LIII
Lupita buscó en los periódicos los datos del incidente en Tepito.
Había decidido que encontraría a la mujer para confirmar que Jerónimo no era su agresor.
¿Y si se equivocaba? ¿Y si la prostituta le confirmaba su mayor temor?
No, esos malos presentimientos eran por otra cosa, no porque Jerónimo fuera capaz de atacar así a una muchacha.
Lupita ubicó el sitio sin problema. Averiguó con las otras mujeres públicas lo que a Quintanilla y a los otros agentes les había faltado. Ana García se llamaba quien había escapado entre la balacera y desde entonces no había vuelto a la esquina donde acostumbraba trabajar.
Dio un respingo involuntario y apretó la quijada para que el grito se quedara guardado en la garganta.
Titubeante, volvió a acercarse al vidrio.
No estaba equivocada. El cadáver de quien supuso que era la mujer que buscaba yacía tendido sobre la mesa en el centro del cuarto, desnuda, con los brazos extendidos en cruz.
La imagen era terrible. En torno a la boca sobrevolaba un enjambre de moscas; eran tantas, que Lupita creyó escuchar su zumbido.
Lo que más la impresionaba era que la cabeza, al salirse de la superficie de la mesa, pendía en el aire y sus ojos, con la mirada vacía, parecían fijos en los suyos.
Recargó las manos sobre la pared para no venirse abajo.
Inhaló varias veces. Cuando sintió que ya tenía un poco más de fuerzas, se puso de pie, dio media vuelta y descendió las escaleras.
Fue a una tienda en la esquina y pagó por el uso del teléfono.
Habló a la comandancia para preguntar por el teniente Quintanilla, pero no lo localizaron.
Explicó lo que acababa de descubrir y le dio la dirección de la vecindad a la telefonista.
Le pidieron que esperara a la patrulla que recabaría los datos y revisaría la vivienda.
Lupita aceptó a regañadientes, no quería estar de nuevo frente al cadáver.
Tuvo que hacer varios intentos para colocar la bocina del teléfono en la horquilla, porque el temblor de su mano entorpecía el movimiento.