LXIV
Quintanilla leyó en silencio el par de hojas que le entregó Jerónimo.
En ellas el joven había escrito las señas de varios lugares donde él y sus amigos habían quebrado vidrios, robado las ventas del día, amedrentado a un par de líderes barriales, escuchado lo que se decía en otros sindicatos sobre la política mexicana.
—¿Les paga bien Covarrubias?
—Depende de la chamba. A veces cien, otras trescientos pesos. Según las ganancias elegimos las cantinas y burdeles a los que vamos.
—¿Por eso se aventaron el atraco de las drogas en Tepito?
Jerónimo se quedó pensativo unos segundos, luego dijo que no, que ellos no habían sido.
—Vi un carro parecido al que manejas en las inmediaciones.
Recordó cómo el conductor de aquel vehículo había intentado hacerle daño a una prostituta.
—Hay varios carros iguales al nuestro en los patios del sindicato. Los usan para hacer mandados o dar las vueltas necesarias. Al ingeniero siempre le gusta que haya disponibilidad para que lo lleven a sus citas, a algunas reuniones.
—¿Qué tipo de reuniones?
Jerónimo pidió permiso para encender un cigarro. Quintanilla accedió con un movimiento de cabeza.
—Comidas y eso. Pero a nosotros también nos pide que lo escoltemos a sitios más alejados. Siempre nos quedamos a distancia, así que nunca he visto bien con quién se junta ni oigo de qué hablan. Aunque sí he llegado a oír palabras que no entiendo.
—¿Extranjeros? —el teniente respingó como si lo hubiera picado un reptil—. ¿Se reúne con extranjeros? ¿Cómo son?
—Por las voces, a veces españoles; claro, a esos sí les entiendo. También ha habido gringos, y rusos. Lo sé porque el ingeniero habla bien el inglés, y a veces dice frases en ruso para que no le entendamos.
A Quintanilla una pieza del rompecabezas no terminaba de encajarle. ¿Por qué reuniones clandestinas entre gringos, españoles y rusos? Esos eran países enemigos unos para los otros. Mientras ataba cabos, intentaba ocultar lo aturdido que estaba con la información de Jerónimo.
—Y a veces le sueltan dinero. Se sube con nosotros cargando portafolios y, si se pone espléndido, nos da dólares o pesos, depende. Con eso nos vamos a pasarla a toda madre con la Bandida.
De pronto Quintanilla sintió un pálpito de los buenos. Sonrió. Ese Covarrubias le estaba jugando al doble agente y traía algo más grande entre manos.
—¿Nunca les viste la cara a los tipos con los que se reunía?
—No, tenemos órdenes de permanecer en el carro, a menos que nos necesite.
El teniente hizo una mueca de desilusión.
La esperanza de que Jerónimo hubiera visto algo más incriminatorio contra Covarrubias se esfumó en su interior.
Hasta ese instante no había nada que sustentara que los comunistas del sindicato petrolero tuvieran una conexión con Trotsky o que la pista que seguía fuera correcta.
Volvió a revisar los papeles. Tal vez podría sacar fácil a Jerónimo de esas broncas, pero por ahora le haría pensar lo contrario con el fin de que escarmentara y no le diera más preocupaciones a Lupita.
—Ahora que me acuerdo, sólo una vez sí alcancé a ver claro a un hombre de traje —Quintanilla levantó la vista al escuchar el comentario—. Pasó frente al carro... parecía perdido. El ingeniero Covarrubias le gritó para que fuera con nosotros.
—¿Cómo era?
Conforme escuchaba la descripción, al teniente se le dibujaba en la mente la imagen de Armenta. Salió a toda prisa del cuarto de interrogatorios. Al minuto, regresó con un retrato que había descolgado del pasillo principal y lo depositó sobre la mesa.
—¡Sí, es él! —dijo Jerónimo.
El teniente sintió los músculos endurecidos a causa de la rabia.
¿Armenta era cómplice del líder petrolero que estaba detrás de la pandilla?
Gracias al poder que parecía ostentar Covarrubias, acababa de convertirse en un buen sospechoso dentro de la maquinaría del asesinato de Trotsky.
Llamó a un uniformado para ordenarle que encerrara al detenido en un separo, pero que no lo mezclara con los demás presos. Él volvería en un rato a recogerlo.
—No te preocupes, le voy a avisar a Lupita que venga para acá —acercó la caja de cigarros y Jerónimo agradeció.
—Ese cabrón de Armenta ya está acabado —Quintanilla revisó que su arma estuviera cargada por si el licenciado se resistía al arresto.
—Pero el ingeniero, al gritarle, no lo llamó Armenta; lo llamó Géminis. Lo recuerdo bien porque se me hizo muy raro —dijo Jerónimo antes de abandonar el cuarto de interrogatorios.