La torre de cristal LIX
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LIX

El traqueteo del ferrocarril empezó a disminuir su ritmo poco a poco hasta que se detuvo por completo.

Alfonso Quevedo bostezó. Se estiró en su asiento antes de ponerse de pie para recoger su pequeña maleta.

Aunque en el vuelo transoceánico no pudo dormir, debido a las incomodidades de la nave militar, además de las sacudidas a causa de las turbulencias, en el tren desde Burdeos sí logró conciliar el sueño, aunque fuera por poco tiempo.

Miró por la ventanilla la estación de Barcelona.

Los pasajeros iniciaron el descenso y él hizo lo mismo.

Escuchó interesado las voces en francés, catalán y español de la gente que llenaba los andenes.

Nunca había estado en España, ni en ningún país europeo, y lo contemplaba todo con la avidez del recién llegado.

Buscó con la vista la salida de la estación.

Se dirigía a ella esquivando a la multitud, cuando un hombre de bigote grueso, canoso, pipa entre los dientes y gabardina se situó frente a él.

—¿Doctor Alfonso Quevedo? —preguntó el hombre en el tono rudo de los españoles.

Aunque el criminólogo tuvo un atisbo de desconfianza, respondió de modo afirmativo.

El hombre se adelantó entonces para estrecharlo en sus brazos mientras le decía que era un gusto conocerlo al fin en persona, y que sería un placer aun mayor colaborar con él para llevar a buen puerto su investigación.

Se presentó como el inspector Indalecio Rosas, jefe de investigadores de la Guardia Civil de Cataluña.

Rosas y Quevedo habían iniciado una relación epistolar desde varios años antes de la guerra, cuando el inspector andaba tras los pasos de un delincuente peninsular, Venancio Sosa, que había conseguido trasladarse a México, donde también cayó en manos de la policía al ser sospechoso de un par de homicidios.

Fue durante los primeros meses del gobierno del general Cárdenas, antes de la ruptura entre ambos países.

Robledo acababa de ser nombrado juez del caso y solicitó los servicios de su alumno como perito criminalista, a pesar de que Quevedo apenas se iniciaba en la disciplina.

El juicio en México se alargó más de un año, lo que permitió un extenso intercambio de información por carta entre Quevedo y el inspector Rosas, quien solicitaba la extradición del criminal por la comisión, en Barcelona, de varios delitos, entre ellos un triple asesinato.

Al final, tras varios interrogatorios y muchos análisis de conducta, Quevedo concluyó que, si bien Venancio Sosa no era culpable de lo que se le imputaba en nuestro país, sí era un homicida nato, y recomendó al juez Robledo que lo repatriara a España, donde Rosas había armado un caso sólido en su contra.

Así se hizo. Sosa fue recibido en Barcelona por el inspector, quien lo llevó a juicio, y ahora purgaba una larga condena en una cárcel catalana.

Después de ese caso su correspondencia prosiguió, pues ambos investigadores se pedían consejo mutuamente en forma habitual sobre sus respectivos sospechosos e investigaciones.

A la larga, tanto intercambio de información consiguió que se tuvieran una confianza sin límites, sin que les importara que en la actualidad sus gobiernos estuvieran disgustados al grado de haber roto las relaciones diplomáticas.

Durante el trayecto en automóvil, Quevedo no dejaba de admirar la belleza de Barcelona, aún salpicada de ruinas por los edificios destruidos durante la reciente guerra.

—Tal vez no sea el mejor aspecto de la ciudad, pero el gobierno no está escatimando recursos para reconstruirla. Espero que puedas verla cuando los arreglos estén concluidos —informó Rosas mientras veía a la gente que transitaba por las calles en bicicletas, autos y a pie.

Tras la guerra, los desplazados de otros pueblos habían llegado en grandes cantidades a la urbe catalana para instalarse ahí.

Al ver tal multitud, Quevedo preguntó por el nivel de criminalidad en la ciudad.

El inspector respondió que nunca había habido tantos crímenes en las calles, que los desastres de la guerra habían acostumbrado a la gente a la violencia y que eso, sumado a las varias bandas de guerrilleros republicanos que aún luchaban en las montañas, traían a la Guardia Civil hasta la cabeza de trabajo.

—Por eso te he consultado tantas veces durante los últimos meses. Tus observaciones y consejos me han ayudado en casos que parecían imposibles de resolver.

—Y espera un poco, inspector… que, con las nuevas técnicas y teorías, estoy convencido de que los métodos científicos serán los que resolverán los crímenes en los años futuros.

—Sin tener que recurrir a la violencia, ¿no, Alfonso? —Rosas hizo un gesto de afirmación.

Quevedo vio que llegaban al edificio de Inspección de Policía de la Guardia Civil, pero en vez de detenerse, su contacto siguió de largo.

—Recuerda que no estás en una visita oficial. Y, por más que quiera, sabes bien que somos hombres de instituciones, así que prefiero que platiquemos en un café —dijo el inspector mientras se dirigía en dirección a Las Ramblas.

