La torre de cristal XLVI
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XLVI

Escuchó los golpes de nudillo en la puerta de su departamento y dejó el vaso de vodka en la mesa de centro de la sala.

Se arregló la bata y, al extrañar el peso de su arma en el bolsillo, caminó rápido a la recámara.

No podía tratarse de Tom; él se hallaba lejos, en el otro lado del mundo.

Y desde que se había ido, nadie visitaba el departamento.

¿Serían noticias del padre Salvatierra? Igual no podía confiarse.

Encontró la pequeña pistola sobre el tocador, comprobó que estuviera cargada, se miró al espejo con una ojeada rápida y volvió a arreglarse la bata.

—¿Quién? —preguntó con el oído cerca de la puerta.

De afuera le llegaron dos palabras en ruso que constituían un santo y seña.

Un estremecimiento le recorrió la columna vertebral.

Se trataba de alguien del Partido. ¿Mexicano, español o ruso?

¿Y si venían por ella? Sacó la pistola del bolso, colocó el cañón pegado a la hoja de madera apuntando al exterior más o menos a la altura del pecho de un hombre, y agarró el picaporte.

Entreabrió.

Al advertir que el individuo de afuera le mostraba las palmas abiertas, para que viera que no traía armas, respiró aliviada. Lo había reconocido: su nombre clave era Totó, y había sido amante suyo durante el tiempo que vivió en Francia. Se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Antes de decir cualquier cosa, Totó la estrechó por la cintura, la atrajo hacia sí y le dio un beso prolongado en la boca. Klava se dejó besar, aunque estaba demasiado tensa para disfrutar la caricia. Cuando se separaron, el hombre pareció decepcionado.

—Tan deseable y guapa como te recordaba, pero demasiado fría. ¿Ya te olvidaste de nuestras noches?

Ella no respondió, tan sólo bajó la cabeza al tiempo que negaba, pero una sonrisa le brotó en los labios. Fue suficiente para que el hombre volviera a animarse.

—¿Qué haces en México? —Klava caminó a la cocina.

Volvió con una botella de vodka y otro vaso. Se sentaron en los sillones de la sala, sin que el hombre dejara de devorarla con la mirada. Totó se sirvió un generoso trago, tapó la botella de nuevo y le dio un sorbo. Se acomodó en el sillón hasta pegar el cuerpo al respaldo.

—Deja de verme así y contéstame.

—Nos enteramos de tu visita a Lecumberri.

En Moscú están preocupados por eso y por la situación de Gnomo.

Debes saber que ya hay planes para sacarlo de ese penal y de México.

Viajará a Cuba, y de ahí en un carguero a la Unión Soviética, donde el Partido lo recibirá como héroe por el gran servicio que ha realizado para la patria.

Mientras lo escuchaba, Klava no era capaz de reprimir la incomodidad que le provocaban la presencia del hombre y sus palabras.

Más que incomodidad, se trataba de desconfianza.

Sus pensamientos se desbocaron. ¿Sería sincero Totó?

Y, si era sincero él, ¿lo serían los jerarcas del Partido?

¿Cómo tener la seguridad? Llevaba demasiado tiempo en lo mismo que ese hombre, en el servicio secreto soviético, como para ignorar que, cuando el prestigio del gobierno estaba en peligro de ser cuestionado, los agentes recibían órdenes de borrar todos los elementos y pistas que pudieran perjudicarlo.

Ella misma se había encargado de quitar de en medio algunos de esos elementos en el pasado, sin reparos ni cargos de conciencia, aunque los objetivos hubieran sido sus conocidos o incluso sus amantes. Pero esta vez se trataba de Gnomo.

—¿Comprendes lo que te he dicho? —preguntó Totó al verla sumergida en sus pensamientos—. Lo que pretendas hacer por tu cuenta, dalo por olvidado. El Partido se encargará de tu hijo.

Klava lo miró llena de suspicacia. Era la primera vez que un agente se refería a Gnomo como su hijo.

—¿Ya estás enterado de que intentaron asesinar a Gnomo dentro del penal? ¡En su propia bartolina! Eso quiere decir que ha sido una misión planeada con cuidado, algo que sólo una organización con los alcances del Partido puede llevar a cabo. ¿Fueron ellos? —lo miró directo a los ojos.

Con gesto compungido, Totó respondió que, si bien comprendía las sospechas de Klava, le dolía la insinuación.

—¿Cómo puedes creer que yo estaría dispuesto a autorizar algo así o a participar en ello?

Conozco a Gnomo casi desde niño y lo amo como a un familiar.

Durante un tiempo, en Francia, lo consideré casi un hijo propio.

Pero, dejando eso de lado, ¿acaso no sabes que él es muy valioso para Beria y para el mismísimo Stalin?

Lo que Gnomo hizo por la Unión Soviética nunca se olvidará.

—¡Júramelo!

Totó vació su vaso de vodka de un trago, carraspeó y volvió a servirse casi hasta el borde. Miró a Klava, sonrió con ternura, y luego adoptó una expresión conciliadora.

—Te lo aseguro, mujer. En Moscú, desde hace meses, se hablaba de él con veneración.

