La torre de cristal LXVI
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Lupita colgó el teléfono y se dio cuenta de que la mano le temblaba.

El teniente había sido parco en sus palabras, sin la amabilidad almibarada que usaba cuando hablaba con ella.

Tan sólo le dijo que el muchacho estaba en la sala de interrogatorios y que era preciso que ella también fuera a la comandancia si quería hacerse responsable de él.

¿Sería capaz Valentín de dejarlo encerrado?

¿No había dicho que la ayudaría? Tras colgar el aparato, se abrigó con un suéter y agarró su bolso y un paraguas.

Debía salir corriendo: necesitaba tomar dos camiones para llegar hasta el centro o buscar un taxi, pero sabía que eso podía costarle más minutos de ansiedad.

A punto de traspasar la puerta de La Torre de Cristal su vista se topó con las llaves del auto del doctor.

Alfonso entendería la urgencia. Además, muchas veces la había enviado a realizar vueltas en ese vehículo.

No creía que fuera a enojarse. Agarró el llavero, salió y cerró la puerta tras de sí.

Empezaba a lloviznar, por lo que rápido abrió la portezuela y se metió, sin advertir que un DeSoto color marrón estaba aparcado en la esquina con un hombre al volante.

El hombre, apodado el Greñas , estaba distraído leyendo Kalimán y tampoco la vio entrar en el auto.

Fue sólo hasta que el aguacero se soltó y que Dionisio Pruneda se subió para ocupar el asiento del copiloto, que despegó los ojos de la revista.

—¿Alguna novedad? —le preguntó al Greñas.

Entonces oyeron encenderse el motor del Ford de Quevedo, y Pruneda le dio una cachetada guajolotera a su compañero.

—Te dije que estuvieras al tiro, casi se nos pela el doctorcito.

El Greñas encendió el motor del DeSoto. Vieron salir el Ford de la cochera y avanzar por la calle bajo la lluvia, al principio despacio; después a buena velocidad.

En el Ford, Lupita hacía esfuerzos por ver con claridad a través de las cortinas de agua que los limpiaparabrisas apenas lograban retirar del vidrio.

Aunque tenía experiencia en el manejo, por un instante se arrepintió de haber tomado el coche ajeno, y estuvo a punto de dar media vuelta para volver a dejarlo en su garaje, pero la imagen de Jerónimo en la comandancia, solo, amedrentado por los policías, le dio el valor que necesitaba para proseguir.

Tal vez hubiera sido mejor pedirle el favor a Alfonso, pero el doctor siempre se había mostrado bastante indiferente ante sus preocupaciones.

Ni hablar. Tenía que ir con su sobrino, y si debía enfrentar los modos bruscos del teniente, lo haría.

Se detuvo en un alto, antes de cruzar una avenida ancha, y no advirtió que otro vehículo con dos hombres a bordo se pegaba mucho a su defensa.

Pruneda le insistía al Greñas que no se le despegara al otro auto, le decía que esa era quizá la única oportunidad que tendrían para llevar a cabo el trabajo, recordándole las amenazas de Armenta.

Nervioso, el Greñas respondía a todo que sí mientras trataba de aclarar su visión a través de la lluvia. Intentó emparejársele al Ford en tanto llevaba una mano a la cintura para sacar su revólver.

—No seas pendejo, Armenta dijo que quería un accidente para el doctorcito —le detuvo la mano al Greñas—. Nada de pistolas ni ametralladoras.

—¿Entonces? —el chofer guardó su arma de nuevo en la cintura y le dirigió a Pruneda una mirada interrogante.

Dionisio le hizo la seña de que esperara. Estaba pensando a marchas forzadas. Se había dado cuenta de que el Ford se dirigía al centro, y tuvo una iluminación repentina.

—Cuando vayamos por la avenida grande, yo te digo qué hacer y cuándo.

El aguacero había vuelto la vialidad un verdadero caos.

Los vehículos parecían dar tumbos. Iban despacio, pero en cuanto un hueco se abría ante ellos, aceleraban lo más que podían, y luego volvían a disminuir la velocidad ante el siguiente embotellamiento.

En las calles de doble sentido, a veces quienes se dirigían a un rumbo iban a vuelta de rueda, mientras que los que venían en dirección contraria parecían bólidos.

En su prisa por llegar a la comandancia, Lupita cargaba el Ford del lado izquierdo, por si tenía la oportunidad de rebasar cuando en los carriles contrarios no hubiera tráfico.

Mientras manejaba, pensaba que Valentín Quintanilla había cumplido su palabra de ayudarle a localizar a Jerónimo.

Le gustaba ese hombre, con sus modos rudos y su conocimiento de la vida en las calles.

Era muy diferente a Alfonso Quevedo, siempre inmerso en sus libros y sus estudios sin prestarle mucha atención. En cambio, Valentín…

Un camión de carga que transitaba en sentido contrario pasó rozando el Ford a toda velocidad y Lupita tuvo que girar el volante para meterse en su carril de manera violenta.

Pruneda pensó que el doctorcito no manejaba muy bien, se distraía mucho y eso podría darles ventaja.

—Hay que sacar al Ford de su carril —le dijo al Greñas.

Hicieron alto en un crucero atiborrado de vehículos y el Ford quedó al principio de la fila.

Varios camiones ya esperaban en el carril de sentido contrario para arrancar en cuanto cambiara el semáforo.

Podría ser el momento. El Greñas acomodó el DeSoto en posición para golpear al Ford de modo que invadiera el carril contrario.

Pero de pronto Pruneda vio que por la avenida perpendicular se aproximaba un tranvía y se lo señaló a su compañero, quien entendió la orden, metió primera y aceleró a fondo hasta chocar la parte posterior del Ford.

Lupita seguía inmersa en sus pensamientos cuando sintió el golpe que le sacudió violentamente la cabeza hacia atrás. El dolor en el cuello fue intenso, pero su terror fue aún más fuerte al advertir que el coche seguía moviéndose, empujado por el carro a sus espaldas.

Metió el freno hasta el fondo, pero fue inútil: entre un rechinado atroz y un gemir doloroso de metales, el Ford se arrastró despacio hasta ponerse en medio del camino del tranvía, cuyo conductor intentaba frenar al mismo tiempo que jalaba la cuerda para hacer sonar la campana en señal de alerta.

Mientras se alejaban, Pruneda vio fascinado por el retrovisor del DeSoto cómo el tranvía arrastraba al Ford varios metros entre un infierno de chispas, para por fin detenerse dejando una amalgama de fierros retorcidos.