La torre de cristal XLIX
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XLIX

En su despacho, Armenta sostenía el auricular del teléfono pegado a su oreja de nuevo con cara de angustia.

De vez en vez se lo retiraba un poco, sobre todo cuando la voz de Escorpión se elevaba para reclamarle.

Entonces Armenta reprimía apenas las ganas de insultar a la bocina, exigirle que no se desquitara con él por no haber podido llegar a la presidencia, en lo que él seguro consideraba una gran traición de parte de su amigo el general Cárdenas.

Cuando Escorpión se ponía repetitivo y le gustaba girar sobre el mismo tema muchas veces con los mismos términos, Armenta procuraba distraerse mirando hacia afuera a través del ventanal, pero lo hacía sin levantarse de su silla situada junto al escritorio, y todo lo que alcanzaba a ver eran azoteas, mujeres tendiendo ropa, cuartos de servicio y algunos tinacos; y una cuadra más allá las ventanas y balcones de un edificio no muy alto.

Todo esto lo contemplaba al tiempo que repetía cada tantos segundos su fórmula de “Sí, señor”, “Tiene usted toda la razón”, “Haré mi mejor esfuerzo para resolver el asunto, señor”.

Esta vez Escorpión estaba iracundo porque se había enterado de que, por medio de una orden del juez Robledo, Alfonso Quevedo había conseguido entrar en la penitenciaría de Lecumberri para entrevistar al acusado del asesinato de León Trotsky, en vez de hacerlo en la sala de visitas, donde los custodios podían escuchar la conversación.

¿Cómo era posible que a Armenta no se le hubiera ocurrido hablar con el director de la prisión, el licenciado Murillo, que era hombre de ellos, para impedir esa entrevista?

¿Ahora le había dado por pasarse las órdenes de Escorpión por el arco del triunfo?

¿Qué acaso en la cabeza tenía mocos en vez de sesos?

A esta última pregunta insultante, Armenta sí alcanzó a responder con un “No, señor” firme, que vino a interrumpir por unos instantes la perorata agresiva del otro.

Y aprovechó ese silencio momentáneo para explicar que, aunque hubiera hablado con el director Murillo, la orden de un juez como Robledo era inapelable y se tenía que cumplir sin rodeos; ni el mismo Murillo habría podido hacer nada para frustrar la entrevista, a no ser, claro, que mandara incendiar la crujía o que se desatara un motín entre la población de presidiarios.

Pero si Armenta creía que con eso iba a calmar el furor de su jefe, estaba equivocado.

Los insultos a través del hilo del teléfono se recrudecieron.

Escorpión lo acusó de haberlo desobedecido desde que el criminólogo y el teniente bruto ese, Quintanilla, tomaron el caso por instrucciones del juez Robledo.

Le reclamó que desde entonces todas las órdenes que le daba habían sido ignoradas olímpicamente, y que él no estaba dispuesto a ver sus planes echados a perder por causa de su ineptitud.

La diatriba continuó, hasta que llegó un momento en que Armenta dejó de escuchar.

Ya sólo oía ruido, gritos, ladridos, y pensó que enseguida su jefe volvería a amenazarlo con lo mismo de siempre: dejarlo fuera del juego, quitarle el puesto de mando que él le otorgaba cuando lo creía confiable, qué engañado estaba entonces, y devolverlo a la calle para que volviera a ser lo que siempre fue: un don nadie sin talento.

Le recriminó de nuevo el fracaso en el intento de asesinato contra Mornard, lo que habría silenciado para siempre a ese extranjero, resolviéndoles a ellos todos los problemas de una buena vez.

¿Qué no se suponía que ellos eran quienes controlaban el penal de Lecumberri?

¿No habían nombrado director a Murillo para asegurarse de que el control de los presidiarios no se les fuera nunca de las manos?

¿No tenían, entonces, que haberles facilitado el camino a los comunistas encargados del asunto quitándoles los obstáculos de en medio?

¿Se daba cuenta Armenta de toda su ineptitud y estupidez?

Sí, se daba cuenta, por supuesto, pero no había sido culpa suya. Él no sabía que Mornard ya contaba con protección dentro de la cárcel, una protección demasiado poderosa, según le habían dicho, aunque aún no sabía con exactitud de quién se trataba.

—Averígüalo de inmediato y lo neutralizas lo más pronto posible —gritó Escorpión más fuerte—.

Me estás cansando, Géminis —escuchó la voz menos alterada y en ese tono sintió una verdadera amenaza—.

Por tu culpa las intromisiones del criminólogo, del teniente y del juez nos impiden sepultar el caso.

Si no solucionas el asunto, el escarmiento más viable no será que termines en la calle otra vez como un don nadie, no; te voy a convertir de verdad en nadie.

Armenta se levantó con un movimiento veloz.

Sintió que sus piernas temblaban. Con voz titubeante preguntó qué era lo que quería decir con eso.

Un zumbido que se le instaló de repente en los tímpanos le impidió escuchar el clic que daba fin a la llamada, por lo que se quedó con el auricular pegado a la oreja un buen rato, esperando la respuesta.

Cuando al fin advirtió que Escorpión había colgado, hizo lo mismo, pero siguió de pie, con las piernas trémulas, la respiración entrecortada y el pulso acelerado.

Una amenaza, ya no de despido, sino de muerte.

¡Su jefe le había dado un ultimátum real!

