La torre de cristal XL
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Quevedo le ofreció a Valentín Quintanilla algo de beber, y el teniente aceptó un trago para bajarse la inquietud que le habían dejado tanto la plática con Lupita como el breve contacto con su cuerpo.

Por alguna razón, supuso que su anfitrión tan sólo tendría vinos generosos, bebidas de maricones, según él.

—¿Se conforma con un brandy? ¿O de plano se le antoja mezcal o sotol?

—¿Qué es eso de sotol?

—¿No le tocó andar por Chihuahua durante la Revolución?

—No, nunca pisé ese estado.

—Es algo parecido al mezcal, pero lo producen allá. Es muy fuerte, para gargantas acostumbradas a lo rasposo.

—Écheme uno pues.

Quevedo fue hasta un mueble cerca de los libreros y volvió con dos caballitos y una botella transparente, sin etiqueta, tapada con un trozo de olote.

Arrancó el tapón con los dientes y sirvió el licor, que mostraba algunas perlas de aire en la superficie.

Luego volvió a sentarse frente al escritorio.

Levantaron los caballitos, dijeron “¡Salud!”, y dieron un trago cada uno.

El doctor dejó que la bebida resbalara por su garganta sin un gesto, pero a Quintanilla aquel licor de fuego sí le quemó y tuvo que carraspear un par de veces para quitarse el escozor de la garganta, mientras sentía que algunas lágrimas aparecían en sus ojos.

Cuando los vapores del alcohol lo dejaron al fin en paz, se dijo que tal vez se había equivocado al hacerse una idea de cómo era Quevedo, que por lo menos en cuanto a garganta no había resultado tan delicado como creía.

Mientras, el criminólogo ponía un poco de orden entre los expedientes y papeles en los que trabajaba al llegar él.

—¿Es cierto que este cráneo es del Tigre de Santa Julia? —preguntó el teniente que en ese instante tenía la vista fija en la calavera sin poder disimular su admiración.

—El sepulturero que me lo consiguió lo sacó de la mismísima tumba del bandido y me lo vino a vender —Quevedo lo tomó y se lo pasó—. Lo extrajo de ahí cuando tuvieron que hacer espacio en el cementerio para cadáveres más recientes.

Quintanilla lo sostuvo entre las manos con cuidado. Se trataba de una auténtica reliquia.

—Se sienten como vibraciones, ¿no cree?

Lo acercó a su rostro para mirarlo bien, apreciando todos los detalles, mientras se preguntaba cómo habría sido la mirada del Tigre, tratando de adivinarlo en esas cuencas vacías. Luego volvió la vista a Quevedo y sonrió.

—Yo tengo el último revólver que utilizó este cabrón…

—¿De veras? ¿Y cómo lo consiguió?

Ante la mirada de interés de Quevedo, el teniente infló el pecho con orgullo.

—Trabajé mis primeros dos años con un policía muy viejo que había empezado de gendarme en los tiempos de Lerdo de Tejada, en los años en que nació el Tigre, precisamente.

Hice buena amistad con él y cuando se retiró me lo regaló.

Estuvo en la cuadrilla que emboscó al bandido y terminó matándolo.

A él le tocó el revólver en la rifa de las cosas del Tigre que hicieron todos los participantes en el ajusticiamiento, ¿recuerda?

Luego de que lo sorprendieron cagando detrás de una nopalera.

—Me sé la historia, sí —Quevedo no podía ocultar su entusiasmo—. Me daría mucho gusto ver esa pistola algún día.

—Y, si quiere, hasta echar unos tiros con ella.

Ambos se sonrieron por vez primera desde el día en que se conocieron.

Después, mientras bebían a pequeños sorbos sus caballitos de sotol, pasaron a comparar sus notas y reflexiones.

La investigación mostraba ciertos avances importantes.

A través de la embajada belga, y del interrogatorio al que lo había sometido, Quevedo demostró que Jacques Mornard no se llamaba así en realidad y que no era de Bélgica. Quintanilla lo pensó un poco.

—¿Y si no es belga, será francés?

—No lo creo —respondió el criminólogo—. Le he dado vueltas incluso a la idea de que tal vez sea ruso, soviético, pero estoy seguro de que los hombres de la embajada que me prestaron su ayuda habrían detectado cualquier rastro de acento ruso en él y me lo hubieran dicho.

No, estoy seguro de que el supuesto Mornard es de origen latino.

—¿Italiano? —aventuró el teniente.

Permanecieron en silencio durante más de dos minutos, cavilosos. Luego Quintanilla recordó lo declarado por el muralista Siqueiros cuando consiguió exasperarlo. Había dicho algo sobre su mamá, ¿lo recordaba Quevedo?

—Sí, no se me ha quitado de la cabeza en ningún momento —y volvió a quedarse pensando. Luego planteó la pregunta de cómo podía haber conocido Siqueiros a la madre del homicida.

—¿En la Unión Soviética? —Quintanilla dio otro sorbo al sotol.

Quevedo abrió mucho los ojos, como si estuviera descubriendo algo frente a él.

