LXV
El juez Robledo había pasado las últimas horas dando vueltas en su cama de hospital, sin poder descansar realmente.
Desde que se enteró de que habían tratado de matar a su pupilo en Barcelona, quiso comunicarse con el teniente Quintanilla para ponerlo sobre aviso, pero en la comandancia no sabían de su paradero.
Cuatro veces se había levantado de la cama para ir a la sala de médicos a telefonear, y nada.
Pero cada vez que lo hacía se daba cuenta de que las molestias tanto en el brazo como en el hombro habían disminuido hasta casi desaparecer por completo, por lo que decidió que su estancia en el hospital era inútil.
Carajo, no podía pensar con claridad al estar encerrado ahí, en un ambiente tan aséptico y rodeado de médicos y enfermeras.
Tenía que regresar a su despacho o, por lo menos, caminar, distraer un poco los pensamientos.
Se sentó sobre la cama. Debía tratar de localizar a Quintanilla de nuevo, decirle que se diera una vuelta por el penal de Lecumberri para hablar con Mornard; por lo menos para asegurarse de que continuaba vivo.
Sí, que hablara con el tal Mornard, tal vez no le habían hecho aún las preguntas correctas.
Era necesario hacerlo caer en una trampa verbal que le hiciera escupir lo que ocultaba.
Decidió volver al teléfono en la sala de médicos.
Pero de pronto la idea de ir a ver a Mornard él mismo le cruzó por la cabeza.
El juez Robledo se arrancó del brazo el tubo con el que le inyectaban suero y buscó su ropa en el cajón del buró.
Se deshizo de la bata de hospital y se vistió rápido, antes de que la enfermera de turno se asomara a la habitación.
Hizo un repaso mental de los superiores de su jefe, pero la mayoría contaba con hojas de servicio impecables y no le pareció que estuvieran en complicidad con los comunistas soviéticos.
¿Y si no se tratara de jefes directos sino de padrinos políticos?
Si así fuera, el asunto se tornaba difícil.
Terminó de vestirse y entornó la puerta.
No había enfermeras ni médicos a la vista. Era el momento. Se sintió como escolar volándose las clases cuando decidió que sería más seguro bajar por las escaleras que por el elevador.
No se topó con nadie. Sólo al llegar a la recepción se dio cuenta de que la enfermera que recibía a los pacientes lo miró unos segundos alarmada y tomó el teléfono.
Pero a quienquiera que llamara llegaría tarde, porque el juez ya estaba en la calle donde había detenido el taxi que lo llevaría directo al penal de Lecumberri.