XLVIII
Enrico Sampietro vio aparecer en la puerta de su celda la figura alta y corpulenta de Jacques Mornard sujetando un par de libros que le había prestado.
Estuvo seguro de que con el paso del tiempo hubieran podido convertirse en grandes amigos.
El padre Salvatierra no contaba como amistad, pues su relación se basaba en la conveniencia mutua: el sacerdote lo ayudaba porque tenía un objetivo para el cual Sampietro resultaba fundamental, mientras que él colaboraba con el sacerdote bajo la promesa de que lo ayudaría a escapar del Palacio Negro.
Le caía bien Mornard, grandote de cuerpo, pero con cierto aire infantil en sus rasgos, de carácter bonachón, que, sin embargo, había tenido la valentía suficiente como para matar, casi cuerpo a cuerpo, a uno de los hombres más importantes del comunismo internacional.
Porque Trotsky también había sido comunista, aunque Stalin lo declarara hereje.
Era como con los católicos y los protestantes, pensaba, ambos bandos eran cristianos y creían en lo mismo, en Cristo, pero diferían en la manera de adorarlo.
Y el hecho de que Mornard hubiera quitado de en medio a Trotsky le agradaba al francés, porque desde que estuvo en Italia sus simpatías políticas se inclinaron hacia el fascismo, que odiaba a todo tipo de comunistas, fueran estos de la corriente que fueran.
Mornard le sonrió a Sampietro y lo saludó con un firme apretón de manos.
Luego se sentó cerca de él en el camastro sin decir nada.
Permanecieron ambos en silencio durante un rato.
Aunque los dos se comunicaban con soltura en francés, de inmediato supo que Mornard era de muy pocas palabras.
El asesino de Trotsky era un hombre que sabía escuchar con atención sobre sus viajes por Francia y el norte de África, donde había distribuido billetes falsos y donde vivió como millonario durante mucho tiempo, rodeado de mujeres bellas y asistiendo a puros sitios de lujo.
Su traslado a Italia, cuando las ganancias se agotaron, a donde fue en busca de uno de sus cómplices, quien para esos años ya era un oficial importante dentro del partido fundado por Benito Mussolini.
Su incorporación al fascismo italiano. Y, finalmente, su regreso al mundo del hampa, ahora en Latinoamérica, en Colombia, Panamá y Cuba, donde había falsificado dólares para contrabandistas y para guerrilleros insurgentes que pretendían hacer la revolución, como ahora el padre Salvatierra.
Mornard solía escuchar sus historias con atención. Los recuerdos de su compañero lo entretenían y, a veces, lo entusiasmaban. Por supuesto, mostraba mayor interés por las cuestiones políticas que por las delincuenciales, y eso al falsificador le resultaba natural.
Cuando le platicaba de su época de fascista era cuando Mornard se atrevía a hacerle algunas preguntas como: ¿cuáles eran los fundamentos del fascismo?
¿Qué perseguían con ellos? ¿Era tan sólo la grandeza imperial de la Roma antigua, o también se trataba de que los trabajadores, obreros y campesinos alcanzaran una vida más digna?
Sampietro respondía que, al hacer al país grande, tal como milenios antes lo había sido el Imperio romano, todos los ciudadanos alcanzarían una dignidad que nunca antes tuvieron, y le recordaba que en la Roma de los césares, por ejemplo, los ciudadanos recibían el pan de manera gratuita, que la única preocupación de los poderes imperiales era la de tener al pueblo feliz y bien alimentado, que por eso también se ocupaban de ofrecerle los espectáculos del circo de manera constante.
Mornard se quedaba pensativo después de escucharlo, pero cuando formulaba la siguiente pregunta, el falsificador se daba cuenta de que no estaba satisfecho de su respuesta, o que no llegaba a convencerlo.
—Pero ¿el fascismo realmente mantenía la separación en clases sociales? ¿Si los dirigentes estaban demasiado por encima del pueblo llano, entonces dónde queda la dignidad de este último?
Definitivamente, Mornard nunca dejaría de ser un comunista, pensaba Sampietro.
Sin embargo, los dos se hallaban presos y eso los hacía semejantes. Y ahora los dos estaban incluidos en los planes de fuga del padre Salvatierra, es decir, eran también cómplices.
—¿Te ha contado algo Salvatierra?
—Me dijo que ya casi todos los detalles están resueltos, pero nada más —contestó Mornard bajando la voz.