Si no resolvía lo de Mornard, lo de Robledo, lo de Quevedo y lo de Quintanilla, Escorpión lo mandaría matar para cubrir sus espaldas.

¿Sería capaz de hacerlo? Lo primero que se respondió fue que no, no, no podría, no sería capaz.

Pero de pronto recordó lo que se decía en ciertos círculos sobre Escorpión: que había construido su carrera haciéndoles favores innombrables a ciertos ministros de los primeros gobiernos revolucionarios, que muchas veces fue él quien se encargó de los trabajos sucios de hombres como los presidentes Obregón y Calles, como el líder obrero Morones, y de políticos sanguinarios como Gonzalo N.

Santos, que cuando fue gobernador de Tabasco mandó quitar de en medio a varios opositores y lo mismo había hecho cuando fue el mandamás de Michoacán, y que, con el paso del tiempo, conforme escalaba la pirámide de la política en México, había comenzado a valerse de allegados y ayudantes que se encargaban ahora de realizar los trabajos sucios, como el mismo Armenta.

Sí, Escorpión había estado en contacto con asesinos profesionales durante las últimas décadas, desde la Revolución.

Armenta mismo conocía a algunos de ellos, porque también habían trabajado para él.

Eliminarlo no representaba para Escorpión ningún problema.

Podía hacerlo en ese mismo instante si quisiera.

Miró con temor la puerta de su despacho procurando escuchar cualquier ruido del otro lado. Permaneció inmóvil y en silencio un rato, en el que lo único que consiguió oír fue el latir desbocado de su corazón.

Al comprender que exageraba, se desplomó sobre su silla sintiéndose ridículo.

Se frotó el rostro con ambas manos en tanto se decía que era preciso calmarse, pensar las cosas con frialdad.

Mas ¿cómo hacerlo si su jefe acababa de amenazarlo de muerte?

¡De muerte! Retiró las manos de su cara y aferró con ellas la orilla del escritorio.

Temblaba. Aun así, intentó reflexionar sobre su situación.

El principal problema era que el asesino de Trotsky, si bien encerrado en Lecumberri, todavía estaba vivo y, por lo mismo, podía soltar la lengua cuando menos lo esperaran.

Y con la protección de la cual gozaba al interior del Palacio Negro, protección que le proporcionaba alguien pesado, poderoso, era muy difícil deshacerse de él, como se vio con los comunistas que quisieron hacerlo.

Después de la golpiza que les propinaron los protectores de Mornard, era demasiado difícil que alguien se atreviera a llevar a cabo otra intentona.

Por otro lado, estaban el juez Robledo, el doctor Quevedo y el teniente Quintanilla, quienes hasta ahora no habían dejado de husmear en todo lo relacionado con el caso.

Y, tercos como eran los tres, no dejarían de hacerlo hasta llegar a una resolución, a la verdad.

Su misión, entonces, la misión que le había encomendado su jefe bajo amenazas de muerte, era detenerlos. Pero ¿cómo?

Estiró la mano hasta la cigarrera de metal sobre el escritorio, extrajo un cigarro y lo encendió aún con mano insegura.

Fumó con avidez. Por su mente pasaban, fumada tras fumada, las diferentes opciones que tenía.

Las fue desechando una por una por inviables, o por dudar de sus resultados.

En la última fumada comprendió que se encontraba en un callejón sin salida.

Escorpión cumpliría su amenaza y mandaría matarlo.

—¡Matarlo! ¡Sí! ¡Esa es la solución!

Aplastó con entusiasmo, casi con alivio, la colilla del cigarro en el cenicero de cristal cortado.

Sólo tenía que dejar que la amenaza de Escorpión descendiera otro peldaño de la pirámide, un peldaño por debajo del suyo.

Pero no, él no amenazaría al juez Robledo ni a la pareja de investigadores.

Sería inútil. En lugar de ello, pasaría directamente a los hechos, sin amenazas.

Los mandaría quitar de en medio. ¿O valdría la pena empezar con amenazas para ver cómo reaccionaban? No se decidía.

Extrajo otro cigarro y lo encendió. Con alegría comprobó que su mano ya no temblaba. Aspiró profundo el humo y lo mantuvo en los pulmones más de lo habitual hasta que lastimó su garganta.

Abrió uno de los cajones para buscar una vieja agenda sepultada entre varios expedientes.

Dio vuelta a las páginas, encontró el nombre que buscaba: el Loco Pruneda.

Se trataba de un antiguo soldado de la brigada al mando del general Calles, que tras el triunfo de los sonorenses en el gobierno había hecho varios trabajos al general Serrano, quien al morir en la matanza de Topilejo en el año 27 se lo heredó a Escorpión y él, luego de cierto tiempo, se lo había heredado a su vez a Armenta.

Era un gatillero efectivo, preciso, relacionado con otros hombres de su mismo oficio.

Confiable. La última vez que requirió de sus servicios, Pruneda regenteaba una pulquería por La Candelaria de los Patos.

Sí, Los Aguajes de Dionisio. Él se encargaría de los tres entrometidos.

Expulsó el humo en una larga recta que se perdió por el ventanal y volvió a tomar el teléfono. Marcó el número y esperó.

—Sí, ¿me puede comunicar con Dionisio Pruneda? De parte del licenciado Armenta. Dígale que tengo un trabajo muy importante para él…