La torre de cristal LXVIII
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LXVIII

El doctor Quevedo abrió la puerta de La Torre de Cristal y el silencio que lo recibió le pareció extraño.

Siempre que llegaba a esas horas se encontraba ahí Lupita.

La llamó desde el umbral; al no recibir respuesta, miró a la calle.

Entonces advirtió que su automóvil no se hallaba en la cochera.

Pensó que andaría en algún mandado relacionado con las investigaciones.

La decepción lo embargó: pensaba contarle, tal vez en espera de consuelo, las peripecias de su viaje, el atentado contra su vida y su huida de Barcelona para ponerse a salvo.

Subió las escaleras y, cuando iba a medio camino, se dio cuenta de que en verdad estaba agotado. Aunque había dormido en el avión, las emociones de sus pesquisas lo habían vaciado de energía.

Llegó al estudio con paso lento y piernas trémulas.

Arrojó el portafolios encima del sofá y fue a la cantinita para servirse un brandy.

Lo bebió de un trago y se sirvió más. Después caminó hasta su escritorio.

Se talló las sienes con las yemas de los dedos.

Pensó en ir a su cuarto y dormir una siesta que le repusiera la falta de descanso, pero decidió que primero tenía que llamar al hospital para reportarse con el juez Robledo.

Intentó ponerse de pie para ir al teléfono, pero su cansancio era demasiado, y tras medio levantarse se desplomó de nuevo en el asiento.

Sus ojos se toparon con el cráneo del Tigre de Santa Julia. Lo tomó, lo orientó de frente a él y se entretuvo contemplándolo. Luego de un rato, lo sostuvo en la palma de la mano mientras lo interrogaba.

—¿Quién ordenó mi ejecución en Barcelona, Tigre?

¿El mismo cerebro tras el atentado que sufrió el juez Robledo?

Debe de ser un hombre poderoso, mucho, con tentáculos más largos incluso que los de mi maestro.

Tentáculos que llegan hasta otro continente.

¿Un político? Sin duda. Pero un político de altos vuelos.

Dejó la calavera en la superficie del escritorio y dio otro sorbo a su brandy.

¿Dónde estaría Lupita? ¿Y si tomó el coche para algo ajeno a la investigación, como encontrarse con Quintanilla?

Una punzada de celos se le clavó en el bajo vientre y lo hizo tensar la mandíbula.

¿Seguirían investigando, esta vez juntos y en el coche de Quevedo, los andares de Jerónimo?

Se esforzó en no pensar más en ello, en no imaginar ninguna escena protagonizada por los dos.

Sintió la garganta seca. Apuró el resto del brandy y, ahora sí, se puso de pie para ir al teléfono.

Cuando estaba a punto de agarrar la bocina, el teléfono timbró haciéndolo pegar un salto.

Sus latidos se aceleraron, y dejó que el aparato timbrara tres veces más antes de tomarlo, en lo que procuraba calmarse.

Cuando levantó el auricular, escuchó la voz de una telefonista diciéndole que se trataba de una llamada por cobrar desde la ciudad de Barcelona.

Quevedo respondió que aceptaba la comunicación, mientras volvía a sentir la rapidez con que palpitaba su corazón.

—Tengo noticias importantes, Alfonso —la voz del inspector Rosas rezumaba felicidad.

Quevedo movió el cable para llevar el teléfono hasta su escritorio, donde se sentó y tomó un cuaderno y un lápiz.

—No sólo hemos identificado en los archivos de la Guardia Civil las huellas del asesino de León Trotsky, sino que mis colegas barceloneses también han reconocido a esa religiosa que me mostraste.

¿Y qué crees, Alfonso? Se trata de madre e hijo.

Quevedo apretó la pluma tan fuerte que la rompió. La tinta empezó a impregnar las páginas y el dorso de su mano.

—Son miembros del Partido Comunista. Españoles, por supuesto. Ambos combatieron en la Guerra Civil y, según informes, al concluir la contienda se trasladaron a la Unión Soviética.

—De seguro para ser entrenados como agentes encubiertos —razonó en voz alta Quevedo mientras arrancaba varias hojas para limpiarse la mano.

—Es lo que se sospecha, porque hay indicios de que eran muy cercanos a Lavrenti Beria, jefe del servicio secreto allá.

Con esos datos ya no había ninguna duda de que la orden había salido del Kremlin y de que la había dado el dictador Josef Stalin.

Debía trasmitirle esa información al presidente Cárdenas; él ya sabría qué hacer con ella.

Anotaba lo que el inspector le decía sin necesidad de mirar la hoja del cuaderno, con los ojos fijos en la calavera del Tigre de Santa Julia, que parecía sonreírle.

—Escribe, Alfonso. El nombre verdadero del asesino de Trotsky es Ramón Mercader. Y el de la madre, Caridad Mercader, a quien sus partidarios comparaban con la mismísima Pasionaria por el ímpetu de sus discursos.

Una a una fue colocando vocales y consonantes con la mejor caligrafía posible. Los nombres aparecieron como dos fantasmas invocados desde otra dimensión. Los leyó en silencio un par de veces. Sí, ahí estaban los dos, develados de las sombras gracias a él.

—Mira, Alfonso, aquí también los buscan, así que, si las autoridades mexicanas quieren hacer un acto de buena voluntad y quitarse ese problemilla, sólo tienen que enviárnoslos —hizo una pausa y bajó la voz—. Tendrán trato de primera, ¿sabes a lo que me refiero?

Quevedo estuvo a punto de confrontar al inspector Rosas, de recordarle que las deducciones y la observación del comportamiento humano para atrapar a los criminales eran preferibles al uso de la fuerza. Pero estaba tan contento que prefirió no hacerlo.

—Los documentos que prueban sus identidades, junto con los antecedentes delictivos de los dos Mercader, los he puesto en el correo certificado.

Es posible que en cuestión de una semana los tengas en tu poder.

¡Ah, por cierto! También estamos tras la pista de los gatilleros que te atacaron, parece ser que entre ellos andan uno o dos soviéticos.

Antes de colgar, el inspector Rosas le aseguró que en cuanto tuviera más noticias se comunicaría de nuevo.

Quevedo releyó sus apuntes con un cosquilleo alegre recorriéndole el cuerpo.

¡Había conseguido identificar al asesino de León Trotsky!

Y no sólo eso, también a su madre, Caridad Mercader.

Recordó parte del interrogatorio con el homicida.

La relación de poder y dependencia entre él y Caridad le confirmaba que la mujer era una de las autoras intelectuales del crimen.

—Ramón y Caridad Mercader. Ramón y Caridad Mercader —repitió para sí los dos nombres.

Levantó de nuevo el auricular y marcó el número del hospital. Su maestro, el juez Robledo, debía enterarse de inmediato del resultado de sus pesquisas.