La torre de cristal LXII
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LXII

Con el rostro pálido, Jerónimo revelaba a leguas su incertidumbre interior.

Con las manos unidas entre las piernas, veía a todos lados casi sin mover la cabeza, tan sólo con la inquietud de las pupilas que en un momento estaban en los rabillos izquierdos de los ojos y al siguiente ya se habían desviado hacia los derechos.

De vez en vez escudriñaba las esquinas donde las paredes se unían al techo, como si buscara telarañas.

Quintanilla lo contempló unos minutos desde detrás del cristal de doble vista.

Según su criterio, el muchacho no tenía facha de delincuente, no al menos como los que él acostumbraba a tratar.

No, no parecía un tipo duro, pero la verdad estaba aún por verse.

Antes de entrar en la sala de interrogatorios, el teniente encendió un Tigres y aspiró el humo muy profundo.

Revisó su reloj. Dio otra fumada y avanzó por el pasillo.

Al entrar advirtió que el sobrino de Lupita lo miraba con miedo.

Iba a ser fácil. Caminó a espaldas de Jerónimo, luego rodeó la mesa y tomó asiento frente a él.

Fumó por última vez y aplastó la colilla en el piso.

Notó que al detenido le temblaba la mandíbula.

—¿Sabes por qué estás aquí, ¿verdad? —preguntó con esa voz impostada que solía infundir miedo a los que interrogaba.

Jerónimo no respondió. Entonces el teniente se inclinó hacia el frente y le propinó un rapidísimo sopapo en la nuca.

Soltó un quejido, pero fue todo: volvió a caer en el mutismo.

Exasperado, Quintanilla dio un par de manotazos en la mesa.

Sin hablar, ahora contemplaba a Jerónimo con ojos iracundos desde lo alto de su estatura mientras lo señalaba con el índice.

Sin embargo, se contuvo. Pensó que se estaba excediendo, que había olvidado sus propósitos de ser suave con el muchacho, que no debía dejar que le ganara la costumbre, la inercia del oficio.

Jerónimo soportó el peso de la mirada y se recargó en la silla.

El teniente intuyó que su juventud lo hacía testarudo y que tendría que usar todos sus conocimientos si quería hacerlo hablar sin recurrir a la violencia.

A su mente vino el recuerdo de la forma de actuar de Quevedo.

Respiró varias veces. Se rascó la barbilla con disimulo y volvió a sentarse despacio.

—¿No te has preguntado cómo sé tu nombre?

Valentín buscó la cajetilla de cigarros, se colocó uno en la boca y le ofreció otro al joven, como hacía cada vez que interrogaba a un detenido. Jerónimo lo agarró de inmediato. Cada uno prendió el suyo.

—Tu tía Lupita está muy preocupada por ti —soltó el humo despacio, mientras disfrutaba la expresión de desconcierto, primero, y enseguida de remordimiento en las facciones de Jerónimo—. Y, aunque no lo creas, yo también.

El joven lo escudriñó con recelo.

—Tu lealtad debe ser para quienes siempre han estado en tu vida, nunca te olvides de eso. Ahora vamos a hablar —le acercó de nuevo la cajetilla y el encendedor—. Dime primero, ese prepotente que salió del edificio del sindicato, ¿quién es?

El teniente había advertido a través del retrovisor que, cuando iban rumbo a la comandancia, aparte de la patrulla los seguían un par de autos con hombres trajeados. Y ahora permanecían afuera del recinto policial.

—Sabes bien de quién te hablo, Jerónimo. Te prometo que voy a echarte la mano en todo para que tu tía no viva con esa zozobra.

—Yo sólo esperaba a mis amigos mientras veían a… —dijo con voz apenas audible y Quintanilla se acercó un poco para escuchar con claridad— …al ingeniero Daniel Covarrubias. Es amigo de gente muy poderosa y uno de los líderes principales del sindicato.

—¿De dónde lo conoces?

—Nos contrató a mis amigos y a mí como grupo de presión, para darles en la madre a los contrarios; a quienes no se alinean con la ideología y las acciones del sindicato.

—¿Como porros?

—Él nos indica sobre quiénes ir, cuáles negocios golpear, cuándo romper manifestaciones o mítines.

—¿Les ha pedido matar a alguien?

Jerónimo palideció ante la pregunta y se removió incómodo en la silla. Quintanilla no perdió detalle de su actitud. Sabía por experiencia que un hombre que ha asesinado nunca vuelve a ser el mismo.

—Yo nomás manejo, los otros son los que se bajan —dijo al fin.

El teniente sacó de su bolsillo una libreta y una pluma.

Las colocó sobre la mesa. Le pidió al muchacho que escribiera las direcciones de los sitios a los que los había mandado el ingeniero Covarrubias.

Con esa lista comprobaría qué tan grandes habían sido los delitos en los que se había involucrado Jerónimo.

Mientras escuchaba el sonido de la pluma deslizándose sobre el papel, no dejaba de pensar que no le gustaría decirle a Lupita que su sobrino estaba implicado en algún asesinato… o en varios.