—¡No! ¡En España! —casi gritó—. Sí, durante la Guerra Civil española el bando republicano estaba dominado en ciertas zonas del territorio por el Partido Comunista soviético.

Incluso se hallaban en guerra, además de con los fascistas de Franco, con los anarquistas y los socialistas. ¡Tiene que haber sido allí!

—Si eso es cierto —Quintanilla también abrió mucho los ojos—, el hijo de la chingada ha entendido todo lo que hablamos frente a él. Ya nos tiene bien calados.

—Pero, si es así, el cabrón no sabe que nosotros ya lo sabemos. Habría que aprovecharlo.

Quevedo tomó la botella y rellenó los caballitos.

Volvieron a levantarlos para brindar, ahora con amplias sonrisas.

No estaban seguros del todo, pero sus conjeturas tenían lógica.

Y aunque en la Guerra Civil española habían peleado hombres de muchas nacionalidades, sobre todo del lado republicano, mujeres extranjeras casi no había.

Si Siqueiros había conocido a la madre del supuesto Jacques Mornard durante la guerra, ella tendría que ser española y, por lo tanto, sería casi seguro que su hijo también.

Lo investigarían, por supuesto. Quevedo anotó en un cuaderno que debía ponerse en contacto con alguien en España para que corroborara sus especulaciones.

—Ahora —reflexionó—, si el tal Mornard es español, ¿quiénes son los interesados en que no se conozca su procedencia?

—Por supuesto que los soviéticos —al teniente le brillaron las pupilas—.

Porque español o no, si se comprueba que el mismísimo Stalin dio la orden a través de Beria, sería un desprestigio para su gobierno y un pretexto para que los trotskistas arreciaran los ataques contra su régimen desde todas partes del mundo.

Quintanilla se puso de pie y dio un par de pasos. Continuó el razonamiento:

—Y si se descubre que ciertos altos funcionarios del gobierno de México apoyaron a los soviéticos a eliminar al viejo Trotsky, su desprestigio afectará al gobierno en su conjunto.

La presión de los norteamericanos será difícil de sortear y, con ella, el presidente no se andará por las ramas si tiene que eliminarlos de su plantilla de colaboradores.

Quevedo guardó silencio unos segundos. Retomó la idea hasta ver que Valentín volvía a sentarse frente a él.

—Eso es lo que quería que entendiéramos el general Cárdenas la noche en que se reunió con nosotros.

Quiere librar al gobierno de sospechas ahora que los gringos están contra él por la expropiación, quitarles la tentación de ver a nuestro país como colaborador de los soviéticos —y el doctor volvió a servir sotol para ambos.

Mientras se ponía de pie para empezar a caminar con paso moderado por el interior del estudio, sorteando los muebles que se atravesaban en su camino, el doctor Quevedo propuso que él entraría en contacto con las autoridades españolas, lo que no sería fácil, pues con el triunfo de Francisco Franco el general Cárdenas había interrumpido las relaciones diplomáticas con España, y no se veía para cuándo quedarían restablecidas.

Sin embargo, haría la lucha. Quintanilla, por su parte, hablaría con los obreros comunistas para ver si podía sacarles quiénes eran los funcionarios del gobierno que los consideraban su base política.

—¿Armenta será uno de ellos? —preguntó el teniente.

—No, no lo creo.

—Yo tampoco.

—No, Armenta no es sino un peón con algo de poder, que recibe órdenes de otro alguien situado más arriba, tal vez cercano al presidente. Debemos husmear hasta conseguir quién nos informe de qué funcionario se trata.

Alzaron de nuevo los caballitos y los chocaron en el aire.

El doctor pensó que tal vez no sería tan desagradable trabajar al lado del teniente ahora que habían aprendido a confiarse lo que ambos sabían del caso, así como sus ideas y conjeturas, e incluso pudo sentir un repentino brote de simpatía por él cuando Quintanilla, que llevaba un rato callado, de pronto dijo:

—No sé si le moleste, doc, pero al llegar me encontré a Lupita y nos quedamos platicando unos minutos…

A Quevedo se le endureció la mandíbula al oír estas palabras, y se le trabó aún más mientras escuchaba lo que el teniente le contaba sobre las preocupaciones de la muchacha.

Preocupaciones con las que Quintanilla estaba de acuerdo, al grado de que había decidido echarle una mano investigando en qué pasos andaba el sobrino, aprovechando que recorrería los mismos rumbos que él buscando información sobre los comunistas.

Quevedo iba a revirarle diciéndole lo mismo que le había dicho a ella, que se trataba de exageraciones sin fundamento, pero se lo impidió la mordedura de los celos que le llenó de retortijones el vientre. Miró al teniente con ira.

—Haga lo que crea conveniente —dijo tratando de que su voz sonara normal—, sin descuidar, claro, sus obligaciones en este caso.

Quintanilla se puso de pie y Quevedo hizo lo mismo.

Al despedirse, el criminólogo apretó con furia la mano de su compañero, quien caminó hacia las escaleras mientras pensaba que no había imaginado antes la fuerza que el doctor tenía en esos dedos tan delicados, y que quizá también se equivocaba al juzgarlo de hombre debilucho.