La torre de cristal 1977
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1977

Las puertas abatibles de la cantina traquetean varias veces e ingresa con paso calmo un anciano con una guitarra sujeta al pecho.

El Güero lo sigue con la mirada y sonríe.

El viejo se detiene frente a un grupo de parroquianos, rasga apenas las cuerdas de su instrumento desportillado y continúa su peregrinar entre las mesas.

El Güero pega un chiflido y le hace señas para que se acerque.

—¿Cuál va a querer, patrón? —junto al grupo de reporteros, el músico manipula las clavijas para cerciorarse de que la guitarra esté afinada.

—Usted se ve viejo lobo de mar, como yo. ¿Conoce el corrido de León Trotsky? —al Güero le divierte el gesto de asombro que hacen los jóvenes al escuchar la petición.

—Hace como treinta años que nadie me lo pide, pero lo canté tanto que ni cómo olvidarlo.

Márquez le cede la silla al anciano, que descansa la guitarra sobre su pierna. Con voz temblorosa inicia el corrido mientras los jóvenes se acercan lo más que pueden para que el reborujo de sonidos y conversaciones los deje escuchar:

Murió Trotsky asesinado

de la noche a la mañana

porque habían premeditado

venganza tarde o temprana.

Pensó en México, este suelo

hospitalario y grandioso

para vivir muy dichoso

bajo el techo de este cielo.

Por fin lo venció el destino

en su propia residencia

donde el cobarde asesino

le arrancó ahí su existencia.

Un zapapico alpinista

este asesino llevó,

y al estar solo con Trotsky

a mansalva lo atacó.

Fue un día martes por la tarde

esta tragedia fatal,

que ha conmovido al país

y a toda la capital.

El remate se mezcla con los aplausos emocionados de Márquez y Camacho, quienes nunca imaginaron que existiera ese corrido. El Güero hace una seña a García, que saca un billete y se lo da al trovador. Con trabajos se pone de pie, se santigua con el dinero en la mano y continúa su recorrido.

—No recuerdo algunas partes de la historia que nos acaba de contar, don Güero —García entorna los ojos.

—Decidí no poner eso en la crónica. Otra lección que les va a dar la reporteada es que no pueden escribirlo todo, y no porque su editor lo impida, sino porque su mismo instinto les hará saber cuándo hay que guardarse ciertos datos.

Camacho contiene un eructo y golpea la mesa con la única ficha que le queda.

García entendió que el juego debía cambiar a altas y el Güero por fin puede acostarse con la mula de cincos para ganar.

Esta vez no festeja. Acomoda tranquilo la ficha mientras contempla a sus jóvenes colegas con un brillo en los ojos al terminar de contar la anécdota.

Márquez carraspea un poco para rasgar el intervalo de silencio en la mesa.

Camacho extiende las manos para hacer la sopa con las fichas.

—Fue una gran crónica, maestro. Y ahora que sabemos cómo la hizo, creo que me gusta más —confiesa García.

—Entiendan dos cosas, muchachos: primero, que en el oficio hay muchas envidias y, por conseguir la de ocho columnas, varios reporteros están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, no les importa el precio a pagar —el Güero siente un pedazo de tabaco entre los dientes.

Eso le pasa cuando habla con el cigarro en la boca.

Se saca con la punta de los dedos la hebra y la restriega en su camisola; luego vuelve a colocar la punta del Faros en la orilla de sus labios.

Da un jalón y el extremo del cigarro se ilumina—.

Y la otra que deben de tener en cuenta es que no se van a hacer ricos.

Habrá ocasiones, y eso si escriben bien, en que los reconozcan, les inviten un trago, una cena en un restaurante elegante de vez en cuando; pero, por experiencia propia, les digo que los bolsillos del reportero de nota roja están casi siempre vacíos.

Si quieren lo contrario, consigan un espacio en la fuente política y háganle como le hacía Carlos Denegri.

Entonces sí, disfruten el oro, pero aprendan a vivir con remordimientos.

.. Yo no quería dinero, sino escribir la mejor crónica del atentado.

Y si no lograba cerrar todos los datos, la historia podía morir en mis manos antes de publicarse.

Y eso, jóvenes, es lo peor que le puede pasar a un periodista.

Los jóvenes se percatan de que ya es tiempo de irse, de que la cantina no tarda en cerrar.

Márquez busca con la mirada al mesero para que traiga la cuenta.

Ven al Güero que, metido en su ensoñación ajena a lo que lo rodea, da un trago largo a su bebida hasta que los cubos de hielo se le estrellan en los labios.

Diez minutos después, con los humores del alcohol rondándoles la cabeza, el Güero, Márquez, Camacho y García salen a la calle.

