La torre de cristal LVIII
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LVIII

Acababa de encender un cigarro cuando sonó el teléfono especial.

El general Múgica fumó varias veces y vio cómo el humo que salía de sus pulmones se estrellaba en el vidrio del ventanal.

Dejó que el aparato sonara un par de veces mientras recordaba la llamada que había recibido cuando le anunciaron que él no sería el candidato a la presidencia, sino otro más moderado y menos cargado hacia la izquierda, lo que le cortó de tajo las esperanzas de alinear al país con Moscú.

Tuvo un estremecimiento a causa del hueco que se le volvió a abrir en el estómago, y descolgó.

—Robledo está herido en el hospital, parece que no fue grave.

Aplastó la colilla en el cenicero. Luego respiró hondo varias veces.

—¿Qué más?

—Nuestro coronel agregado en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes me confirmó que el juez llamó a su amigo, el general Martínez, para que trasladara a Quevedo a Francia, en un vuelo militar.

—¿Francia?

—Es una escala, aterriza en Burdeos y de ahí toma un tren a España. El destino final es Barcelona, ¿sabes lo que eso significa, Escorpión?

Múgica sintió que las venas de sus sienes palpitaban hasta hacer un ruido agudo. Casi estuvo seguro de haber escuchado el eco del sonido.

—Yo me encargo de que ese doctor no regrese del viaje.

Colgó.

El general se recargó en el respaldo de la silla.

Que Alfonso Quevedo fuera rumbo a España no era casualidad: tenía una pista sólida sobre el origen de Mornard.

Si encontraba los datos necesarios, podría ponerlos en aprietos a él y a varios compañeros que buscaban una dirección política del país diferente a la que le daría el presidente electo.

Una dirección que continuara y, de ser posible, radicalizara las políticas del régimen actual.

Y si Quevedo descubría la verdad, el apoyo de los soviéticos a su carrera política se iría por el caño, hundiéndolo más de lo que ya estaba.

Era tiempo de acomodar nuevas piezas en el tablero, retroceder un poco y, por qué no, sacrificar las que ponían en riesgo el juego.