LV
—¿Por qué no ha llegado Mornard? —el padre le palmeó el hombro.
—Son sólo los achaques de la edad combinados con los disgustos y preocupaciones que me provocan los herejes desde hace años.
La charla de los dos se mezclaba con las órdenes distantes de los guardias, carcajadas en el patio, mentadas de madre y otras insolencias, pasos remotos, discusiones, pleitos, los ronquidos de quienes dormían cerca de esa celda, las risas coquetas de los homosexuales, los gritos desesperados de los drogadictos.
El sacerdote tenía las palmas de las manos juntas, como en oración, mientras el falsificador tan sólo lo contemplaba, admirado de la entereza del cura sobre cuyos hombros descansaba tanto poder al interior de esos muros.
De pronto se escucharon pasos cercanos que se dirigían a ellos.
El custodio que conducía a Mornard del brazo lo soltó en la entrada y se alejó. El recién llegado saludó de mano a los dos hombres y fue a recargarse en el muro como si con ello les dijera que ya estaba ahí y podían empezar.
El sacerdote los miró a los dos, detenidamente.
—Creo que los voy a extrañar —dijo en un tono doloroso.
Sampietro y Mornard sonrieron.
—¿Eso quiere decir que ya está todo preparado? —preguntó el francés.
La respuesta de Salvatierra fue afirmativa. Ante la inminencia de la fuga, un intenso nerviosismo se apoderó de los dos presidiarios extranjeros. A Sampietro comenzaron a temblarle las manos, mientras que Mornard se mordía los labios arrancándose los pellejitos.
—¿Cuándo? —el belga ojeó furtivamente a los hombres a través de sus anteojos.
—Dentro de tres días.
—Tú te quedarás más tiempo en esa casa segura —el sacerdote volteó con Sampietro—. Mornard y la mujer esa se irán de México lo más pronto posible.
—¿Hay miembros del Partido Comunista involucrados?
—No, Mornard —dijo Salvatierra seco—. Yo no trato con esos criminales sin Dios.
Mi colaboración termina cuando tú salgas de estas paredes.
De ahí, tú y la mujer se las van a arreglar por sus propios medios —Salvatierra lanzó un suspiro—.
En cambio, Enrico sí seguirá siendo mi responsabilidad.
Mi gente lo va a cuidar y le dará todo lo necesario para que empiece a trabajar en lo acordado.
El sacerdote miró con simpatía a Sampietro.
—Hay que repasar los detalles del plan de principio a fin, para que a la hora de la hora nada salga chueco —les hizo señas para que se acercaran y se dispuso a escucharlos como si estuvieran en confesión.
El jefe de custodios, Reséndiz, pasaría por ellos a sus bartolinas para trasladarlos a una crujía cercana a la entrada de servicio, mientras que en los patios los mayores comenzarían a alebrestar a los reclusos de sus crujías para que armaran desmadre.
Todo tenía que ser perfectamente sincronizado y ellos, Sampietro y Mornard, no debían distraerse ni aunque el escándalo degenerara en motín.
—Habrá algunos heridos, seguro; quizás hasta uno que otro muerto, pero son gajes del oficio —dijo el sacerdote—. Nada debe apartarlos de su camino porque podría frustrarse la fuga.
Luego del repaso, Salvatierra extrajo de su uniforme un papel amplio, algo arrugado.
Los hombres se percataron de inmediato que era un plano del Palacio Negro y de las calles aledañas.
Quitó un plato y un pocillo de peltre, para extenderlo sobre la mesa.
Indicó con el dedo el sitio por donde saldrían de la prisión y, afuera, donde estaría el vehículo repartidor de carnes que los estaría aguardando.
Enseguida señaló las calles por donde tenían que huir, con el fin de burlar a las patrullas, si acaso llegaran a aparecer, asegurándoles que en tal vehículo habría algunas armas por si se desataba una persecución y tuvieran que defenderse. Estaba hecho.
Tras varios repasos, Enrico Sampietro y Jacques Mornard se apartaron de la mesa mientras el sacerdote volvía a guardarse el plano en los entresijos de su uniforme.
—Los veo tensos, nerviosos, pero no hay por qué preocuparse, todo está bien ajustado.
Eso sí, si quieren tranquilizarse, encomiéndense a Dios.
Eso nunca falla. Recen un rosario para pedir la intervención de la Virgen.
Yo mismo lo haré por el tiempo que resta, quiero que todo salga perfecto con el auxilio divino.
Luego se asomó al pasillo por la puerta abierta y, con un ademán, llamó a los custodios que debían acompañarlos a él y a Mornard de regreso a sus respectivas bartolinas.