LIV
Media hora más tarde, el asunto estaba resuelto. Tras recurrir a sus contactos en el ejército, el juez Robledo había logrado que un avión militar mexicano que partía esa noche para Burdeos, Francia, llevara como pasajero a Quevedo.
De ahí podía trasladarse a Barcelona en auto o en tren.
En aquella ciudad lo esperaría el inspector Rosas, uno de sus amigos por correspondencia en cuestiones de criminología, y él tal vez podría identificar al supuesto Mornard, o a la mujer y, si corrían con suerte, a ambos.
Quintanilla se quedaría en México para seguir las investigaciones y estar al pendiente de la seguridad del mayor, en caso de que fuera necesario.
Robledo intentó tranquilizar a sus pupilos:
—He recibido decenas de amenazas y aquí sigo tan campante. El secreto está en no hacerles caso. La único bueno de este atentado es que me confirma que vamos por buen camino en las investigaciones.
Quevedo no dejaba de pensar en quién o quiénes estaban detrás de la agresión contra su maestro.
¿Había sido una decisión tomada en Moscú?
No era algo imposible, pero ¿a causa de qué motivo?
No. No hallaba nada con peso suficiente para que la orden hubiera sido dada en Moscú.
Los rusos, si acaso, estaban interesados en la muerte de Mornard, no en la de los investigadores de su crimen.
¿Entonces? Tenía que ser alguien de aquí, de México.
Pero ¿quién y por qué? Era claro que alguien de “muy arriba” se había empeñado en que la verdad permaneciera oculta, alguien que podía perder mucho si se sabía la verdadera identidad del tal Jacques Mornard y los motivos que tuvo para matar a Trotsky, pero sobre todo alguien que no quería que se supiera quién o quiénes habían apoyado la operación de los atentados en México.
—Aun así, preferiría que no bajara la guardia, maestro, y se quedara en el hospital para descansar.
—Estás exagerando, Alfonso.
—No, el doc Quevedo no está exagerando, ya llamé a la comandancia para que sitúen una patrulla en la banqueta del frente.
—Bonita chingadera. Nunca le tuve miedo a las balas de los pinches pelones, menos se lo tendré a un méndigo gatillero que se esconde detrás de un carro en marcha —dijo con burla Robledo—. No hay que mostrarnos cobardes ante los delincuentes, porque luego olfatean nuestro miedo.
Los dos se despidieron y abandonaron el cuarto. Bajaban por las escaleras ahora con paso moderado, en silencio, cuando Quevedo ya no pudo aguantarse y detuvo a Quintanilla en el descanso de un piso.
—¿Dónde estabas? Si hubieras estado con él, tal vez no lo habrían atacado.
—Tuve mis razones.
Si bien unos minutos atrás, en la habitación, había estado dispuesto a recibir un regaño y las reclamaciones correspondientes de parte del juez Robledo, que su compañero lo cuestionara no le caía en gracia.
Continuó bajando, mientras el doctor se quedaba un poco retrasado, como si rumiara las razones a las que él se refirió.
Cuando advirtió que el otro no descendía a su lado, se detuvo y giró el cuerpo.
Quevedo se había parado unos seis escalones más arriba y le dirigía una mirada llena de rabia.
El aspecto del criminólogo lo hizo sonreír, y su sonrisa acentuó la furia en la expresión de Quevedo.
—¿Por qué me miras de esa manera? ¿Me vas a brincar como luchador de la arena Coliseo? No te vayas a quebrar un hueso.
—¿Qué razones son más importantes que el caso?
—Razones que no te importan, pero que sobre todo nunca entenderás.
El rostro del doctor enrojeció. Bajó los peldaños lentamente dirigiéndose directo a su compañero. Ambos se retaron con una mirada dura, sin pestañeo de por medio. Los músculos tensos. Listos para lanzarse a los golpes.
Una enfermera entró a las escaleras por una puerta. Cuando vio a los dos hombres en franca actitud de reto, se detuvo, dio media vuelta, subió de nuevo y desapareció por otro acceso para mejor buscar el elevador.
El teniente comprendió las sospechas de Quevedo. ¿Sería capaz de golpearlo? ¿Y por qué, si en realidad no había hecho nada que lo ofendiera?
—Estuve ayudándole a Lupita con lo de su sobrino. Lo que tú no has querido hacer hasta ahora —dijo al fin.