Pasaron también por un edificio de dos pisos, de color azul, que tenía en la puerta una pequeña bandera mexicana.

Rosas le señaló que ahí era la oficina de negocios de la delegación mexicana en Barcelona.

Una sucursal de la de Madrid, pues si bien México no contaba con embajada ni consulados en España, eran tantos los negocios entre ambas naciones que debían tener quien representara sus intereses comerciales.

Dejaron el auto en una calle transversal y continuaron a pie, mezclándose con lugareños y turistas, hasta llegar a un café marroquí donde ocuparon una mesa. Como Rosas supuso que Quevedo había llegado hambriento, pidió un cuscús para los dos y vino de la casa.

—He leído mucho de tu caso en los periódicos, Alfonso.

Las crónicas, las declaraciones del gobierno mexicano —el inspector hablaba con tono serio—.

Y creo que aquí hay gato encerrado, mira que una carta de confesión del asesino tal y tal, son patrañas.

Ese es el modus operandi de los desgraciados rojos.

Una hermosa muchacha de aspecto árabe se acercó a la mesa y llenó dos copas de tempranillo. El inspector tocó con el borde de su copa la de su colega y dio un trago largo. Quevedo apenas se mojó los labios con la bebida.

—¿Estás familiarizado con los comunistas españoles y su forma de operar?

—Por supuesto, llevo años lidiando con sus delitos. En los últimos meses de la guerra hubo una concentración enorme de rojos aquí en la ciudad, eso derivó en abusos, crímenes que antes no había acá.

La mesera se acercó con un plato humeante y lo colocó frente a ellos. Rosas, solícito, sirvió una generosa ración para Quevedo.

—¿No recuerdas el asesinato de Andreu Nin en el 37? —preguntó el inspector a punto de comer.

Sí, Quevedo lo recordaba: un ajuste de cuentas entre las diferentes camarillas comunistas en su lucha por el poder.

—Pues eso no es nada.

Los rojos, según contaba el inspector, se habían encarnizado contra los civiles que no pensaban como ellos, fusilándolos, levantándolos y desapareciéndolos.

Aún seguían en busca de cadáveres, y lo peor era que seguido los encontraban.

En cuanto a los rojos sobrevivientes de la guerra, todavía pululaban muchos por la ciudad, clandestinos, pero se sabía de sus actividades subversivas y delincuenciales.

El criminólogo confirmó que no se había equivocado al trasladarse para ver al inspector en persona.

Terminaron de comer y pidieron café. Rosas encendió su pipa.

Quevedo extrajo de su maleta varias carpetas que entregó al otro.

Le narró al inspector sus interrogatorios a Jacques Mornard y las inconsistencias que había encontrado en sus afirmaciones, sus sospechas de que el supuesto belga tal vez había estado en España durante la guerra y, sobre todo, la que él creía su estrecha relación con los partidos comunistas mexicano, español y soviético.

De las carpetas sacó las huellas digitales del asesino de Trotsky, los interrogatorios mecanografiados y las fotos de Mornard el día del crimen y como lucía ahora, además de las fotos de la mujer vestida de monja en Lecumberri.

El detective catalán revisó las huellas y los informes por encima, pero levantó las fotos y las observó por varios segundos. Frunció el ceño, se retiró la pipa de la boca, miró fijo a Quevedo y luego volvió a posar la vista en las imágenes.

—Te seré sincero, Alfonso, a ese tal Jacques no creo haberlo visto nunca, a pesar de que tiene un cierto aire familiar; en fin, déjame revisar mis archivos antes de darte una respuesta definitiva —en el semblante de Quevedo se reflejó la desilusión.

Pensó en el tiempo perdido durante el viaje y en que se había metido él mismo en un callejón sin salida—.

Sin embargo —continuó Rosas—, a la mujer sí le he visto, y que me castren como toro viejo si no ha sido varias veces.

El inspector lanzó varias volutas de humo. Al sentir la expectación del doctor, levantó los hombros.

—Sólo que no recuerdo con exactitud dónde, Alfonso. Tendré que preguntar a colegas que estuvieron en contacto con los combatientes durante la guerra. Dame veinticuatro horas, por lo pronto podrás descansar en un hotel discreto que está cerca de aquí.

Quevedo comprendió que no podía hacer más.

Al menos tenía la certeza de que podía viajar de regreso muy pronto, gracias a los vuelos casi diarios del ejército entre México y Burdeos por una cuestión de compra de armas y asesoría de los franceses al ejército nacional.

Rosas le aseguró que en cuanto tuviera algo en firme lo buscaría.

Le aconsejó varios sitios turísticos para que visitara, y se ofreció para acompañarlo a pie al hotel.

Conforme caminaban, Quevedo se sintió observado.

Era una sensación clara: alguien vigilaba sus movimientos.

No se trataba de una certeza, pero sus instintos lo habían puesto en alerta.

