LII
Valentín Quintanilla observó a lo lejos la entrada del Hospital Metropolitano y sintió que sus latidos le retumbaban en el pecho.
¿Por qué no le habían dicho en la llamada cómo se encontraba el mayor Robledo?
¿Viviría? ¿Estaría grave? Al descubrir un hueco junto a la banqueta estacionó con descuido el coche.
Se desprendió de la gasa. Su ojo ya se encontraba mejor.
Se bajó dando un portazo y echó a correr rumbo a la entrada.
Una enfermera que atendía en la recepción le dijo que el paciente se ubicaba en el cuarto piso, y no pudo darle ningún informe sobre su estado de salud.
Ante la cantidad de gente que aguardaba el elevador, el teniente prefirió subir por las escaleras.
En tanto ascendía de tres en tres los primeros escalones, recordó aquella batalla contra el ejército federal en la que resultó herido de dos balazos.
Cuando despertó en el hospital de campaña, vio a su lado a Robledo, quien entonces tan sólo había alcanzado el grado de capitán, velando su sueño, preocupado por si sobreviviría o no.
Quintanilla era apenas un soldado raso, pero Robledo no lo abandonó durante las dos semanas que se debatió entre la vida y la muerte.
Cuando al fin se restableció, fue ascendido a cabo y se juró a sí mismo que su lealtad hacia ese hombre sería para siempre.
Ahora, mientras alcanzaba el tercer piso, se avergonzaba de no haber estado junto a Robledo en el momento del atentado. Lo único que le habían dicho por teléfono cuando le informaron fue: “El juez está en el hospital, le dispararon”.
Le dolían las piernas. Hizo una pausa en la subida para recuperar el aliento, mientras se preguntaba quién habría podido querer matarlo.
¿Se trataba de una venganza? Sabía que, en su calidad de juez, Robledo había sentenciado a varios criminales a la condena máxima, lo mismo cuando significaba fusilamiento que, tras abolirse la pena de muerte en el país, veinte años de prisión.
¿Alguien se la había estado guardando hasta ahora?
—No —se respondió cuando ya le faltaban unos cuantos escalones—. Esto tiene que tratarse de algo más reciente, y lo más nuevo es lo de ese belga, Mornard.
Los pulmones estaban a punto de estallarle al llegar al cuarto piso.
Sentía las piernas débiles. La vista algo nublada.
Se detuvo unos segundos, agachado, para poder jalar más aire, antes de preguntarle en cuál habitación habían internado al juez a una enfermera que se acercó para saber si se sentía bien.
Era la 418. Caminó, ahora con paso más lento, hacia el cuarto indicado. Golpeó con los nudillos la puerta. Un médico abrió.
—No tan fuerte, hombre, que hay gente que necesita descansar —el doctor lo empujó un poco hacia atrás.
—¿Cómo está?
—Ya fuera de peligro —tranquilizó a Quintanilla—.
Fueron dos rozones a la altura del hombro y un tiro que le atravesó un brazo sin dar en el hueso y sin perforar ninguna arteria.
Tuvo suerte. Con un poco de reposo y un cabestrillo, pronto estará entero —se hizo a un lado para que el teniente pasara y se alejó por el corredor.
—Hierba mala nunca muere, ¿eh?
Al escuchar la voz de su antiguo subordinado en el ejército revolucionario, Robledo sonrió.
—Si no me tiro al piso al escuchar los primeros disparos, ahorita estarías tomando café con piquete y tratando de darles el pésame a mis sobrinas.
Quintanilla esbozó una sonrisa. El sentido del humor siempre es buen signo, pensó. El doctor Quevedo, sentado a un lado del herido, levantó hosco la cabeza a manera de saludo. La sonrisa del teniente se desvaneció poco a poco. Interrogó con la mirada a los dos y se cruzó de brazos.
—¿Vieron algo?
Quevedo le hizo la reseña de las últimas horas.
En su voz vibraba un tono de reproche, y el teniente comenzó a sentir cómo un acceso de culpa subía del estómago a su garganta.
Reprimió el impulso de disculparse, sobre todo con su superior.
Esperaba un reclamo en forma directa por no haber estado allí, pero Robledo permaneció reflexivo.