El criminólogo permaneció impasible, aunque se notaba que su cuerpo estaba rígido y su mandíbula trabada.
Enseguida parpadeó rápido, como si intentara comprender las palabras de Valentín.
Abrió la boca igual que si fuera a decir o gritar algo, pero sólo jaló aire en una inspiración prolongada. Palideció. Dio un paso atrás.
—¿Tú? Yo soy el que la cuida, a mí debería habérmelo… tú no... —empezó a decir cosas sin sentido. Hablaba de una manera extraña, como si su voz saliera por un conducto delgado por el que apenas cupiera el aire.
Quintanilla casi no pudo entender al principio lo que decía.
—Yo siempre me he preocupado por Lupita, pero a veces resulta difícil…
los traumas, las inseguridades…. el pasado —Quevedo relajó las facciones y Quintanilla hizo lo mismo con sus puños—.
El pasado… siempre la hace ver moros con tranchetes donde no los hay…
—conforme soltaba todo lo que traía atorado, Quevedo se fue calmando y lo que decía ya fue más comprensible para el teniente.
—Creo que ahora Lupita sí está en lo cierto. Su sobrino anda en malos pasos…
—Exageran, tú y ella.
Quintanilla subió un par de escalones. Ahora el ofuscado parecía él.
—Sé que en realidad te interesa Lupita, doc. Debes escucharla. Si lo hubieras hecho, para ti no habría sido difícil descubrir lo que yo. Pero claro, como siempre estás convencido de que tienes la razón, no puedes oír nada que venga de alguien a quien no consideras a tu altura.
Las palabras de su compañero provocaron que el ánimo de Quevedo pasara por varios estados que se reflejaban en la expresión de su rostro: de la ira al desconcierto, del desconcierto a la culpa, de la culpa a la desesperación y de ahí de nuevo a la ira, para terminar en un abatimiento que lo hizo dar unos pasos hacia atrás, acercándose a la pared, de la que se sostuvo con una mano antes de derrumbarse y quedar sentado en un peldaño.
De pronto el teniente le hacía ver su realidad con Lupita, con la mujer que estaba seguro de amar. Sus pensamientos se transformaron en un remolino. Su vida en una cuesta abajo en la que caía y caía hasta quedar por completo solo. No podía culparla a ella. Nunca le había hablado de amores. Nunca.
Resonaron en su mente las palabras que el juez le dijo unos minutos antes del atentado: que Lupita podía escapársele en cualquier instante, que otro gavilán, así lo había dicho, podía comerle el mandado cuando quisiera si no formalizaba su relación.
Otro gavilán. Desde su asiento en el escalón miró hacia arriba el rostro de Quintanilla, quien parecía contemplarlo con un gesto de triunfo, como burlándose de él.
Lo que el teniente sentía en ese momento, sin embargo, se distanciaba mucho de los pensamientos del doctor.
Quintanilla estaba sorprendido por la reacción de Quevedo.
Desde que lo conoció, por primera vez lo veía aturdido por sus emociones.
Lo había visto iracundo, sí, y envuelto en su caparazón de soberbia y superioridad, pero nunca afectado en serio, y menos por cuestiones tan comunes y banales como el amor.
Porque era por amor, ¿no? El doctor había pasado del furor de los celos al sufrimiento por la mujer que amaba.
Ambas cosas se parecían, mas no eran lo mismo.
Por unos segundos el teniente sintió la arremetida de la empatía, pero la sofocó de inmediato al pensar que ya estaba cantado el tiro, que eran rivales y que, por ahora, quien llevaba las de ganar en esa rivalidad era él, Valentín Quintanilla.
Sonrió. Dejó de hacerlo en cuanto vio que Quevedo se cubría el rostro con las manos como si fuera a llorar.
Se acercó a él, lo tomó de un brazo para ayudarlo a ponerse de pie, y tal vez iba también a abrazarlo, cuando unos pasos que ascendían las escaleras los hicieron recomponerse al instante.
Dos enfermeras pasaron a su lado a toda prisa.
—Ya hablaré con calma con Lupita cuando vuelva de mi viaje —el criminólogo se acomodó el cuello de tortuga y estiró las solapas de su saco—. No tengo que pedirte que la ayudes, ¿verdad?
Quintanilla sonrió.
—Buen viaje, doc —se tocó la punta del sombrero y le dio la espalda a su compañero. Bajó las escaleras sin esperarlo.