La torre de cristal LI
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—¿Por qué lo comentas ahora, Alfonso?

—Por esto.

—Mírelo por sus propios ojos, maestro.

—Una mujer misteriosa, partidaria de Lombardo Toledano, disfrazada de monja en Lecumberri, seguro tiene que ver con el caso.

Robledo seguía pasmado por el descubrimiento de Quevedo y su cerebro trabajaba a marchas forzadas.

—Debemos dar con la identidad de esta mujer misteriosa, Alfonso —se colocó el sombrero—. Voy a buscar quién nos pueda ayudar con eso.

Le dio un abrazo paternal. Quevedo lo vio marcharse al tiempo que sentía cómo un hueco de angustia se le abría en el cuerpo.

Se sentó en uno de los sillones del estudio que rodeaban la mesa de centro.

Desde ahí escuchó los pasos del juez Robledo bajar hasta el último escalón.

Se talló la cara con ambas manos antes de levantarse para ir al ventanal.

Contempló el auto del juez Robledo, alejándose rumbo a la esquina.

Iba a retirarse cuando vio que por otra calle surgía un Plymouth viejo a toda velocidad y se emparejaba con el coche de su maestro.

Sintió que de inmediato su corazón se aceleraba.

Pegó la frente al cristal, justo cuando en una de las ventanillas del Plymouth aparecía un tubo negro: el cañón de un arma.

Una ráfaga de una ametralladora Thompson agujeró el costado del auto de Robledo y saltaron por los aires los vidrios de las ventanillas.

Con lágrimas en los ojos y la boca abierta en un grito mudo, el doctor vio que, después de soltar una segunda ración de plomo, el Plymouth aceleraba hasta perderse en la distancia, mientras el auto del juez, a vuelta de rueda y dando algunos tumbos, terminaba por estamparse contra un poste.