La torre de cristal LXIII
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LXIII

Armenta era un manojo de nervios. ¿Por qué debía ir al Palacio Negro?

¿Había escuchado bien lo que le decía Escorpión por teléfono?

¿Por qué él? ¿Qué tenía que hacer en ese basurero humano?

No lo entendía, y así se lo hizo saber a su jefe a través de la línea, mientras daba una honda jalada al cigarro que sostenía entre los dedos.

Nunca le habían gustado las prisiones. Le parecían sitios peligrosos en los que no había que fiarse de nadie ni de nada, porque de cualquier rincón podía surgir una punta, un cuchillo hechizo en busca de su cuerpo.

Claro, no podía decirle a Escorpión que le daban miedo, así que trató de inventar una excusa: trabajo acumulado.

Pero la voz aguardentosa de Escorpión rugió en el teléfono:

—Los rusos tienen gente infiltrada en la prisión, cabrones que quieren ayudar a escapar a Mornard.

¿Cómo se había enterado?, se preguntó Armenta, aunque no debía cuestionar a su jefe sobre sus fuentes.

Calculó que Escorpión tenía informantes desparramados por toda la ciudad, acaso por todo el país, y se imaginó cientos de ojos y oídos deambulando por calles y carreteras con el fin de enterarse de lo que después le informaban.

Sonrió a causa de la imagen, mientras de nuevo preguntaba:

—¿Y eso en qué nos afecta?

—Nos afecta en caso de no cubrir bien nuestras huellas. Si se lo quieren llevar, que se lo lleven; si se muere en la fuga, que se muera; pero no quiero que nos involucren —esta vez Escorpión hablaba pausado, conteniendo las palabras.

Armenta se preguntó otra vez por qué era tan importante para su jefe la vida o la muerte del tal Jaques Mornard.

¿Pensaría que si salía a la luz que él y su gente habían facilitado el asesinato de Trotsky, el presidente electo, Manuel Ávila Camacho, podría quitarle también la gubernatura del estado norteño que le otorgaron como premio de consolación?

¿O tenía intenciones de desestabilizar el nuevo gobierno para vengarse del ninguneo al que lo había sometido el general Cárdenas?

Escorpión era un enigma y él, Armenta , se hallaba a oscuras, como siempre, lo que lo hacía sentirse como un simple peón en un juego de ajedrez dirigido por otras personas.

La única vez que se atrevió a formular preguntas, la respuesta de Escorpión, en exceso despectiva hacia su persona, había sido que el belga poseía demasiada información.

¿Acerca del grupo al que pertenecían ellos dentro del gobierno?

¿O de los políticos que colaboraron con los hombres de Beria para facilitarles el acceso, y con ello el asesinato de León Trotsky?

¿Debía preguntar más para enterarse? ¿Por qué, si él pertenecía a ese grupo, los de arriba lo trataban como un simple operador, casi un mandadero?

—¿Y el detenido que trajo Quintanilla?

—En ocasiones hay que sacrificar peones para proteger al rey —dijo lacónico Escorpión y colgó.

Armenta caminó a la puerta, la abrió y le dijo a su secretario que le prepararan el coche porque tenía que salir.

Luego regresó al escritorio y abrió un cajón de la derecha donde, debajo de un altero de papeles, había un revólver Colt calibre .

45. Lo tomó y se lo fajó en la cintura. No.

Resultaba muy pesado, incómodo y visible.

Además, si los guardias lo revisaban a la entrada del penal, lo obligarían a dejarlo allí, aunque les dijera su rango y alegara que venía a visitar al director Murillo en su oficina.

Lo devolvió al cajón y abrió el de abajo.

Extrajo de ahí una daga metida en su vaina de cuero.

Se la fajó al cinto también y esta vez no sintió incomodidad.

La llevaría. Enseguida se puso el saco y revisó: el arma no era visible.

Antes de caminar a la puerta del despacho, recordó algo y abrió el cajón de nuevo.

Buscó al fondo y sacó un revólver más pequeño que el Colt, calibre .

38, de cañón corto. Abrió el cilindro: tenía municiones.

Lo clavó en su cintura del otro lado de donde llevaba la daga.

Cuando el secretario abrió la puerta para avisarle que su automóvil lo aguardaba en la entrada del edificio, caminó con soltura rumbo a la salida, aunque aún no estaba seguro de lo que tendría que hacer en el penal de Lecumberri.