La torre de cristal LX
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Mientras Valentín vigilaba la sede sindical, no dejaba de pensar en Lupita y en Jerónimo.

El día anterior, antes de apostarse frente a las oficinas, había intentado localizar a la muchacha para preguntarle si sabía algo de su sobrino.

Quería matar dos pájaros de un solo tiro: interrogar a Jerónimo para saber si era él quien había estado en la balacera en Tepito y averiguar qué tan ciertos eran los rumores de que un líder sindical estaba tomando más vodka que tequila.

Pero no tuvo suerte. Lupita no estaba en La Torre de Cristal y el doctor seguía de viaje en España.

Apertrechado con dos cajetillas de cigarros, fumaba en tanto observaba el movimiento del edificio de paredes grises y desgastadas. El dinero de las aportaciones de los obreros se va a todas partes menos a la pintura, concluyó mientras aplastaba con la suela la colilla del cigarro.

Había demasiado trajín en el sitio. A cada rato llegaban autos nuevos que se estacionaban frente al inmueble.

De los coches emergían hombres vestidos con trajes elegantes y caros, a los que, se notaba, no estaban acostumbrados.

Caminaban con actitud prepotente, con la soberbia que daban el dinero y el poder recién adquiridos.

Quintanilla intuyó que eran los líderes de las diferentes áreas del sindicato.

Confirmó a dónde iba a parar otra porción de las cuotas de ese gremio que, junto con los ferrocarrileros y los electricistas, tal vez era el más importante del país.

También llegaban al edificio trabajadores para hacer alguna petición o realizar un trámite, pero ellos vestían overoles desgastados y casi siempre sucios.

El teniente escupió al suelo, decepcionado. Ese no era el objetivo de la revolución en la que había peleado. El dinero y el poder habían cambiado de manos, sí, pero las grandes masas de mexicanos seguían tan, o más, jodidas que antes.

De repente notó que por la esquina más cercana aparecía un vehículo que conocía bien.

El Ford de la balacera en Tepito. Se estacionó a pocos metros.

Vio bajar a tres jóvenes, que se dirigieron a unos hombres vestidos de traje y con aspecto de matones.

Guardaespaldas de algún líder, pensó el teniente.

Se saludaron sonrientes, con camaradería, y los de traje hicieron pasar a los muchachos al interior del edificio.

Quintanilla comprobó que el conductor permanecía en el interior del carro. ¿Sería Jerónimo? Debía averiguarlo.

Apenas dio unos pasos, creyó reconocer que la silueta dentro del coche era, en efecto, la del sobrino de Lupita. Sin anunciarse antes, arriesgándose a equivocarse, el teniente abrió la portezuela y lo sacó aferrándolo del cuello al tiempo que decía:

—Jerónimo, tienes muchas cosas que responderme

—¿Qué te pasa, cabrón? —el muchacho buscó ayuda mediante una mueca dirigida a los de la entrada.

Uno de los guardaespaldas contempló con extrañeza la escena, pero no se movió de su sitio.

El teniente sabía que debía actuar con rapidez si no quería un escándalo.

Palpó la cintura y el saco de Jerónimo. No encontró armas.

En el bolsillo localizó una “charola” del sindicato y otra de la corporación policiaca.

Quintanilla apretó las identificaciones con coraje.

Así eran las cosas en México. El amiguismo lograba que cualquiera pudiera traer una identificación apócrifa para saberse intocable.

—¿Y esto? —preguntó.

—No sabes con quién te metes… —el joven lo señaló con el dedo y Quintanilla vio en él un anillo del sindicato petrolero.

—Tú eres el que no lo sabe, pendejete —le arrojó las credenciales a la cara—. Esas chingaderas son más falsas que el intento de bigote que traes encima del hocico.

Amedrentado por la forma de hablar del policía, Jerónimo titubeó.

—Tú y yo vamos a dar un paseo —le mostró la pistola y su placa—. Estas sí son de verdad. Entrégame las llaves y súbete al carro.

El muchacho ya no opuso resistencia y se acomodó en el asiento del copiloto.

—Ey, ¿para dónde lleva al chamaco? —se escuchó una voz ronca.

Al voltear, Quintanilla descubrió que tres guardaespaldas lo tenían rodeado, e hicieron el amague de que iban a sacar armas de la cintura.

—¿No sabe que trabaja para el sindicato? —preguntó el hombre de tono grave. Parecía ser el de más rango.

—Me vale madres para quién trabaja. Les voy a decir para quién trabajo yo —se identificó como teniente de la policía.

—A la gente del líder Covarrubias nadie puede tocarle un pelo —el tipo se le acercó mostrando sus dientes amarillos—. Y si insiste en atorar al chamaco, aquí mismo…

El hombre no alcanzó a completar la frase: Quintanilla sacó su pistola con un movimiento rápido y con el cañón le partió la nariz de un golpe certero. Luego apuntó a los otros dos.

En cuestión de segundos, quienes los rodeaban ya eran una multitud donde se confundían mirones, obreros y guardaespaldas. Alguien sugirió entonces que se le echaran de a montón, que el policía no iba a poder dispararles a todos.

—¿Quién es el primero que quiere probar su suerte? —Quintanilla amartilló la pistola.

Nadie se atrevió a dar un paso. La escena se congeló: el detective amenazando a los que lo rodeaban; ellos a punto de saltarle encima, pero sin atreverse a hacerlo.

Quintanilla era consciente de que, conforme pasaran los minutos, alguno de los guaruras podía hacerse el valiente y atacarlo; sin contar con que del edificio seguían saliendo guardaespaldas deseosos de pelea.

Estaba sentado en un polvorín, y cada uno de los hombres a su alrededor tenía la chispa para hacerlo explotar.

De pronto vio que varios de los tipos le dejaban el paso libre a un sujeto que caminaba con seguridad hacia él, alto, delgado, pelo cano y porte elegante.

Iba bien afeitado y no tenía cicatrices en el rostro.

Por un momento a Quintanilla le pareció conocido.

¿Lo habría visto en el periódico? ¿Sería el tal Covarrubias?

El repentino ulular de una sirena le devolvió un poco el sosiego.

La patrulla frenó en la calle junto al tumulto.

Apenas se bajaron los uniformados, el hombre de pelo cano se acercó a ellos.

—Detengan al loco ese de la pistola —les ordenó con severidad.

Cuando los uniformados vieron a quién debían arrestar, hicieron un saludo con el canto de la mano.

—Me van a escoltar a la comandancia, ¿de acuerdo, oficiales?

Los uniformados titubearon. Miraron al hombre que les había dado la orden como pidiéndole disculpas.

Valentín, entonces, observó con cuidado al tipo elegante.

También traía un anillo del sindicato, pero el suyo era de plata y con una piedra de tintes amarillos.

Debía tener también una inscripción, o leyenda, pero a la distancia le resultaba imposible identificarla.

Subió al Ford con Jerónimo y se acomodó tras el volante.

El canoso hizo un gesto para que los demás dejaran avanzar el automóvil color vino sin dejar de observar a Quintanilla con ironía.