Sólo emitió un par de quejas cuando cambió el cuerpo de posición en la cama.
—Puedo ir a atorar a Siqueiros o a esa parejita del exconvento de La Merced, la tal Nahui Olin y el Doctor Atl, para que nos digan quién lo quiso quitar de en medio —Quintanilla acarició la empuñadura de su arma.
Robledo le respondió que, por ahora, dejarían en paz a esos artistas. Además, tampoco podían tocarlos. En cuanto llevaran a alguno de ellos a la comandancia, se volvería a aparecer por allí Armenta en compañía de algún abogado defensor, como ya lo había hecho antes.
Quevedo observó el vendaje de su maestro. Una mancha sanguinolenta florecía poco a poco en la gasa.
—Si queremos parar los ataques en nuestra contra, debemos apurarnos con el caso antes de que Mornard escape de Lecumberri.
—¿Por qué tan seguro, doctor?
Quevedo abrió su portafolio y extrajo tanto el periódico con la imagen de la falsa monja como la de la asamblea de Toledano, para mostrárselas a Quintanilla.
—En la foto del estrado con Toledano durante el mitin sindicalista, está en un sitio de honor. Esa mujer no es una monja verdadera. Ahora, si se fijan en la cercanía con el sacerdote, la expresión de su rostro no es de respeto, es de otra cosa, de…
—¿Amistad? —aventuró el juez.
—Complicidad —remató Quintanilla.
—¡Exacto! —dijo Alfonso, asombrado de que Valentín hubiera llegado a esa conclusión—. Vean la posición de la mano sobre el brazo del sacerdote. Pareciera que lo está acercando para decirle algo. La autoridad parece ser de ella, más que de él.
—¿Encontraste otras fotos que la relacionen con Toledano?
—Ninguna. Después de eso, la mujer se esfumó en el aire.
—Como un fantasma, doc —Quintanilla movió los dedos de las manos al mismo tiempo, mientras intentaba emitir un sonido tenebroso.
—¿Qué dijiste? —el rostro de Quevedo se endureció.
—No te enojes, Alfonso, es una broma de Valentín —dijo de inmediato Robledo. Lo que menos necesitaba en ese momento es que sus discípulos empezaran a pelear.
Lo que no entendía ninguno de los dos es que al doctor la palabra fantasma le había recordado a Mornard cuando se despidió de él en Lecumberri. ¿Quiénes podrían desaparecer así? ¿De estar al lado de gente poderosa, hombro con hombro, a no volver a saberse de ellos?
—¿Podría ser una extranjera?
Quintanilla contempló la fecha de la fotografía de Toledano.
—Dos años atrás más o menos, una delegación de combatientes de la Guerra Civil española visitó el país para agradecerle al presidente Cárdenas su apoyo al bando republicano.
Y se decía que también para recibir las armas que les proporcionó el gobierno de México.
En ese grupo, además de españoles, venían varios miembros de otras nacionalidades, pertenecientes a las Brigadas Internacionales que pelearon en la guerra.
—Necesitamos que alguien de España nos ayude.
—Eso es complicado, Alfonso. No hay embajador nuestro allá, tampoco hay forma de pedirles cooperación policiaca. Al menos no de manera oficial.
¿Qué quería decir con eso? ¿Que si no se podía obtener el apoyo de las autoridades españolas por la vía reglamentaria, tal vez se pudiera obtener por la vía personal?
Quevedo había estado en contacto por correspondencia con varios criminólogos e investigadores de la policía de ese país desde tiempo atrás, y algunos de ellos ya se consideraban sus amigos, aunque nunca se hubieran encontrado cara a cara.
Pero ¿las consultas, o lo que fuera que se necesitara, se llevarían a cabo por carta?
Eso sería demasiado tardado. Para cuando obtuvieran respuestas, tal vez Mornard ya estaría muerto. O ellos mismos.
—Conozco gente del otro lado del charco, pero no sé, algo me dice que no podemos arriesgarnos a una fuga de información —el juez soltó un quejido cuando intentó incorporarse—. A ver, Valentín, ayúdame. Y tú, Alfonso, averigua dónde está un teléfono que nos puedan prestar.