LXX
Quien contestó a la llamada de Quevedo en el hospital no fue la jefa de enfermeras, como él esperaba, sino el médico que atendió al juez después del atentado.
El doctor Bermea reconoció en el acto la voz del criminólogo y, en vez de esperar su pregunta, lo regañó porque creía que Quevedo había ayudado a su mentor a sustraerse de los cuidados del hospital.
Así fue como Alfonso se enteró de que el juez se había escapado.
Antes de darse cuenta, ya estaba devolviendo los regaños al médico, reclamándole que cómo era posible que lo hubieran dejado salir en las condiciones en que se encontraba, que los pacientes eran responsabilidad de médicos y enfermeras, y hasta deslizando alguna amenaza jurídica si el juez empeoraba su salud a causa de ese descuido.
Cuando finalmente concluyó la llamada, Quevedo bufaba de coraje, aunque en el fondo había comprendido que el único culpable del asunto era el mismo juez. Trató de serenarse mientras se preguntaba a dónde había ido el herido.
¿A su casa? No lo creía. Si Robledo había abandonado el hospital, no había sido para irse a descansar en su propia cama.
Algo se traía entre manos, seguro. Algo que tenía que ver con el caso.
Miró hacia afuera por el ventanal. Ya no llovía tan fuerte, pero seguía chispeando, por lo que de forma inconsciente fue a buscar una de sus gabardinas a su habitación.
Tomó su sombrero y caminó de vuelta al escritorio, donde había dejado el teléfono.
Antes de agarrar el aparato, alzó el cráneo del Tigre de Santa Julia y lo asentó en un extremo, sobre un altero de papeles.
Las cuencas vacías de la calavera parecían contemplarlo con insistencia y el doctor sintió un escalofrío repentino.
No supo a qué atribuirlo, pero tuvo una sensación intensa de que se trataba de un mal presagio.
¿El Tigre quería advertirlo de algo? Extendió el brazo.
Iba a tomar el cráneo para sostenerlo en la palma de la mano como otras veces, cuando un timbrazo del teléfono lo obligó a retirarlo con rapidez.
Contestó. Esta vez se trataba de una voz desconocida, chillona, cuyo dueño se identificó como un tal sargento Pérez, de la centralita telefónica de la comandancia de policía.
—El Güero me pasó su teléfono para el reporte de tránsito de su auto. Creía que estaba en España, pero marqué para asegurarme.
—¿Mi auto? ¿De qué habla? —preguntó intrigado.
El agente dio las señas, el modelo, la marca y el número de placas. Sí, era el suyo. El oficial añadió que quien conducía el vehículo era una mujer joven. Le dijo la dirección. No era muy lejos de ahí.
—¿Está bien? ¿A qué hospital la llevaron?
El silencio al otro lado de la línea duraba demasiado. El goteo de los desagües caía sobre el ventanal haciendo un ruido molesto.
—Fue un choque muy fuerte, doctor. Mi encomienda era avisarle por si —hizo otra pausa larga—, por si hay que tomar decisiones por la lesionada. El carro está a su nombre, tal vez usted conozca a los familiares de la mujer…
Quevedo ya no dijo palabra. Aplastó el auricular contra las horquillas del aparato y salió del estudio a toda carrera, bajando los escalones de dos en dos. Abrió la puerta y salió. Volteó a ambos lados de la calle buscando un taxi.
Recordó al juez, que se había escapado del hospital, a Jerónimo y a Quintanilla.
Estaba desesperado. Aturdido. Caminó hacia la esquina más próxima esperando ver pasar un auto de alquiler pero, cuando llevaba un minuto escaso ahí, le pareció que había pasado mucho tiempo y desanduvo el camino para llegar a la esquina contraria.
De nuevo repasaba los pendientes que tenía que atender: el juez Robledo, el teniente Quintanilla, Jerónimo, pero de todos la más importante era Lupita.
Lupita. Y el accidente. Divisó un taxi que dejaba pasaje junto a una plazuela. Entonces corrió hacia el vehículo con la mano en alto, agitándola.