La torre de cristal XLI
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XLI

Un custodio uniformado recorría de madrugada el pasillo de la crujía donde se hallaba la bartolina del padre Salvatierra, cuando creyó escuchar un rumor en uno de los extremos y caminó hasta ahí para comprobarlo.

Aguzó los oídos.

Nada.

Las luces de la prisión no llegaban a esa zona, y encendió su lámpara de mano. Aluzó los huecos de las puertas de metal, pero lo único que logró distinguir eran cuerpos dormidos y cubiertos con mantas sobre los catres. El corredor lucía vacío.

Casi al llegar al final, donde había una puerta abierta que daba a otro patio, una sombra se arrastró por el piso, como si huyera, y al enfocar el haz de luz, el custodio descubrió una rata que llevaba en el hocico un par de tortillas duras.

Maldijo y se tocó el pecho, donde su corazón daba tumbos ruidosos.

Se preguntó cuánto faltaría para el cambio de turno, y decidió que el tiempo que le restaba lo pasaría en ese otro patio, fumando para no llevarse otro susto.

Al salir entornó la puerta y caminó unos pasos antes de recargarse en la pared a escuchar el jadeo de la ciudad.

Por esta razón, no pudo darse cuenta de que, por el pasillo que acababa de abandonar, dos sombras se desplazaban con sigilo por el extremo opuesto, se detenían de vez en vez para comprobar los números de bartolina a la luz de una pequeña linterna sorda, y luego continuaban, cuidando sus pasos con el fin de no hacer ningún ruido.

Caminaron unos diez metros más, muy pegadas una a la otra, al grado de que podrían haber sido confundidas con un espectro amorfo, y volvieron a detenerse.

La linterna brilló otra vez, dirigiendo su luz hacia la parte alta de la entrada, pero cuando bajó, dos destellos metálicos rompieron la oscuridad por un segundo.

Eran dos puntas metálicas que dejaron de ser visibles al apagarse otra vez la luz.

Uno de los hombres tomó al otro del brazo para indicarle con una seña casi invisible que lo que buscaban se hallaba tres puertas más adelante.

Avanzaron de nuevo como si caminaran descalzos sobre un pedregal y, al llegar a su objetivo, cada uno de ellos se situó a los lados de la puerta de hierro.

El que llevaba la linterna la encendió para verificar el número.

Después la arrimó a la abertura y el haz de luz se deslizó por el techo del interior, se posó sobre la litera superior, que estaba vacía, y enseguida se paseó por el piso, donde fue posible identificar un par de botines y un libro.

Buscó luego la pared; ahí iluminó a medias una mesa de trabajo con un radio despanzurrado y con los cables de fuera, junto a dos pequeños desarmadores y unas pinzas, como si alguien lo hubiera estado reparando.

Sí, era la celda del extranjero, de Jacques Mornard. Ambos asintieron y volvió la oscuridad.

Por unos segundos largos nada se movió entre las tinieblas, donde sin embargo se podían escuchar respiraciones tranquilas o agitadas, ronquidos, pedos y los gemidos de quien podría estar inmerso en una pesadilla.

Nada de ello perturbó a los hombres que seguían junto a la entrada de la bartolina, hasta que un rumor como de alguien rasgando un papel vibró cerca de la puerta que daba al patio y los dos hombres se paralizaron.

El de la linterna sorda la encendió y dirigió la luz hacia ese sitio.

Se trataba de la misma rata de hacía unos minutos, que al desplazarse rozaba las tortillas duras con el suelo o la pared.

Los dos intrusos bajaron la guardia y siguieron con lo suyo.

Hubo un ligero tintineo y volvieron a quedarse quietos, con los sentidos alertas por si se escuchaba algo en el interior.

Se encendió la linterna una vez más, y la luz alumbró a través del hueco cuadrado el bulto en la cama.

No se había movido, ningún sonido se desprendía de él.

El hombre que había producido el tintineo mostró al otro un objeto alargado, que introdujo enseguida en el candado de la cerradura.

Lo manipuló un poco, hasta escuchar un chasquido casi inaudible, pues el candado había sido muy bien aceitado de antemano.

Lo mismo que los goznes, que, al abrirse la puerta, ni siquiera rechinaron un poco.

Se acercaron con mucho cuidado a la cama. Ambos sacaron sus fierros y los empuñaron con el filo hacia abajo. A la señal de uno de ellos, que consistió en palpar el hombro de su compañero, los dos comenzaron a apuñalar con saña el bulto sobre la cama al tiempo que murmuraban:

—Para que aprendas... —susurró el primero entre dientes apretados.

—Ya te llevó la chingada, ¡pinche Mornard! —añadió el segundo, clavando el filo hasta el tope.

Cada puñalada era breve y feroz, acompañada de un golpe sordo contra la tela. El bulto apenas se movió, como si fuera demasiado tarde para defenderse o gritar.