La torre de cristal XLV
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XLV

—¿Ya supiste, Leandro? —el Güero se acercó al teniente cuando lo vio junto a un puesto de café de olla frente a la comandancia.

Horas antes, en las inmediaciones de La Torre de Cristal, Lupita le había pasado varios de los datos para poder iniciar la investigación de su sobrino Jerónimo.

Le dio una foto de él, las señas de los amigos con los que lo había llegado a ver, el modelo del auto, un Ford color vino, y también le dijo que le había escuchado algo sobre ir a cierto lugar del barrio de Tepito esa noche.

Había sido un encuentro rápido, lo que lamentó Quintanilla, pues él esperaba una conversación en la que pudiera conocerla un poco más.

Esperaba que no le quitara mucho tiempo encontrar a Jerónimo.

Pensaba darle un susto, enseñarle la pistola, decirle lo mucho que su tía se preocupaba por él.

Tal vez un par de cachetadas para que entendiera que iba en serio.

Estaba seguro de que Lupita se lo iba a agradecer y, la próxima vez que se entrevistaran, tendría oportunidad de platicar de situaciones menos aciagas.

Ahora estaba haciendo tiempo antes de dirigirse a Tepito por los rumbos que le había indicado la muchacha.

—¿Si ya supe qué? —el teniente dio un sorbo, despacio. Le hizo señas a la dependienta para que le sirviera al reportero. Ella llenó un pocillo de barro con café, lo regó con un chorrito de tequila y se lo entregó al Güero.

—Se quisieron tronar a tu amigo extranjero anoche —el Güero sopló al pocillo para enfriar un poco la bebida—. Al parecer, todo fue obra de unos rojillos.

A Quintanilla se le iluminaron los ojos.

—Si nomás se lo quisieron tronar, es que fallaron. ¿Cómo la libró?

—Me enteré por unos custodios de que está ahora bajo la protección del padre Salvatierra.

Tras escuchar el dato, Quintanilla reflexionó un par de segundos.

—No creo que ese cabrón ateo se haya acercado al padrecito para que interceda por la salvación de su alma.

—¿Y si lo intentaron matar por haber abandonado a sus camaradas?

Quintanilla guardó silencio. Sospechaba que los comunistas habían decidido quitarlo de en medio sólo para asegurar su silencio, pero la conjetura del periodista también podía ser certera.

—Algo está raro aquí, chupatintas… pero de cualquier modo no tienes idea del enorme favor que me acabas de hacer con esta información.

Quintanilla pagó los dieciséis centavos de las bebidas y se alejó para iniciar las pesquisas de esa noche. Buscaría primero a Jerónimo, luego seguiría conectando puntos en los lugares que frecuentaban los comunistas.