—La gente de su parroquia, antiguos combatientes de la guerra cristera, ya recibieron la paga de la monja.
Al escuchar estas palabras, Mornard parpadeó varias veces, un tanto nervioso, y el falsificador no supo a qué atribuir esta reacción.
—¿Monja?
—Sí, una monja extranjera es la que reunió el dinero para pagarle a cuatro custodios.
—¿Tú la has visto? ¿Sabes cómo es? —preguntó ansioso Mornard.
—No, el padre me dijo que era mejor que ni tú ni yo la conociéramos hasta el día de la fuga —dijo el francés.
A Sampietro, Mornard siempre le había parecido un enigma.
Además, estaban sus sospechas de que el belga entendía perfecto el español.
Y las comprobaba cada vez que lo veía deambular por el patio, donde resultaba indudable que prestaba bastante atención a las conversaciones de los otros presidiarios.
Por las caras que hacía, parecía entenderles todo, aunque no hablara.
El propio Sampietro, que llevaba suficiente tiempo en países latinoamericanos como para saber suficiente español, no les entendía, por la forma de hablar, y menos cuando empleaban la jerga delincuencial.
En cambio, se notaba que su compañero, si bien disimuladamente, lo captaba todo o casi todo.
Incluso a veces sonreía con los chistes y los albures, como llamaban los mexicanos a esos juegos de doble sentido siempre relacionados con cuestiones sexuales.
—Mornard, dime la verdad, ¿eres belga o no? Porque creo que sí entiendes español.
Su compañero se sorprendió por la pregunta y tartamudeó un poco, con expresión de disgusto, al responder que tan sólo lo que se le había pegado desde que estaba en México, de unos meses atrás a la fecha.
Añadió que la lengua era semejante al francés, y que por deducción encontraba el significado de muchas palabras, pero que le era imposible seguir una conversación.
Sampietro lo miró con suspicacia y el otro notó la intención, pero ya no dijo nada.
—Pues te felicito por tener tan buen oído para los idiomas, ¿no hablas otro más?
—De niño, algo de árabe por vivir en Persia, pero con el paso de los años lo olvidé.
Volvieron ambos al silencio durante varios minutos. Cuando Mornard hizo el ademán de ponerse de pie para retirarse, Sampietro lo retuvo.
—Te tengo envidia porque la suerte de los dos será muy distinta cuando nos vayamos de este infierno. Y no dejo de pensar que voy a salir de una prisión para entrar a otra, acaso peor.
—A qué te refieres? —preguntó Mornard.
—Yo tengo que cumplir un trato con el padre Salvatierra, y sospecho que tú estarás libre para hacer lo que se te venga en gana.
—¿Qué trato?
A Sampietro le pareció extraño que su compañero no estuviera enterado.
—Falsificar tanto dinero que la economía se convierta en un caos —le confesó.
—No es un mal plan. La gente estaría descontenta y el sistema debilitado —Mornard suspiró. Palmeó el hombro de Sampietro—. Es mucha responsabilidad, pero cuando uno es fiel a sus ideales nada debe detenerte.
—Yo lo hago por mi libertad y el padre Salvatierra para desencadenar otro levantamiento en armas de los cristeros, con miras, ahora sí, a derrumbar definitivamente a este gobierno corrupto y ateo.
Sampietro se quedó pensativo, como si calibrara su situación futura, luego también suspiró.
Estaba acostumbrado a salir adelante en las peores condiciones y, a pesar de todo, también iba a buscar alguna ventaja extra.
Tal vez se quedaría con parte de las ganancias de la operación y volvería a vivir con los lujos a los que estuvo acostumbrado años atrás; quizá mandaría traer a su esposa desde Europa, para instalarla en una mansión en México, y ya cumplida su parte del trato, regresar a Francia a vivir con los suyos igual que un magnate.
—¿Y tú que harás, pote ?
—Irme de este país, eso es lo único que deseo.
Jacques Mornard y Enrico Sampietro se pusieron de pie. Se miraron. En ambos había una mezcla de simpatía con cierta lástima. Se despidieron estrechándose las manos, aunque por un momento pareció que Mornard le iba a dar un abrazo.
El asesino de Trotsky salió de la bartolina y el falsificador lo contempló alejarse erguido cuan largo era, pero con paso calmo, como si no tuviera ninguna prisa, mientras se repetía de nuevo que había algo muy raro en su nuevo amigo.