Cada vez que se menciona su nombre, la gente se pone de pie con respeto: se le considera un héroe de la mayor jerarquía.

Y pasa casi lo mismo contigo, Klava. Todos los miembros del Partido, pero en especial los jefes, te consideran una verdadera heroína.

Sensible a los halagos, pero también desconfiada, Klava apretó dentro del bolsillo de la bata la empuñadura de su arma. Luego sonrió y le preguntó a Totó por qué debía creerle.

—Si no quieres creerme a mí, créele a uno de los hombres de Beria que muy pronto va a llegar desde Cuba —le dio otro trago largo a su vaso de vodka—. Carga con él oro suficiente para sacar a tu hijo de Lecumberri.

—¿Quién es?

—No me han dado su nombre. Llegará en una o dos semanas.

“Una o dos semanas”, las palabras comenzaron a rebotar dentro del cráneo de Klava cuando comprendió que ese era el tiempo que le quedaba para arreglar la fuga.

Porque en cuanto el hombre de Beria estuviera en la Ciudad de México tanto la vida de Gnomo como la de ella penderían de un hilo muy delgado.

Se adelantó hacia la mesa de centro, tomó su vaso y también dio un trago largo.

El alcohol resbaló por su esófago quemándola, pero también llenándola de un calor agradable que la hizo sentir un poco más tranquila, relajada.

—Entonces, ¿no sabes nada del intento de asesinato de Gnomo? —la mujer preguntó con voz firme, un tanto acusadora, mientras miraba fijo a Totó.

—Nada, esa orden no salió de nosotros —removió el vaso con cuidado, luego asintió como si se diera permiso para decir algo que no debiera—.

Según mis informantes, todo parece indicar que los autores intelectuales son ciertos funcionarios del gobierno mexicano que pretenden vengar el daño que Gnomo hizo al prestigio del general Lázaro Cárdenas, al matar a un huésped de su administración.

Klava enrojeció. ¿Acaso Totó se creía esas patrañas? ¿Qué interés podían tener esos burócratas en que Gnomo muriera o viviera, si ya lo tenían preso en el Palacio Negro a la espera de juicio y de sentencia?

—Si lo sentencian por homicidio premeditado, con alevosía y ventaja, le darán sin duda la pena máxima. ¡Veinte años! ¿Estás consciente de ello?

El hombre sonrió.

—No te preocupes, Klava, el hombre de Beria repartirá dinero a quien sea necesario. Por lo pronto, sé que va a contratar al mejor abogado mexicano para estos casos, un tal Bernabé Jurado. Nunca ha perdido un juicio y tiene el conocimiento necesario para indicarnos a quién hay que sobornar.

La noticia no animó a Klava. Seguía con semblante adusto, bebiendo su vodka a pequeños sorbos.

—¿Y si los que han querido matar a Gnomo son miembros del Partido Comunista Mexicano? ¿Qué vas a hacer al respecto?

Mientras formulaba la pregunta, volvió a acariciar la culata de su pistola en el bolsillo de la bata. Totó se soltó entonces con consideraciones acerca de cómo funcionaban la política y el gobierno mexicanos.

—Mira, aquí en México los sindicatos están demasiado ligados al poder ejecutivo y, por lo tanto, también los partidos de izquierda.

Puro corporativismo. En ese orden de cosas, algunos funcionarios son muy cercanos, y hasta cómplices en ciertos asuntos, a los líderes sindicales que controlan el Partido Comunista.

Les giran instrucciones que a veces van contra sus convicciones políticas, pero que ellos deben seguir para no perder el apoyo del poder central.

—¿Estás diciendo que algún ministro o secretario de Estado le pidió a Lombardo Toledano que consiguiera gente dispuesta a quitar de en medio a mi hijo?

—No lo aseguro, pero todo es posible. Toledano, a pesar de representar a la clase obrera, se inclina mucho más hacia el poder que hacia la ideología. Lo único que puedo asegurarte, querida, es que ninguno de los miembros del Partido ha dado la orden ni ha participado en el intento de asesinato.

Totó dejó el vaso vacío sobre la mesa y se levantó. Fue a sentarse junto a ella. Luego le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Cuando llegue el hombre de Beria, quiero participar en la operación —exigió ella sin apartar el rostro.

—Veré qué puedo hacer. Pero ya sabes que, como miembro femenino del Partido, hay operaciones en las que tienes prohibido participar —el hombre sonrió. Rozó con sus labios la oreja de ella—. En cambio, hay otro tipo de cosas que, siendo mujer, yo esperaría que estuvieras dispuesta a llevar a cabo.

Klava decidió que debía deshacerse cuanto antes de Totó, para luego desaparecer de la vista del Partido y organizar la fuga por su propia cuenta.

Sintió una de las manos del hombre en la espalda, mientras la otra le abría por completo la bata.

Cerró los ojos al sentir el beso apretado sobre los labios y la lengua tratando de abrirle la boca.

Se dejó llevar por las caricias que poco a poco le resultaron conocidas, habituales, pero sin dejar de repetirse que, antes de que llegara al país ese hombre misterioso proveniente de Moscú, debía sacar del penal a su hijo. Sí, a su hijo.