presentimientos funestos.

Pasó por el sitio donde los reclusos nuevos eran ingresados, vacío en esos instantes, y luego caminó por el pasillo que había junto a la sala de visitas, en cuyas mesas tan sólo se encontraba una monja.

Se le hizo extraño, pero al ver que el jefe de custodios encaminaba a la sala a un reo que reconoció como uno de los sacerdotes cristeros que llevaban presos varios años, todo le pareció más natural.

Siguió su camino para subir las escaleras hasta el segundo piso de las oficinas.

Antes de llegar a donde la secretaria del director Murillo recibía a todas las visitas, se detuvo para tomar aliento.

Aún no sabía realmente qué estaba haciendo ahí.

Escorpión sólo había dado la orden de que se presentara en el penal, sin mayores referencias.

Debía comprobar que Mornard continuara en su bartolina, tranquilo, sin hablar de más, pero eso podría haberlo hecho cualquier día.

¿Cuál era la urgencia de Escorpión para enviarlo ahí justo esa tarde?

Algo se traía entre manos su jefe, pero bien podría haberle dado más información para que tuviera las cosas claras.

Cuando llegó a los peldaños superiores, desde donde se divisaba el escritorio de la secretaria, se dijo por enésima vez que Escorpión lo subestimaba, que no le tenía ningún respeto y, encima, que además esperaba que él, Armenta, adivinara siempre sus intenciones.

Al llegar al último escalón vio que la secretaria, Cuquita, se ponía de pie para venir a recibirlo con una sonrisa obsequiosa.

Tras los saludos de rigor, que incluían beso en la mejilla y coqueteo, Cuquita dijo algo así como que si ese día se habían puesto todos de acuerdo para visitar en su oficina al licenciado Murillo, pero Armenta no tenía ánimos para preguntar a qué se refería ni quién había estado ahí antes que él.

—Pero tu jefe sí está disponible para atenderme, ¿o no? —preguntó.

Como respuesta ella caminó hasta la puerta de la oficina y la abrió, cediéndole el paso.

Murillo, un hombre joven y bien parecido que también había ascendido en su carrera política como Armenta, apenas lo vio entrar y se levantó a saludarlo con un apretado abrazo.

Le dijo a su secretaria que los dejara solos.

Antes de que el visitante tuviera tiempo de rechazarlos, le acercó un cenicero y una copa panzona con brandy.

—Hoy es un día extraño, licenciado. Sé que dirá que estoy loco, pero hay algo en la atmósfera, algo denso.

Armenta se quedó en silencio. No quería asustar a Murillo y decirle que era probable que estuviera en lo cierto. Destapó el brandy y rebosó las copas. Murillo sonrió.

—Los custodios andan nerviosos, pero les pregunto y no me dicen nada; también en los patios los reclusos andan alborotados, irascibles.

Hoy tuve que mandar a dos al apando después de una pelea entre ellos porque se rozaron cuando hacían fila a la hora de comer, ¿se imagina?

Sólo por eso. Demasiada tensión en el ambiente.

Armenta se removió incómodo en su butaca. Apuró un trago de brandy. Necesitaba calmar su ánimo y ahuyentar esos presentimientos que lo atormentaban.

—Fuera de eso, ¿todo en orden?

—Ni una queja, ningún problema. ¿Viene por algo específico, licenciado?

—No, sólo quería hacer una inspección breve, sobre todo por la crujía 1, para verificar la situación de los reclusos con mis propios ojos.

—Licenciado, usted puede recorrer el penal con toda libertad. Ahora mismo damos el recorrido.

—No, sigue en lo tuyo. No es necesario que me acompañes. Todos los guardias me conocen.

Esta vez no hubo abrazo, sólo un apretón de manos. Armenta salió de la oficina, se despidió de Cuquita con un ademán y bajó las escaleras.

Antes de entrar en la zona de crujías, comprobó que Murillo no exageraba.

Desde el pasillo escuchó que en los patios reinaba una agitación inusual, como si los presos supieran que algo grave se avecinaba.

De nuevo experimentó un estremecimiento, aunque también lo atribuyó al rechazo que le provocaba Lecumberri con su población de desechos humanos.

Cuando los guardias le abrieron las rejas de la crujía 1, sintió el aire demasiado cargado de electricidad, pero en cuanto vio que en el patio varios reclusos se apartaban a su paso, se sintió mucho más seguro.

Él era la autoridad. Entonces se enfiló con trancos firmes hacia la bartolina que hospedaba al asesino de León Trotsky.