XLVII
Valentín Quintanilla recorría una de las zonas más peligrosas, más rudas, de Tepito con los sentidos alerta.
Se sentía como un instrumento musical recién afinado.
Las calles se hallaban casi en penumbras.
Los burdeles de medio pelo, pulquerías y cantinas de mala muerte no mostraban las grandes marquesinas ni los anuncios luminosos de los cabarets ostentosos de otras partes de la ciudad.
Los nombres de los locales estaban escritos con pintura corriente sobre las puertas: Le Rat Mort, El Papagayo, El Tobillo Ancho, La Oficina Nocturna.
En algunos tramos la calle carecía de pavimento y en muchos otros de banqueta.
Las cantinas y burdeles no tenían portero, sólo prostitutas a la espera de clientes.
Los efluvios desagradables se esparcían por doquier, pero los habituales y vecinos del barrio no parecían darse cuenta de ellos, tan acostumbrados como estaban.
El teniente rodeó una alcantarilla abierta de la que surgían borbotones de aguas negras, y agitó la mano para esquivar el enjambre de moscas y mosquitos que le salió al paso. Bufó enojado.
No era la primera vez que andaba por la zona; de hecho, había conseguido dos arrestos por ahí en años anteriores, pero con el paso del tiempo olvidó las condiciones en las que se encontraba sumergida la gente del barrio.
Aflojó el paso. Si caminaba a su velocidad habitual, corría el riesgo de llevarse de encuentro a una de las prostitutas que pasaban desapercibidas en la penumbra al no alcanzar ni el metro y medio de estatura, o a uno de los teporochos que se tambaleaban.
O peor: a uno de los chiquillos encuerados y panzones que deambulaban entre la gente con huellas de lágrimas en los cachetes y mocos bajo la nariz.
En tanto observaba con atención cada uno de los rostros con que se topaba, para ver si eran asiduos al barrio o lucían extrañados de andar por ahí, se preguntó cómo era posible que las personas vinieran a buscar placer o diversión a semejante estercolero, y por un momento cruzó por su mente la posibilidad de ver salir de alguno de los tugurios al doctor Alfonso Quevedo, con su actitud aristocrática y su suéter de cuello de tortuga.
La idea casi le arranca una carcajada. No.
Le resultaba imposible siquiera imaginarlo por estos rumbos.
Quevedo nunca habría podido ayudar a Lupita con esta investigación.
Para hacerlo se necesitaba conocimiento de los bajos fondos, estómago fuerte, todo, en fin, de lo que el doctorcito carecía, aunque la última vez que estuvo con él hubiera comenzado a dudarlo.
El petardeo del mofle de un motor llamó su atención.
Quintanilla se arrimó a la pared más próxima y llevó la mano a la cintura en busca de su arma.
Sin embargo, un simple vistazo a la gente por la calle lo tranquilizó: nadie se había alterado, todos continuaban en lo suyo como si nada.
Las putas seguían recargadas en los canceles de las puertas, o caminando frente a los burdeles y cantinas; los teporochos no dejaban de balancearse en busca de equilibrio al caminar, los niños no paraban de revolcarse en los charcos lodosos.
El teniente sonrió para sí y no se movió por un rato, los ojos vigilantes escrutando su entorno.
El auto cuyo mofle había tronado era un Hudson gris, y lo manejaba un gordo prieto, casi calvo.
Supuso que sería un padrote porque arrimaba el vehículo a las mujeres de la calle y les decía algo, que a la distancia Quintanilla interpretó como un aviso de que las estaba checando y la orden de que le pusieran más entusiasmo al trabajo.
Fue entonces cuando distinguió a poco más de una cuadra, bajo uno de los escasos postes de luz pública, a una mujer chaparra, regordeta y de rasgos indígenas, que hablaba con el conductor de un carro.
