La torre de cristal LXVII
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LXVII

La camioneta pintada de manera burda como si fuera una julia de la policía se detuvo una cuadra antes de llegar a Lecumberri.

El chofer apagó la máquina. Del asiento del copiloto descendió Klava vestida de monja, mientras los hombres que venían en la caja terminaban de ponerse sus disfraces: tres de reos y otros dos de policías.

El chofer, también caracterizado como policía, incluida la gorra de plato, vio a Klava dirigirse hacia la entrada principal de la prisión con sus caminados de aire marcial y sonrió, mientras esperaba a que sus compañeros estuvieran listos.

Leyó de nuevo los papeles que debía entregar a los guardias del penal al llegar, y sólo cuando vio a la supuesta monja ingresar en el recinto, volteó hacia atrás.

Por el ventanuco que daba a la caja les preguntó a los otros si ya estaban listos, y al recibir la respuesta afirmativa encendió de nuevo el motor, para dirigirse a la entrada de reclusos de la penitenciaría.

Los guardias de la entrada habían visto a la monja en ocasiones anteriores y sabían que se trataba de una visitante regular del padre Salvatierra.

La dejaron pasar el primer filtro, y en la zona de revisión la palparon rápido y por encima, antes de conducirla a la sala de visitas que se encontraba vacía.

Calculó que en esos momentos estarían entrando sus hombres con los papeles falsos de los supuestos reos. El registro como reclusos del penal tardaría, si acaso, una hora o una hora y media, antes de que otros custodios, previamente aleccionados por el sacerdote, los condujeran a la crujía señalada.

Se sentía nerviosa. ¿Por qué estarlo si tan sólo se trataba de una misión más?

Había hecho tantas ya para el Partido en España y en otros países.

Y si esta vez estaba actuando a espaldas de los líderes era porque Gnomo, su hijo, era el objetivo del rescate.

Tenían que sacarlo de allí porque su vida corría peligro.

Miró el reloj. Según el plan, ya estaría también a esa hora, en las inmediaciones del penal, el camión repartidor de carne que trasladaría tanto a Gnomo como a Sampietro a la casa segura del Desierto de los Leones, donde permanecerían unas horas.

Después saldrían a la estación de Buenavista, donde Gnomo abordaría con nombre falso un tren rumbo al puerto de Veracruz.

Mientras repasaba una y otra vez el plan en su mente, Klava sentía su corazón latir de emoción.

Ya se imaginaba al lado de Gnomo en la embarcación rumbo a Cuba, desde donde un carguero polaco los llevaría a la Unión Soviética.

Allí, los jerarcas del Partido recibirían a su hijo como lo que era: un héroe de la patria.

Si los pasos que se acercaban no la habían sacado de su ensoñación, sí lo hizo el rechinar de la reja de la sala al abrirse. Al ver acercarse al sacerdote, Klava se incorporó.

—Hola, hija —Salvatierra extendió la mano y ella reprimió su disgusto para besarle el dorso.

Cuando ambos estuvieron sentados frente a frente, advirtió la sonrisa en el rostro de su cómplice.

—No tardan en iniciar los escándalos y los pleitos en los patios de las crujías. En cuanto se ocupen los custodios, Mornard y Sampietro podrán llegar sin problemas al costado de la prisión —dijo el sacerdote y sonrió aún más.

—¿No ha cambiado de parecer respecto a la fuga?

—Soy demasiado conocido, conviene más que Sampietro salga de aquí. Prefiero seguir dictando las órdenes desde Lecumberri. ¿No has oído, hija, que quien controla la prisión controla la ciudad?

Hasta donde estaban el sacerdote y la supuesta monja llegaban algunos ruidos del interior del penal: voces de los guardias, pasos en los corredores, algún grito aislado.

Klava comenzó a sentir un cosquilleo en las palmas de las manos.

Tenía ganas de actuar ya. El sacerdote lo notó y le pidió calma con un ademán.

Pero en cuanto vio caminar por el pasillo al jefe de custodios se levantó y se encaminó a la entrada de la sala.

Intercambió algunas palabras con el uniformado y luego el padre Salvatierra regresó a la mesa donde se había quedado la mujer. Otra vez venía sonriente.

—Ya registraron a tus hombres en el penal como reclusos y van camino a la crujía. Es hora de continuar con el plan.

Mientras seguía al guardia, Klava sentía que su corazón golpeaba tan fuerte al latir que parecía rebotarle en las costillas.