La torre de cristal EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS
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EL LIBRO DE LAS ALMAS PERDIDAS

Estaba molesto, por eso no dejaba de apretar el volante como si oprimiera el cuello de la mujer que se le escapó.

El disparo lo había asustado un instante, uno solo, pero fue suficiente para mermar sus fuerzas y que la prostituta pudiera huir.

¿Huir? ¿Eso creía ella? Fue cuestión de revisar en el registro su último domicilio asentado.

Condujo el auto hasta aquella vecindad semiderruida, ubicada en Tacuba.

Después de estacionar el vehículo a cinco calles de distancia, se apostó enfrente de la ventana encendida de su víctima.

Sintió un cosquilleo en la entrepierna.

El escenario le recordaba su infancia: el olor del aceite en las esquinas, los gritos de los borrachos.

Pensó en el cuarto de la prostituta, en la cama seguramente desvencijada, en las paredes sin pintar.

Había venido sólo a deshacerse de ese cabo suelto, para evitar que pudiera acudir a la policía y describirlo.

Pero al parecer no lo había hecho. No importaba.

No podía permitir que quedara suelto un hilo.

Además, lo hacía por orgullo. Nunca nadie se le había escapado, y no iban a empezar ahora.

La luz del cuarto se apagó. Él dejó que pasaran varios minutos antes de cruzar la calle e internarse en la vecindad. Al hacerlo, se dio cuenta de que su erección persistía. Sonrió. Se trataba de una señal: no se conformaría nomás con matarla.