La torre de cristal XLII
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XLII

Después de recabar los datos del descubrimiento de una prostituta localizada en un paraje solitario de Santa María la Ribera, el Güero regresó a toda prisa a la redacción.

El cadáver, que según los muerteros le dijeron que tenía al menos dos meses en ese sitio, le hizo recordar un caso parecido.

No sabía si la ropa, el color de cabello, su profesión, la forma en que la habían matado, pero algo en su instinto reporteril le palpitó cuando estuvo frente al cuerpo.

Llevaba gran parte de la madrugada en la hemeroteca de El Universal buscando casos de mujeres dedicadas a la prostitución asesinadas en la Ciudad de México.

Quería ver qué antecedentes encontraba en las notas de los últimos años, porque algo le decía que el demonio andaba suelto.

Sin embargo, al momento de revisar diferentes periódicos de la capital, publicados durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas, le fueron llamando la atención tanto notas periodísticas como editoriales encaminadas a atacar las políticas sociales del presidente michoacano.

Algunos diarios criticaban al presidente de manera frontal, otros con un poco más de disimulo, por sus programas de apoyo a los campesinos y a los obreros, que perjudicaban a la clase empresarial, pero sobre todo por haberles abierto las puertas a los refugiados de la Guerra Civil española.

Y no es que no hubiera leído esas noticias en su momento, pero, a la luz del homicidio de León Trotsky, todo parecía adquirir un cariz más claro.

Decían en resumen que, con Cárdenas, México se encaminaba directo al comunismo, que el presidente quería convertir a nuestro país en otra Rusia, que seguía paso a paso los dictados del Kremlin y que, si no se le ponía freno, acabaría con la religión de nuestros padres, con nuestros valores tradicionales y hasta con la mexicanidad, pues terminaríamos tomando vodka en vez de tequila, bailando el kazachok en vez del jarabe tapatío y adorando imágenes de Stalin en vez de a la Virgen de Guadalupe.

—Ah, qué pendejos. Es de risa, pero parece que hablan en serio los que escribieron estas notas y artículos. Ay sí, ay sí, muy preocupados por nuestro futuro —murmuró el Güero sin dejar de leer.

Advirtió que la campaña en contra de las acciones de Cárdenas había sido sostenida y feroz.

Desde antes de que México recibiera a los refugiados de la Guerra Civil española, ya se le hacían críticas muy fuertes al gobierno, por venderle armas al bando republicano, por estar en contra de los nacionalistas de Franco y por facilitar el traslado de voluntarios mexicanos que peleaban contra los fascistas.

También lo atacaron cuando decidió traer a México a los huérfanos de la guerra, a los conocidos como “los niños de Morelia”, pues casi todos eran hijos de “los rojos”, como les decían los franquistas.

Y era lógico, hasta cierto punto: varios de los dueños de tales periódicos eran de origen español, habían salido de la Madre Patria en tiempos de la monarquía y, por lo tanto, estaban a favor de Franco y los suyos.

Cuando empezaron a llegar los exiliados, ya que la República perdió la guerra, afirmaron que, en vez de recibir inmigrantes españoles trabajadores que vendrían a engrandecer nuestra patria, el gobierno estaba dejando entrar a puros agitadores comunistas, anarquistas, terroristas y demás escoria, cuyo objetivo era trastocar todos los órdenes a los que los mexicanos estábamos acostumbrados.

A tales críticas, por supuesto, se sumaban varios voceros del gobierno de los Estados Unidos, quienes temían que muchos de los que conformaban ese contingente de comunistas españoles acabaran por cruzar la frontera hacia su país, contaminando la sagrada democracia gringa o, peor, actuando como espías ahora que los norteamericanos sin duda intervendrían en la guerra de Europa.

Otras opiniones, también en contra de las políticas presidenciales, provenían de los gobiernos alemán, austriaco, inglés e italiano, es decir, de los fascistas y derechistas que veían el comunismo como una cosa engendrada por Satanás.

Pero el colmo de las críticas, el verdadero escándalo, se desató cuando el general Cárdenas decidió ofrecerle asilo político a León Trotsky.

Ahí sí se descosieron los conservadores, los empresarios, los líderes religiosos, los gringos, los rusos y casi todos los europeos.

No cabe duda de que el presidente debió tener mucha presencia de ánimo para aguantar el temporal tanto interno como internacional, se dijo el Güero.

Si Trotsky entonces estaba solo contra el mundo, el general Cárdenas, al darle asilo, se situó casi casi en la misma posición: contra el mundo, el propio y el de afuera.

—Por eso la muerte de Trotsky estaba bien cantada y nadie habría podido protegerlo, ni siquiera el propio presidente de México.

Sí, pero de entre todos esos que querían verlo muerto, ¿quiénes estuvieron implicados en los dos atentados que sufrió?

¿En su asesinato? —el periodista se frotó los ojos un poco para descansarlos.

No se dio cuenta de que tenía las yemas de los dedos negras con la tinta de esos periódicos viejos y su cara ahora se veía como la de un guerrero indígena a punto de atacar.

Miró el reloj. No tardaría en amanecer. Decidió seguir revisando los diarios atrasados para ver si alguna nota lo iluminaba y en cuanto clareara el sol, en recompensa, iría a un puesto de birria ubicada por rumbos de Calzada de la Viga que hacía mucho tiempo no visitaba.