XLIII
Las dos sombras soltaron varios puntazos al bulto sobre la cama.
Ninguno de los hombres advirtió gemido alguno escapando de su víctima.
Tal vez por la adrenalina que circulaba veloz por sus venas, tal vez porque creyeron haberlo matado desde la primera cuchillada.
Y siguieron dejando caer las puntas una y otra vez, cada vez más profundamente, en verdaderas puñaladas.
Querían dejarlo como un cedazo, pues así acostumbraban a ajusticiar los presidiarios a otros presidiarios.
Tan concentrados estaban en su empeño, que no escucharon los rumores que se levantaban en la crujía: murmullos en las otras celdas, roces, toses, carraspeos, algunos pasos.
Sólo cuando se le cansó el brazo, una de las sombras detuvo el accionar de la otra con un ademán, y mientras murmuraba algo semejante a “Ya lo quebramos”, retiró la cobija de un jalón, encendió la linterna sorda para poder observar su obra y se encontró con dos costales de pinole envueltos en unos petates.
La otra sombra, que se había materializado en un hombre flaco de bigote y pelos crespos a la luz de la linterna, terminó de retirar las cobijas y comprobó su fracaso: lo que en la penumbra parecía chorros de sangre era en realidad derrames de pinole que escurrían por entre el tejido de los petates.
Se miraron uno al otro en tanto las voces crecían a su alrededor.
Los presos de las bartolinas contiguas se habían despertado y armaban barullo.
Algunos chiflaron, otros preguntaban qué pasaba.
Cuando los dos asesinos quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde: el fanal de la torre de vigilancia apuntaba su potente haz de luz hacia esa crujía, cuyos faroles también se encendieron de pronto.
Afuera hubo un ruido creciente de pasos apresurados, pero en vez de los custodios del penal, quienes aparecieron por el pasillo y entraron a la celda a rodear a los agresores fueron un grupo de presidiarios que los homicidas frustrados no tardaron en reconocer: eran los fanáticos religiosos con vocación de martirio que siempre rodeaban al padre Salvatierra, actuando como sus guardaespaldas dentro del Palacio Negro de Lecumberri.
Los sujetaron de ambos brazos y enseguida les colocaron las puntas de las cuchillas en la garganta. Luego Enrico Sampietro se adelantó hacia ellos.
—Pinche Sapo , ya valiste madre —uno de los hombres presionó el filo en la garganta del detenido más alto y corpulento.
—¿Le doy su agua a este pinche ateo comunista? —le preguntó a Sampietro.
—Espera —respondió el falsificador mientras tomaba del cabello al llamado Sapo obligándolo a verlo a la cara.
Parecía que iba a decirle algo, a amenazarlo, pero tal vez pensó que no era necesario y sólo le sonrió con ironía, como diciéndole que su suerte estaba en sus manos.
El otro inmovilizado, conocido como el Peluches , se revolvió entre sus captores.
Sampietro lo tranquilizó con un puñetazo profundo en el estómago.
En las otras celdas ahora se oían gritos de entusiasmo, de furor.
Los presos olían que pronto se derramaría sangre.
Reinó de nuevo el silencio cuando volvieron a escucharse pasos por el pasillo.
Tampoco esta vez se trataba de los custodios.
Cuando las pisadas llegaron a la altura de la bartolina, todos pudieron ver al padre Salvatierra, acompañado de tres individuos más.
Uno de ellos era el hombre que debía haber estado en el camastro en vez de los bultos envueltos en petates, Jacques Mornard.
Al tenerlo frente a ellos, los dos homicidas frustrados trabaron las mandíbulas con ira.
Comprendieron que los habían burlado. El padre Salvatierra se acercó al Sapo y al Peluches, sonrió con cierto paternalismo burlón y les dio a ambos un par de cachetaditas como si les impartiera la confirmación.
—¿Quién los envío?
—Nadie, le queríamos dar chicharrón porque nos cae gordo —dijo el Peluches mirando de reojo al Sapo.
El padre dio una señal y empezaron a pegarles en el estómago y las zonas bajas, tan fuerte que lo único que se escuchaba eran sus gemidos y los lejanos gritos alebrestados de los habitantes de las bartolinas de alrededor pidiendo más golpes.
