La torre de cristal LVI
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LVI

Esta vez era Armenta quien gritaba al teléfono.

Tanto, que su secretario abrió la puerta del despacho para preguntarle si se encontraba bien o si necesitaba algo.

Le extrañó ver a su jefe de pie, junto al escritorio, manoteando en el aire, mientras dirigía al auricular una serie de insultos, desde pendejo hasta inepto, desde inútil hasta poco profesional.

No estaba seguro de a quién se dirigía el licenciado, pero tampoco tuvo tiempo de enterarse: en cuanto Armenta lo vio aparecer en la puerta, sus aspavientos aumentaron y, con ademanes histéricos, le ordenó que saliera y cerrara la puerta tras de sí.

El secretario obedeció. Armenta pasó entonces de los insultos dirigidos a quien estaba del otro lado de la línea a las amenazas directas.

—Si yo estoy decepcionado de tus estupideces, Dionisio, en cuanto informe de tu falla a ya sabes quién, te van a dejar como palo de gallinero.

Era un engaño. Por supuesto que pensaba negar todo con Escorpión cuando le preguntara.

Convino con Dionisio en que todo quedaría entre ellos, de lo contrario lo mandaría de regreso a la prisión donde antes se pudría y de donde nunca debió haberlo sacado.

También lo amenazó con mandarle otro gatillero, de esos jóvenes, uno que en verdad fuera efectivo, no como él, a quien el paso de los años lo había convertido en un viejo decrépito.

Cuando terminó de desahogar su rabia, un poco más calmado, le dijo a Dionisio que era posible que aún tuviera otra oportunidad para reivindicarse.

—Se te fue el juez, pero todavía están el teniente Valentín Quintanilla y el doctor Alfonso Quevedo.

¿Quién es el que sigue en tus planes? Sí —estuvo de acuerdo con él al escuchar el nombre—.

Pero no con armas de fuego. El doctor Quevedo es prácticamente un civil, un científico.

Con él debes hacerlo parecer un accidente.

Si lo matas a tiros, pones en alerta a todos los periodistas de la ciudad.

Para Armenta, que el doctor sufriera un accidente no levantaría tantas sospechas, y muchos se lo atribuirían a la fatalidad.

Ya cuando se ocupara del teniente sí podía hacerlo del modo acostumbrado, pues Quintanilla tenía fama de bronco, de mecha corta, y era común que se viera envuelto en tiroteos al perseguir criminales.

Respecto a él, a Quintanilla, no habría problema con eso.

Antes de colgar, por puro gusto, se dio el lujo de volver a insultar a Dionisio y repitió sus amenazas de devolverlo a la prisión.

Esta vez sería a las Islas Marías, donde se pudriría por muchos años.

Al fin y al cabo, pruebas no le faltaban sobre cada uno de sus crímenes, y si decidía rajarse durante el juicio, nadie le creería que había recibido las órdenes para cometerlos de funcionarios del gobierno, pues ellos sí, a diferencia de Dionisio, tenían las espaldas bien cubiertas.

Después depositó la bocina en el aparato y tomó asiento.

Para distraerse, hojeó uno de sus expedientes abiertos, pero no pudo concentrarse en la lectura.

Sabía que tenía el tiempo en contra. Ni Robledo, mucho menos Quevedo ni Quintanilla eran unos imbéciles y, si se ponían a unir puntos, podrían empezar a sospechar de él.

Sí, debía deshacerse de ellos, y ya no porque así se lo había ordenado Escorpión, sino sobre todo por su propia seguridad.

Recordó la frase del juez cuando marcó al hospital para preguntarle cómo se encontraba: “Mucho mejor de lo que usted hubiera querido, licenciado”.

Y cuando le preguntó por qué le decía esas cosas, Robledo se disculpó diciéndole que no le hiciera caso, que le habían dado unos calmantes para el dolor que lo tenían bastante atontado y que no podía controlar lo que salía de su boca.

Pero había pronunciado las últimas palabras con un dejo de cinismo, por lo que sonaron bastante falsas.

Después Robledo se había despedido de él porque deseaba dormir.

No cabía duda, los tres encargados del Caso Trotsky, el juez y los dos investigadores, lo tenían en la mira.

Armenta se limpió el sudor de la frente con la manga del saco.

No podía decirle sus sospechas a Escorpión, porque al ponerlo al tanto ya no consideraría a Armenta seguro para la organización.

A su jefe no le gustaba dejar indicios sueltos de sus acciones, y si se enteraba de que el juez, Quevedo y Quintanilla sospechaban de él, buscaría la manera de desaparecerlo.

Por eso debía adelantarse y eliminarlos antes de convertirse en un estorbo.