Miró de reojo en torno suyo y vio a varios hombres sentados en los cafés, otros deambulando, otros leyendo el periódico que, de pronto, al pasar ellos bajaban las hojas para mirarlos.

Como no tenía la seguridad, no le comentó nada a Rosas, quien esperó en la recepción del hotel hasta que se registró, y luego se despidió de él tras decirle que lo vería pronto.

Verificó la hora. Para evitar que el sueño lo venciera, el criminólogo se dio un regaderazo.

Tenía tiempo suficiente para deambular por la ciudad un rato y luego volver a comer algo.

El día estaba nublado. Entró en una tienda para comprar un paraguas.

Antes de salir sintió de nuevo el peso de una mirada.

¿O se trataba de varias? Seguro exageraba.

¿Cómo podría seguirlo alguien si nadie, salvo el inspector Rosas, sabía que estaba allí en Barcelona?

Pero cuando alzó la vista, descubrió que un hombre muy pálido, rubio cenizo, de ojos azules, lo observaba de modo furtivo y luego fingía ver hacia otra parte.

Su corazón comenzó a latir veloz. Sí, lo tenían en la mira. Y ese tipo tenía aspecto de ruso. Esperó unos minutos antes de pagar y salió del local justo cuando comenzaba a lloviznar.

Aunque no conocía la urbe, decidió abandonar la zona turística para internarse en una serie de estrechas callejuelas al tiempo que abría el paraguas.

Daba varias zancadas y volteaba hacia atrás con la esperanza de no ver a nadie, pero siempre había gente a sus espaldas.

¿Los habría perdido? Giró en la primera esquina.

Lo mismo. Volvió a doblar y aceleró el paso.

Antes de que la lluvia se soltara, distinguió al hombre de ojos azules que lo miraba en el café y afuera de la tienda.

Ya no había duda. Lo seguían. Al topar con una calle un poco más ancha, creyó reconocer el rumbo.

Sí, por allí habían pasado el inspector y él cuando venían de la estación del tren.

Unas cuadras a su izquierda estaba la Inspección de la Guardia Civil, y dos calles a la derecha la oficina de negocios de México.

Estuvo a punto de dirigirse al edificio de la Gendarmería, pero recordó que tendría que identificarse si deseaba acusar a ese hombre, y en Barcelona, como bien le había dicho Rosas, no estaba de visita oficial.

Optó por ir a la derecha, rumbo al despacho de negocios.

Volvió a mirar atrás: el hombre de los ojos azules no abandonaba su persecución, y de pronto a Quevedo le pareció que hacía una seña. ¿A quién? Se estremeció. Movió la vista hacia adelante: un hombre moreno de boina morada caminaba en su dirección mientras metía una mano dentro del abrigo.

Al llegar frente a Quevedo, el desconocido se detuvo en forma brusca.

Sin tiempo para pensar, el criminólogo bajó el paraguas y lo embistió con él.

El hombre cayó y un ruido metálico resonó en el pavimento.

El mexicano creyó ver un revólver, pero no tuvo tiempo de comprobarlo.

Había soltado el paraguas y ahora la lluvia le caía de lleno en el rostro y sobre la ropa.

Corrió, pero pronto sintió que las fuerzas de sus piernas le empezaban a fallar. Volteó hacia atrás. Los dos hombres que lo perseguían estaban a punto de alcanzarlo. Atisbó una cuadra adelante la bandera mexicana y la fachada azul de la oficina de negocios.

Lanzó un grito, con el que pretendía sonar como un guerrero dispuesto al combate, pero que en realidad se oyó como un quejido: al menos le sirvió para acelerar el paso y les sacó a sus perseguidores varios metros más de ventaja, hasta alcanzar su destino.

Tocó con desesperación la puerta de la oficina.

Giró la cabeza. Ahí venían los dos hombres.

El de ojos azules quiso acelerar también su carrera y resbaló en el pavimento mojado.

Esta vez Quevedo sí reconoció una pistola escuadra que dio tumbos por el suelo.

El otro hombre siguió corriendo. El criminólogo estrelló con mayor fuerza el puño en la puerta, que por fin se entornó.

—Me están siguiendo, déjenme entrar, soy mexicano —dijo de manera atropellada.

El hombre en la entrada lo observó con desconfianza y no se movió un centímetro.

Quevedo señaló a su perseguidor para confirmar sus palabras.

En ese instante, el de la boina se detuvo y el mexicano de inmediato entendió por qué: un Citroën color dorado daba vuelta en la esquina a toda marcha y de sus ventanillas surgieron un par de tubos negros.

En una fracción de segundo Quevedo recordó el atentado contra Robledo. Encaró al hombre en el umbral de la oficina de negocios, que lo miraba con recelo sin dejarlo entrar, y lo empujó para apartarlo y meterse a la fuerza antes de que empezaran a escucharse los tiros.

El doctor cayó encima del funcionario y con el pie cerró la puerta que, al recibir la descarga de las dos ametralladoras, comenzó a llenarse de decenas de orificios al tiempo que escupía una lluvia de astillas sobre los dos caídos.