LVII
La noche ya caía sobre la ciudad y los faroles empezaron a iluminarse como si despertaran de una larga siesta.
La plazuela poco a poco se poblaba de hombres de regreso de sus labores diarias, algunos con bolsas de pan dulce en la mano para la cena familiar.
El tufo a aceite quemado de los camiones urbanos se mezclaba con el de los tamales que ofrecía una mujer frente a una olla humeante, colocada encima de un anafre viejo.
Quintanilla intercalaba la vista entre las manecillas del reloj y la salida trasera de la carpa ubicada en la explanada del Teatro Blanquita.
Metió la mano en el saco en busca de la cajetilla de Tigres.
Hasta entonces reparó en que quince minutos atrás la había tirado al extraer de ella el último cigarro.
Buscó con la vista algún vendedor ambulante, pero sólo divisó a un globero rodeado de dos pequeños que exigían a gritos a sus atribulados padres que les compraran uno.
El teniente maldijo su suerte por no haberse prevenido con más tabaco; estaba a punto de dirigirse a la esquina contraria a la explanada, cuando una caterva de aplausos, hurras y silbidos emergió de la carpa.
Comprendió que la función finalizaba. Se abrió paso entre la multitud de hombres y mujeres sonrientes para colocarse a unos pasos de la salida trasera.
Esperó. Apenas emergió el tipo de nariz colorada y sombrero contrahecho, Quintanilla lo aferró del cuello con firmeza, y los lentes de fondo de botella estuvieron a punto de ir a dar al suelo.
El agente primero vio su propio gesto amenazante reflejado en los cristales de los anteojos y luego el de susto en la cara de Palillo.
—¿Otra vez me quieren chingar? ¿Ora qué dije que no les gustó? —preguntó el comediante mientras intentaba zafarse—. Les voy a caer a periodicazos, ¡la libertad de expresión es un derecho inalienable! ¡El presidente lo ha dicho muchas veces!
—Qué libertad ni que ojo de hacha, ¿quién te contó lo que dijiste allá acerca de Trotsky? —Quintanilla señaló con un ademán la carpa.
Palillo se distrajo con dos tramoyistas que salían carcajeándose del interior.
Puso el cuerpo tenso. El teniente intuyó lo que el otro estaba a punto de hacer, y de inmediato le pasó un brazo por el cuello e hizo presión.
Logró que el otro se agachara un poco. Abrió el saco para que la culata de la Walther fuera visible.
—¿Para qué haces tanto borlote? —le susurró al oído—. Con el cuello roto no vas a poder dar funciones en mucho tiempo, quizá ya nunca.
El cómico sintió que aumentaba la opresión del brazo en su gañote y entendió que, si emitía un grito o hacía un mal movimiento, iría a parar directo al hospital.
El hombre que lo sujetaba olía a placa, actuaba como los polizontes, pero algo le indicó que no era de los de la secreta, esa corporación donde los agentes poseían el mismo humor que un perro sin comer y lleno de pulgas.
—Lombardo Toledano —dijo en voz baja con la respiración entrecortada.
Al escuchar el nombre, el detective sintió que le temblaban las manos de ira.
Palillo se siguió de largo y confesó que había dos rumores: el primero era que el líder sindicalista había estado detrás de los dos atentados contra Trotsky: el del fiasco, encabezado por el Coronelazo David Alfaro Siqueiros, y el bueno, el que llevó a cabo un belga que ahora estaba mascando barrote en Lecumberri.
Quintanilla percibió en las palabras de Palillo una pieza que no encajaba.
Según su lógica, la sociedad entre Toledano y Siqueiros, debido a los egos de ambos, seguro se había desmoronado después de que el muralista falló de modo tan estrepitoso en el primer atentado.
Por ende, para la segunda agresión, la que sí había tenido éxito, ya no estaban asociados.
Empezaba a decirlo, cuando el cómico lo interrumpió.
—El sindicato de Petróleos Mexicanos.
El teniente aflojó la fuerza. Palillo recuperó por completo la respiración.
Resolló. Se irguió lo más que pudo. Ahora no sólo tenía la nariz colorada, sus mejillas también estaban a tono.
Quintanilla se agachó para recoger el sombrero gastado con el que se caracterizaba el actor para dar la impresión de ser un peladito común y corriente de los que proliferaban en las calles de la ciudad.
Esa identificación con el pueblo y sus críticas hirientes al gobierno, la mayoría de las veces bien fundadas, hacían que la popularidad de su personaje cada vez fuera más grande.
En señal de paz, el agente sacudió un poco el sombrero para quitarle la tierra antes de entregárselo.
El cómico entendió que era mejor deshacerse del agente pronto para irse a descansar.
—Le advierto que es sólo un rumor. Me llegó volando, como todos.
—Pero a los rumores la verdad les da alas, así que mejor cuénteme.
—No sé el nombre, pero alguien ayudó al extranjero a tronarse a Trotsky.
—¿Alguien pesado del sindicato?
Palillo asintió varias veces. Al mover el cuello percibió un malestar que le limitaba el movimiento, aunque no parecía grave.
—Si quiere enterarse de lo que está ocurriendo, allá en la sede de los petroleros puede que encuentre la respuesta —Palillo se acomodó los lentes—. ¿Ya me puedo ir? ¿Nomás para eso me quería?
Quintanilla suavizó sus facciones. Le extendió la mano para despedirse.
—Dos cosas antes. Felicidades por las puntadas que se avienta en el escenario. Nada más tenga cuidado, puede que a muchos no les caigan en gracia —el cómico le dio la razón y levantó los hombros dando a entender que ya lo sabía—. Y, lo segundo, ¿usted fuma?