LXI
Mientras cruzaba las aguas del Atlántico, una fuerte turbulencia sacudió el avión.
Quevedo se sentía inseguro. No entendía por qué la aeronave no contaba con cinturones de seguridad; en realidad, ni siquiera había butacas, sólo unas bancas de lámina adosadas a las paredes y, en el centro, la mercancía que el ejército transportaba de Francia a México.
Cuando una nueva corriente de aire estremeció la nave, se aferró con ambas manos al borde de la banca, temiendo ser arrojado al suelo.
Sin embargo, esa sensación era mil veces más soportable que la que había vivido horas antes.
Luego de la tormenta de plomo que le habían dirigido sus perseguidores en la entrada de la oficina de negocios de México en Barcelona, el hombre que no había querido dejarlo pasar y otro, mexicanos ambos, lo levantaron del piso para llevarlo a un cuarto lejos del exterior, pensando tal vez que se hallaba herido.
Tras el ataque, el Citroën había recogido a los dos hombres de a pie para partir con ellos a toda velocidad.
El doctor estaba ileso. Se identificó ante el encargado de la oficina.
Le preguntaron quién lo perseguía y por qué le habían disparado.
Él movió la cabeza de un lado a otro. Les dijo que lo ignoraba.
Después del bajón de adrenalina, se percató de que todos sus miembros temblaban.
No se sintió tranquilo hasta ver llegar a la oficina a varios agentes de la Guardia Civil, en especial cuando apareció el inspector Rosas quien, con cara de preocupación, lo apartó de los funcionarios mexicanos.
—Alfonso, me llegó el rumor de que alguien en Barcelona ha ofrecido una recompensa para eliminarte, la verdad no creí…
—¿A mí? —Quevedo sintió de improviso la boca seca.
—Bueno, no exactamente con tu nombre. La información asegura que unos gatilleros del Partido Comunista trataban de interceptar a un mexicano que iba a hablar con investigadores catalanes.
Se tardaron en dar contigo porque no pisaste la gendarmería, de otro modo…
—un guardia civil se acercó al inspector y le dijo algo al oído—.
He mandado recoger tu maleta. No es seguro que te quedes en Barcelona.
Como están las cosas, no puedo ofrecerte seguridad.
—Pero necesito averiguar lo que vine a hacer…
—Lo averiguarás. He enviado parte del expediente a Madrid, también las huellas de Mornard y, por supuesto, las fotografías. Saqué un par de copias para que circulen entre los policías veteranos de Cataluña.
Quevedo deseó estar frente al cráneo del Tigre para pedirle consejo.
¿Debía adelantar su regreso a Burdeos y de ahí a México?
¿Debía quedarse hasta tener la confirmación de la identidad de la monja y del asesino de Trotsky?
¿Y si los catalanes no llevaban a cabo un buen trabajo de investigación?
¿Y si a Rosas y a su gente les pasaba de largo algo importante que para él fuera un punto clave?
—Confía, Alfonso, confía. Que he aprendido algunas cosas gracias a ti —dijo el inspector al notarlo indeciso—. Si quieres un consejo, es mejor que regreses a México. Allá creo que serás de más ayuda. Lástima que ya no podrás pasear un poco por mi ciudad.
Rosas tenía razón. De nada servía demorar más su regreso. Pidió un teléfono a uno de los funcionarios de la oficina. Marcó el número del general amigo de Robledo. Le dijo que volvería esa misma tarde a Burdeos para volar de regreso al país.
Tanto el inspector como el jefe de la oficina de negocios, de apellido Castro, decidieron que esta vez el viaje a la ciudad francesa no sería por ferrocarril sino por carretera, en un auto de los funcionarios mexicanos, y que iría escoltado hasta la frontera por una patrulla de la Guardia Civil.
Al despedirse, Quevedo abrazó al inspector Rosas.
—En cuanto tenga la información, yo me comunicaré contigo, Alfonso.
Castro, tal vez asustado aún por el atentado ante su misma puerta, dijo que lo mejor era partir de inmediato. Quevedo abordó el auto y emprendieron el viaje.
La carretera se internaba en un paisaje montañoso.
El doctor recordó haber leído que alrededor de un año antes ese mismo camino se había atiborrado de excombatientes republicanos en su trayecto al exilio en el país vecino.
¿Cuántos habían muerto durante la marcha?
Los reportes hablaban de cientos, quizá miles, que perecieron de hambre, frío, o a causa de las heridas recibidas en las batallas finales.
La inmensa caravana estuvo formada por hombres, mujeres, ancianos y niños, muchos de los cuales no habían alcanzado a llegar a la frontera, ya fuera por debilidad o porque sucumbieron a los ataques aéreos que Francisco Franco hacía caer sobre ellos.
Quevedo miraba el camino e imaginaba aquel éxodo doloroso, hasta que el conductor vio en el espejo retrovisor que a lo lejos venía un Citroën semejante al del ataque en Barcelona. Un vacío se le abrió en el estómago.
—No se preocupe, la Guardia Civil los va a espantar —dijo el chofer—.
Además, si se atreven a atacarnos, estoy preparado para lanzarles un quién vive —el hombre levantó apenas el muslo y sacó un arma para mostrársela a su pasajero—.
Si ellos tuvieron acción en la Guerra Civil, yo también me fajé a tiros muchas veces en nuestra revolución.
La sensación de malestar, sin embargo, no abandonó a Quevedo sino hasta que el Citroën, que siempre se mantuvo unos cincuenta metros detrás de ellos, dio media vuelta un poco antes de llegar a la frontera con el fin de regresar.
Los guardias civiles acompañaron el auto de los mexicanos un par de kilómetros más, hasta la línea divisoria. Ahí les hicieron cambio de luces y, entonces sí, los dejaron solos el resto del trayecto, ya en territorio francés.
¿Estaba a salvo? Quevedo no lo creía. El Partido Comunista soviético extendía sus tentáculos por todos los países de Europa, si bien sería difícil que se atrevieran a atacarlo en Francia.
De cualquier modo, no se sintió en verdad seguro hasta que el vehículo entró en los terrenos del aeropuerto militar de Burdeos y se acercó al hangar donde los soldados mexicanos cargaban un avión con armas francesas.
Un capitán se acercó al verlos llegar.
—Mi general me avisó de que lo llevaría —dijo al saludar al doctor—. No se preocupe, aquí nadie va a intentar hacerle daño. Póngase lo más cómodo posible; partimos de inmediato.
Luego de un par de agitados minutos, la turbulencia amainó. Con alivio, Quevedo retiró las manos del metal y, al terminar de repasar su aventura de tan pocas horas en Barcelona, pensó que había tenido mucha fortuna al no hallarse tendido ahora en el anfiteatro de la Guardia Civil.
Sonrió con cierta tristeza. Tal vez si le contara su aventura a Lupita, ella lo consideraría también un hombre de acción, como el insoportable de Quintanilla.
Rumió una retahíla de insultos contra su compañero durante un buen rato hasta que, sin darse cuenta, arrullado por el ronroneo de los motores, se quedó poco a poco dormido sobre la incómoda banca del avión.