XLIV
Alfonso Quevedo llegó a la oficina del director de la penitenciaría, el licenciado Carlos Murillo.
Le enseñó una orden firmada por el juez Robledo, y un par de minutos después salió rumbo al área de crujías guiado por un custodio del penal.
Luego de que le abrieron el cerrojo, Quevedo entró en la celda con toda tranquilidad.
—Buenos días, Jacson-Mornard —la expresión en su rostro bonachón era de sarcasmo.
El reo se incorporó del camastro donde se hallaba tumbado hasta sentarse sobre el colchón.
Se mostraba sorprendido, como si al escuchar aquellos pasos por el corredor hubiera pensado que se trataba de otras personas, tal vez su abogado, tal vez Sampietro o el padre Salvatierra.
Esperaba a cualquiera, menos a ese hombre en su propia crujía.
Quevedo no lo había visto desde que lo trasladaron de la comandancia.
Comprobó que sus heridas habían mejorado bastante.
Ya no llevaba los vendajes en la cabeza ni en el brazo, que antes lo hacían verse desvalido y débil.
Lucía más robusto. Hasta parecía de mayor estatura.
Un hombre fuerte y vigoroso, de rostro afable, lejos de la imagen de un asesino furioso armado con un piolet.
¿Quién podría imaginárselo dando el golpe sobre cráneo del viejo líder ruso con un gesto terrible, salpicándose el rostro de sangre y sesos?
—¿Ha venido a interrogarme en mi propia celda? —preguntó Mornard en francés con una sonrisa en los labios.
—Más que un interrogatorio formal, se trata de una conversación. Una charla entre conocidos, porque me interesa conocerlo más a fondo —contestó Quevedo, sin abandonar la ironía y también en francés.
El preso se retrepó en el colchón del camastro hasta recargarse en la pared, mientras su visitante permanecía de pie.
—Quiero que me hables de tus padres —soltó a bocajarro Quevedo.
—Yo cerraré la boca. Eres como una cuchara que trata de sacar las cosas…
La sonrisa que se le borró a Mornard pareció trasladarse al rostro del doctor.
Tampoco a él se le había pasado por alto la manera en que había conjugado el verbo cerrar en francés.
Quevedo estaba consciente de que, cuando alguien se expresaba en un idioma que no era el suyo, debía poner mayor atención en ello.
Él sufría de lo mismo al intentar comunicarse en otra lengua.
Según la primera declaración sobre su educación y oficio, Mornard no podía cometer esa clase de errores lingüísticos.
—Mi nombre es Jack Mornard, mi padre fue miembro del partido católico belga —empezó el reo.
Quevedo se percató del cambio de opinión y sacó una libreta y una pluma para apuntar de inmediato—.
Primero fue cónsul, después secretario de la legación, luego ministro y por último embajador…
por algún tiempo estuve trabajando con reporteros, con el fin de ir adquiriendo la técnica necesaria para la profesión y también para poder estudiar y comprender lo que es la disciplina periodística…
Quevedo lo miraba de reojo sin interrumpir la perorata.
—… el hombre que me había presentado Sylvia Ageloff me hizo la propuesta de venir a México, me dijo que Trotsky necesitaba de incondicionales como yo. Acepté porque comprendí que jamás volvería a tener una oportunidad como esa. Conocería nuevos países y, sobre todo, a Trotsky...
Mornard hizo una pausa. Su interrogador la aprovechó para acercarle un vaso de agua. Él lo rechazó con un gesto.
—¿Se le secó la garganta o perdió el hilo de la historia? —preguntó el doctor.
—Le confesé que no tenía ni documentos ni pasaporte ni mucho menos dinero —prosiguió Mornard sin contestarle—. Dos días después, me dieron un pasaporte canadiense con mi foto y a nombre de Frank Jacson, además de doscientos dólares para los gastos de viaje…
—Espere, eso lo puedo leer en su declaración. Ya me habló de su padre, ahora quiero que me cuente sobre su madre.
Quevedo advirtió que por un instante el rostro de Mornard pareció suavizarse.
El tono de su voz fue más relajado cuando empezó a describirla, algo que no hizo con su padre.
El criminólogo anotó la reacción y rodeó lo escrito varias veces con círculos.
Mornard contó que era alta, delgada, atlética, de ojos verdes, que le gustaba leer y era una ardiente defensora de las causas justas.
—Muchos decían que nos parecíamos.
—Pero ¿realmente a qué se dedicaba? ¿Ama de casa sin oficio ni profesión fuera del hogar? Dígame, Mornard, ¿quién de sus padres era el que tenía relación con el Partido Comunista soviético? ¿Tal vez con Beria, el director del servicio secreto de la urss ?
Al escuchar estas últimas preguntas, Mornard palideció por unos instantes, se enderezó en la cama y fulminó a Quevedo con la mirada, pero de inmediato se recompuso y en la boca se le dibujó de nuevo una sonrisa retorcida, burlona.
—Está mal informado. Ha oído de mí puros inventos. Yo fui un trotskista convencido hasta que el máximo líder del movimiento me decepcionó…
—“Al revelarle que la ambición era su verdadero rostro”, ya me sé su declaración de memoria —lo interrumpió el doctor mientras guardaba la pluma y la libreta—.
Algo que he aprendido todo este tiempo es que el diablo está en los detalles, y hace unas horas comprobé en la embajada de Bélgica que nunca han tenido un diplomático con el nombre de su padre.
El criminólogo estudió la reacción del preso. Fría. Ni un parpadeo y la respiración pausada.
—Pero lo que realmente me importa ahora es el pasado de su madre.
Mornard apretó los puños y el rugido de los huesos de los dedos inquietó a Quevedo. Se previno por si lo atacaba. Pero después de unos segundos observó que la tranquilidad volvía al cuerpo del asesino de Trotsky.
—Haga lo que quiera, sólo va a perseguir fantasmas.
Quevedo ni siquiera le respondió. Caminó hasta la puerta de la bartolina y salió de ella sin voltear de nuevo. Mientras caminaba por el corredor, el recluso se asomó al pasillo y gritó:
—¡Fantasma! ¡Soy un fantasma! —y se carcajeaba como un loco encerrado en el manicomio de La Castañeda.