A pesar de que apenas se le veía la trompa al vehículo, Quintanilla no tuvo dudas de que se trataba de un Ford, aunque no pudo precisar el color que, por la luz escasa, parecía verde o vino.
El chofer acercaba mucho su rostro al de la prostituta, mientras le acariciaba el cuello con cierta lascivia, al tiempo que ella se hacía la remolona sin dejar de sonreír, como si se tratara de un coqueteo y no de una transacción comercial.
Sin saber por qué, acaso por un pálpito, el teniente apretó el paso dirigiéndose a ellos para confirmar si era Jerónimo.
Por ese lado de la calle había más bullicio.
Unas mujeres gritaban discutiendo, como si pelearan, pero de pronto la risa de alguna de ellas estallaba en medio de la discusión, con lo que se notaba que en realidad bromeaban.
Un niño pequeño lloraba a berrido suelto junto a una puerta cerrada, seguro esperando a su madre, que atendía a un cliente adentro.
Una pareja de borrachos, hombre y mujer, entonaba a todo pulmón “La Valentina” mientras se abrazaban y se metían mano entre sus vestimentas andrajosas.
Dos vehículos pasaron por la calle a toda la velocidad que les permitían los baches y los transeúntes que cruzaban sin el menor cuidado, haciendo rugir sus motores y tocando el claxon.
El teniente no alcanzaba a distinguir el número de la matrícula del auto junto al poste, aunque le pareció que de repente verdeaba.
Pero ni siquiera distinguía si se trataba de verde limón o verde bandera.
Pero de que es verde, lo es, se dijo. Aceleró sus zancadas hasta iniciar una carrera, pero casi cayó al suelo porque, al esquivar a un escuincle encuerado de unos dos años que meaba al aire un hilillo de orina en forma de parábola, chocó con un teporocho que fue a dar de boca en un charco de aguas negras.
A punto de perder el equilibrio, Quintanilla siguió caminando de lado.
Dos prostitutas se carcajearon con la escena y él tuvo el impulso de detenerse a insultarlas, pero cuando recuperó la vertical vio cómo el conductor que hablaba con la chaparra bajo el farol la tomó de pronto del cuello con las dos manos y comenzó a arrastrarla hacia el vehículo sin hacer caso de sus pataleos y manotazos.
El teniente reaccionó sacando su pistola. Antes de que pudiera gritar al hombre que se detuviera, tres jóvenes salieron corriendo de la cantina El Panteón Feliz y en el interior del lugar se escucharon dos balazos.
Entonces fue el caos.
Los muchachos se escondieron detrás de un carretón y empezaron a devolver el fuego a quienes los atacaban.
—¡Dejen de disparar o se los carga la chingada! —la voz de Quintanilla se diluyó entre los llantos de los niños y la gritería que se desató en la calle, donde todo mundo parecía buscar refugio de las balas.
El teniente no estaba seguro de hacia dónde apuntar.
Tiró un par de veces al aire mientras seguía avanzando.
Iba a volver a gritar que se detuvieran, cuando una bala pasó a unos centímetros de su cabeza como un zumbido de abeja que lo hizo lanzarse al suelo, entre el lodo, y después rodar hasta situarse detrás de un bote de basura.
Se percató de que le disparaban de ambos lados.
Repartió balazos entre los jóvenes y los hombres de la cantina.
Cruzó la calle a la carrera para refugiarse en el zaguán de una vecindad.
Desde ahí podía observar a todos los atacantes.
Volteó hacia la esquina de la prostituta del farol.
La mujer estaba tendida en el piso, ya sin manotear ni patalear, pero el auto y su conductor habían desaparecido.
Iba a correr para auxiliarla, cuando tuvo que volver a sumirse en el zaguán porque varias balas pegaron muy cerca de él.
Una de ellas arrancó del muro grandes fragmentos de adobe y uno de los cascotes, pulverizado, le dio de lleno en los ojos.
Justo en ese instante se escucharon las primeras sirenas que se acercaban al barrio.
