La torre de cristal LXIX
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LXIX

Valentín Quintanilla había subido al despacho de Armenta dispuesto a arrestarlo, ahora que tenía pruebas contra él.

El secretario de la entrada le dijo que su jefe realizaba una inspección en el penal de Lecumberri, lo que le parecía algo raro.

Molesto, el teniente bajó al primer piso y se dirigió a la barandilla para preguntarle al oficial si había llegado la asistente del doctor Quevedo, Lupita.

Recibió una respuesta negativa. Preguntó entonces dónde habían encerrado a Jerónimo.

Iba a ver al muchacho, cuando se topó con el Güero.

—Leandro, hasta que te encontré. Me avisaron de la Cruz Verde que el auto de Quevedo tuvo un accidente con un tranvía.

—Estás loco, pinche Güero, el doc anda en España.

La expresión en el rostro de Quintanilla cambió al acabar de decirlo, como si comprendiera de repente.

Se demudó. Sus ojos parpadearon muchas veces.

Debía ser Lupita. Con razón no había llegado todavía a la comandancia.

Caminó hacia la salida, se detuvo y enseguida volvió a avanzar.

Se veía tan alterado que el Güero se ofreció a llevarlo en su coche.

Primero no le hizo caso, pero lo pensó mejor y aceptó.

Así que ambos fueron al estacionamiento por el auto.

—¿Te dieron más detalles? —preguntó Quintanilla.

—Aún no han conseguido sacar el cuerpo de entre los restos del coche.

—¿Los restos? —Quintanilla palideció de nuevo.

—Sí, el vehículo quedó destrozado. El tranvía se lo llevó de encuentro, le pegó de lleno y lo arrastró varios metros.

Mientras manejaba, el periodista veía de reojo al teniente pensativo.

—Lupita tiene que estar bien —murmuró y luego se quedó en silencio de nuevo.