—¿Acaso no saben que Mornard está bajo mi protección y por lo tanto nadie puede tocarlo? —el sacerdote levantó la mano y sus hombres detuvieron el castigo—. ¿Quién les dio la orden?
El Peluches y el Sapo continuaron en silencio.
—Este estuvo en la sala de visitas con un tal Camacho, y yo sé que es comunista —informó al sacerdote el hombre que sostenía al Sapo—. Se miraban muy sospechosos, de ahí se fue el Sapo a platicar con el Peluches.
—¿Conque comunistas? —el sacerdote se acercó. Le alzó el rostro al Sapo tomándolo de la barbilla—. ¿No quieres aliviar tu espíritu con una confesión?
El hombre curtido y asesino experto se estremeció ante la cercanía de Salvatierra: conocía su fama de despiadado y su poder dentro y fuera del Palacio Negro.
Aun así, permaneció en absoluto silencio.
Uno de los hombres del padre, entonces, preguntó qué hacían con esos cabrones.
Salvatierra lo pensó un poco. Le dirigió al Sapo una ojeada diabólica y luego otra al Peluches.
—Esa decisión no me corresponde a mí, sino a quien estuvo a punto de pasar a la vida eterna.
Todos voltearon con Mornard, quien hasta entonces había permanecido aparte, atrás y en silencio. Cuando comprendió que debía decidir la suerte de los dos hampones, el homicida de Trotsky dio un paso hacia el sacerdote y le murmuró unas palabras al oído.
—Siempre es buena la compasión —el padre habló en tono de sermón, como si se hallara en el púlpito de su parroquia—. Agradezcan que les ha perdonado la vida. Pero yo, yo estoy convencido de que toda mala acción debe tener un castigo, por pequeño que sea.
Salvatierra hizo una seña en el aire, como si dibujara la cruz en una bendición, dirigida a los hombres que portaban las cuchillas, y ellos de inmediato trazaron una herida profunda en el rostro del Peluches y del Sapo, arrancándoles un alarido, mezcla de dolor y furia.
—La misión que me ha encomendado Dios es la de perseguir a todos los comunistas ateos que pretendan desaparecer de entre los hombres nuestra santa religión.
Y sepan que lo haré de cualquier manera, aunque signifique tener que matarlos a todos, porque nuestro Señor sufrió más que eso para la salvación de todos nosotros.
Hizo otra seña, y los hombres que rodeaban a los cautivos se lanzaron sobre ellos para darles una golpiza. Mientras los apaleaban con puños y pies, el sacerdote siguió hablando, aunque sus palabras a veces eran sofocadas por los pujidos, los gritos de dolor y el ruido de los golpes.
Les dijo que, tocando ya cuestiones más terrenales, no olvidaran nunca, y que se lo dijeran también a sus camaradas de adentro y de afuera del penal, que en Lecumberri quien mandaba era él, que esa era su prisión, y que para cualquier cosa que quisieran hacer tenían que contar con su permiso.
Que, como habían visto, él tenía ojos y oídos en todos los pasillos, las crujías y bartolinas del penal, y que hasta los custodios y las autoridades lo obedecían.
Que por esa vez habían corrido con suerte gracias a la blandura de Mornard, pero que él no era tan compasivo y a la próxima acabarían muertos sin contemplaciones.
Cuando terminó de hablar, el Sapo y el Peluches ya no eran sino un amasijo sanguinolento y quejumbroso en el suelo de la celda.
—Saquen esos despojos y tírenlos en el rincón más alejado del patio.
Y no permitan que los vean los enfermeros hasta dentro de unas horas, para que escarmienten mejor —ordenó a sus hombres—.
Ustedes —colocó una mano en el hombro de Sampietro, otra en el de Mornard— acompáñenme a mi celda a tomar un trago del vino de consagrar que me sobró de la última misa. Hay que aliviar estas emociones.
Mientras los dos heridos eran arrastrados por el pasillo, los tres hombres se alejaron platicando como viejos camaradas.