La torre de cristal XXXIX
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XXXIX

En el interior de su amplio despacho, sentado al escritorio, Armenta sostenía la bocina del teléfono pegada a su oreja izquierda.

La voz cavernosa que brotaba del auricular lo había hecho palidecer desde varios minutos antes al grado de que su piel se había vuelto casi transparente.

Le temblaban los labios cada vez que murmuraba un “Sí, señor” y sentía la boca reseca.

Le urgía beber algo. No agua, sino un buen trago de alcohol.

Tenía una botella de Martell en el cajón inferior del escritorio, a su derecha, mas no se atrevía a sacarla antes de concluir la llamada, como si Escorpión pudiera ver sus movimientos.

Al final, la voz de la bocina se alzó hasta sonar, si esto era posible, aún más autoritaria.

—Sí, señor, como usted diga —luego escuchó un clic y enseguida el pitido que indicaba el fin de la comunicación.

No colgó. Siguió escuchando ese timbre sostenido igual que si se tratara de la voz de Escorpión, bastante adelgazada, dándole nuevas instrucciones.

Después de casi un minuto, emitió un largo suspiro, como si se desinflara, luego carraspeó para aclarar su voz, que casi no había usado en los últimos minutos, y acomodó con cuidado el auricular en el aparato, sin hacer ruido y rogando para que no volviera a sonar en todo el día.

Sólo entonces se agachó y abrió el cajón.

Extrajo de él la botella y un vaso corto, y se sirvió una generosa porción de coñac.

Aún temblaba por el regaño recién recibido, un regaño áspero, plagado de insultos.

Lo comprobó cuando, antes de llevarlo a su boca, alzó el vaso para contemplarlo y vio que en su interior el líquido ámbar se balanceaba en un oleaje agitado.

Para detenerlo, lo bebió de un solo trago, hasta sentir cómo la calidez del alcohol lo reconfortaba, reforzando su piel por dentro con algo semejante a una coraza.

Pero no era suficiente.

Necesitaba que esa coraza se hiciera más gruesa y fuerte, algo así como una concha protectora, y para ello requería otros tragos.

Se sirvió de nuevo, esta vez casi hasta llenar el vaso.

Lo acercó a su rostro, lo olió y sonrió: ahora sí podía irse Escorpión directito a chingar a su madre.

¿Cómo se le ocurría regañarlo por no haber podido liberar al asesino de Trotsky?

¿No había entendido que la intervención del secretario de Gobernación se lo había hecho imposible?

Ni siquiera Escorpión, al ser también encargado de una secretaría del gobierno federal, contaba con suficiente poder para saltarse a ese ministro o para enfrentarlo, a pesar de que presumía ser uno de los amigos más íntimos del presidente.

¿O sí? Además, esas amenazas de quitarlo de su puesto y entregarlo a algún juez incorruptible para que terminara tras las rejas, él, que tantas cosas le había tapado a su jefe a lo largo de su carrera política…

¿Y él, Armenta, por qué las había soportado?

No, lo que debió haber hecho era decirle que, si a él lo llevaban a juicio, fuera el juez que fuera y el delito que eligieran para procesarlo, también Escorpión caería.

El escándalo sería mayúsculo. Sí, Armenta hablaría y lo arrastraría consigo…

Dio otro trago al coñac. El calor dentro de su cuerpo aumentó y con él la confianza en sí mismo. De pronto se sintió más poderoso. Intocable.

Pero ¿si él era tan poderoso, entonces por qué Escorpión nunca le daba las razones de sus órdenes?

Nunca había entendido la terquedad de su jefe en dejar libre al tal Jacques Mornard.

Estaba consciente de que se trataba de un político radical de izquierda, más radical incluso que el mismo general Cárdenas, y que por ello el partido de la Revolución, es decir, el propio presidente, había optado por apartarlo de la carrera por la más alta magistratura del país.

Sabía que Escorpión mantenía relaciones cercanas con líderes obreros y comunistas conocidos en México, y que todos ellos, para quedar bien con Moscú, deseaban ver muerto al viejo León Trotsky, pero de eso a intentar eliminar también a su asesino había mucho trecho.

¿A quién le importaba si moría o se pudría en la cárcel ese pobre cabrón?

¿O qué? ¿Se trataba de tapar el sol con un dedo?

Carajo. No era posible. ¿No querían dejar cabos sueltos los rusos?

Ese no era problema de los mexicanos, por mucho que Escorpión quisiera quedar bien con cabrones como Lombardo Toledano o David Alfaro Siqueiros.

México es México y la Unión Soviética es la Unión Soviética.

Los separan miles de kilómetros de distancia.

Volvió a vaciar el vaso. Ya se sentía algo mareado y, con el mareo, las últimas palabras de Escorpión durante la llamada comenzaron a girar en su cerebro: la orden de organizar el asesinato de Jacques Mornard dentro del Palacio Negro de Lecumberri.

Eso era fácil. ¿Por qué no había empezado Escorpión por eso, en vez de tirarle encima tal cantidad de mierda?

Debió haber dicho simplemente: “Necesito que elimines a Mornard en Lecumberri ahora que no lo pudiste dejar libre”, en lugar de perder minutos y minutos hasta completar casi una hora diciéndole que estaba muy decepcionado de cómo había llevado la investigación, regañándolo por haber formado ese equipo con el juez Robledo, con el doctor Quevedo y con el teniente Quintanilla.

Si de lo que se trataba era de que los investigadores no investigaran, y de que el juez siguiera las instrucciones que le darían, ¿por qué no decirlo con todas sus letras y ya?

A Armenta le gustaban las cosas claras y prácticas.

Como encargarse de mandar matar a Mornard.

En cambio, los enredos políticos, los chismes y las corruptelas de otros lo ponían de muy mal humor.

Si Escorpión se hubiera limitado a dar la orden, ahorrándose los reclamos, Armenta ahora mismo se habría puesto manos a la obra, en vez de estar emborrachándose para ahuyentar la humillación.

De hecho, ya sabía a quién acudir. En Lecumberri, desde el director del penal hasta varios custodios, le debían favores y recomendaciones.

Ellos se encargarían. ¿Qué tanto podía costar quitar de en medio a un extranjero tímido y solitario que ni siquiera entendía bien el español?

Cualquier recluso condenado por homicidio, con experiencia y ansioso por obtener un trato, lo haría sin chistar.

Armenta vació el resto de la botella en su vaso.

Todo le daba vueltas, pero la sensación desagradable de la llamada había desaparecido.

Recapituló una vez más la conversación que había sostenido con Escorpión y ya no la encontró tan cruenta.

Su jefe había dicho lo que tenía que decir.

Además, ¿para qué negarlo? Le debía todo lo que era y lo que tenía…

Saboreó el coñac poco a poco hasta acabárselo.

Hizo la silla hacia atrás e intentó ponerse de pie.

Lo consiguió al tercer intento, aunque sintió las piernas inseguras.

Se quedó junto al escritorio, y cuando al fin comenzó a caminar hacia la puerta del despacho, había conseguido disimular un poco su tambaleo.