Los jóvenes se ofrecen a acompañar al veterano hasta su departamento en el edificio Guanajuato, por la calle Marroquí, justo a espaldas del barrio chino, pero él los despide con un movimiento de mano.

—Ya he tenido suficiente compañía de ustedes toda la tarde, y el recuerdo de la plática ha convocado fantasmas que hacía tiempo no me visitaban.

Camina solo por el centro histórico para bajar un poco la borrachera y las estocadas de la memoria.

Llega a la esquina de Juárez y Lázaro Cárdenas.

Suspira. Ahora algunas de las personas con las que convivió se han convertido en el nombre de una calle transitada.

Tiene que aceptar que cada vez domina menos una ciudad que crece y crece mientras los años se acumulan en su viejo cuerpo.

Eleva la vista. La luz mortecina que rodea la Torre Latinoamericana le baña el rostro.

—Pinche modernidad —dice y las palabras se le atropellan.

Está a punto de cruzar la avenida cuando descubre en el otro extremo un carro estacionado y una mujer inclinada platicando con el conductor.

No sabe si es la borrachera que se carga, la plática de cantina que acaba de tener o la escena que se desarrolla frente a sus ojos, pero el recuerdo de la tarde en que Leandro y Quevedo lo esperaban en La Torre de Cristal después del funeral del mayor Robledo le golpea el cerebro.

Apenas entró al estudio, el Güero les dio una copia del periódico vespertino a cada uno.

A ocho columnas estaba la noticia del viaje pormenorizado a España del doctor y el resultado de las pesquisas del teniente.

Aparecía el nombre de Ramón Mercader del Río, la verdadera identidad de Jaques Mornard, el asesino de León Trotsky.

Se decía que no era belga, sino un español con lazos que llegaban directamente al Kremlin, hasta Stalin.

Dejaba claro que los extranjeros se pasaban por el arco del triunfo la soberanía mexicana, siempre y cuando obtuvieran un beneficio para su país.

—Es la bienvenida que le queríamos dar al tal Covarrubias, para que se le quiten las ganas de andar contando mentiras —afirmó Valentín Leandro Quintanilla.

—Mornard puede negarlo siempre. Y, si el gobierno desea seguir ocultando la verdad, le van a echar tierra para sepultarlo definitivamente —Quevedo acarició la calavera del Tigre.

—Al menos les puedo asegurar que Covarrubias hizo una rabieta monumental.

Algo supo, porque me localizó para confirmar que iba a sacar esa información.

Me preguntó que con qué pruebas me atrevía a desdecir lo que había declarado en su primera rueda de prensa como titular del Servicio Secreto.

Le dije que tenía en mi poder el acta de nacimiento de Ramón Mercader, emitida por el gobierno español, además de una ficha policial de la Guardia Civil.

Le pregunté si quería darme una declaración oficial sobre el motivo por el cual habían encubierto la identidad del asesino de León Trotsky.

Je, je. Covarrubias me mentó la madre y me colgó.

Estoy seguro de que con el golpe desconchinfló la bocina del teléfono.

El teniente soltó una carcajada. Se encaminó a la licorera y sirvió tres vasos de whisky bien copeteados. Propuso un brindis por Robledo, y porque gracias a él habían conjuntado esfuerzos para conseguir averiguar quiénes estaban detrás de la muerte de Trotsky. Los tres entrechocaron los vasos.

—Ese trago era lo que necesitaba para darme valor —dijo el Güero—. Quiero enseñarles esto.

Quevedo y Quintanilla se miraron extrañados cuando vieron que el Güero sacaba un expediente que traía fajado en la espalda.

El fólder, arrugado tras varios meses de ir acumulándole información y fotografías, lucía como un archivo proveniente de un sótano húmedo.

El teniente y el criminólogo empezaron a hojear los papeles y las fotos.

Conforme lo hacían, sus rostros palidecían.

El Güero apretó la mandíbula. Eso significaba que estaba en lo cierto, que su olfato no le había fallado.

—Lupita alguna vez me contó de un rumor que corría por las esquinas. ¿Cuánto tiempo tiene sucediendo esto, chupatintas? —quiso saber Quintanilla.

—Al parecer varios años. Según lo que he podido rastrear hasta el momento, van veintidós mujeres estranguladas; todas con las mismas características.

—Habrá que preguntarle más a Lupita. Y si esto es real, me temo que hay un asesino en serie suelto en la Ciudad de México.

Pero —Quevedo señaló la lesión evidente en la fotografía del cadáver de la mujer identificada como Juana Rentería—, creo que sé por dónde podemos empezar. He visto antes una marca como esta…

FIN