Quintanilla se engurruñó en el zaguán al ver que los jóvenes y los de la cantina dirigían el fuego contra él.
Los ojos le ardían como si lo estuvieran quemando y sentía los párpados llenos de piedras minúsculas, pero aun así disparó a quienes lo atacaban.
El sudor escurría por su rostro y, al llegar a los ojos, convertía el polvo en una plasta lodosa.
Oyó rechinar unas llantas. Ocupado en recargar su arma, no levantó la vista.
Se escucharon portazos y más disparos. Medio ciego, vislumbró que una nueva andanada de balazos daba en el auto donde huían los muchachos.
Apuntó al agresor que salía de la cantina y apretó el gatillo un par de veces.
El hombre giró al recibir las balas, luego se desplomó junto a la entrada del local. Los otros atacantes retrocedieron.
El teniente sentía su respiración agitadísima y el corazón dándole tamborazos contra las costillas.
Estaba agotado. Entre las lágrimas que no dejaban de escurrirle a causa del ardor, agradeció que las sirenas se escucharan cada vez más cerca, hasta que oyó cómo por lo menos tres patrullas llegaban a esa cuadra y frenaban con violencia.
Entonces sacó su placa de policía y la alzó para que los recién llegados la vieran, mientras señalaba la entrada de El Panteón Feliz.
Cuando el ardor en los ojos comenzó a ceder, todo había terminado y Quintanilla se encontraba en medio de cuatro patrullas y dos ambulancias cuyas torretas iluminaban de azul y rojo aquella calle macabra.
Un enfermero lo llevó del brazo a la parte trasera de una ambulancia para lavarle los ojos irritados.
—¿Está muerta? —preguntó a quien lo atendía, cuando vio que colocaba una sábana sobre el cuerpo de una mujer.
—Una bala le destrozó el cráneo. Deje de moverse, le voy a poner una gasa.
—Allá abajo del farol vi a otra mujer, una chaparrita.
—Ah, sí, nada más se desmayó, seguro por la impresión de la balacera. Pero cuando volvió en sí no quiso que la revisaran y se fue —dijo el enfermero.
El teniente se apartó de la ambulancia. Salió del cerco de patrullas y llegó hasta la esquina donde el farol alumbraba con luz sucia un área pequeña. Revisó el suelo. Nada. Luego, justo donde había visto a la prostituta, encontró un lápiz labial barato.
¿Se la iba a llevar a la fuerza, pero los balazos le echaron a perder el plan?, se preguntó Quintanilla sin dejar de contemplar el pintalabios.
Regresó a donde estaban los policías y los enfermeros.
Necesitaba un trago, o dos, o tres. No se los iba a tomar en El Panteón Feliz, por supuesto, ni en ninguno de los tugurios de por ahí.
Un sargento le dijo después que habían logrado atorar a dos de los atacantes de la cantina, uno más iba herido rumbo al hospital.
Aseguraban haber sido víctimas de un asalto por parte de unos delincuentes juveniles, y que sólo se habían defendido.
—Dijeron que dispararon también sobre usted, teniente, porque, al verlo armado, pensaron que era cómplice de los asaltantes. Estaban bien enchilados porque lo que les robaron fue bastante.
—Seguro es porque en ese lugar se mueve droga, sargento —aseguró Quintanilla—. No creo que tenga tantas ventas de alcohol como para que vengan a robarles.
Le preguntó al uniformado si una de sus patrullas podía dejarlo en las inmediaciones de la comandancia, y el otro dijo que sí. Antes de subir al vehículo, el teniente contempló el campo de batalla, que le recordó sus tiempos de militar en la Revolución.
—Carajo —dijo.
Sí, necesitaba alcohol para pensar con calma cómo decirle a Lupita que tal vez su sobrino Jerónimo no era tan buen muchacho como ella pensaba.
—Carajo —repitió—. Y yo que pensaba que sería fácil.