XXXVIII
El coche del teniente Quintanilla dio vuelta en una esquina y desde ahí contempló la llamada Torre de Cristal.
No le gustaba ese nombre, le sonaba a título de cuento para niños.
Cuando se acercaba a la casa, vio que Lupita iba saliendo del estudio.
Sin pensarlo, el teniente volteó el retrovisor para ver cómo se veía, se alisó el cabello con los dedos de una mano, y echó vaho sobre la palma con el fin de comprobar si su aliento olía mal.
Se sintió satisfecho con la revisión, que terminó justo cuando estacionaba el coche a un lado de la banqueta.
Al abrir la portezuela, Lupita se detuvo a saludar.
—Qué milagro, teniente —hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa—. ¿Qué lo trae por aquí?
Por alguna razón, Quintanilla se sintió cohibido por la muchacha.
—Pues ya ve usted, Lupita —le tendió la mano—. Por fin acepté las instrucciones de mi mayor Robledo de que el doctor y yo trabajemos hombro con hombro en el Caso Trotsky.
—Debe haberle costado mucho esfuerzo, ¿no?
—No tiene usted idea de cuánto —sonrió con timidez—. En fin, vengo para intercambiar información de nuestras pesquisas…
Iba a seguir hablando, pero al darse cuenta de que la muchacha traía los ojos hinchados y enrojecidos interrumpió su discurso. Lupita advirtió lo que el teniente había visto y, avergonzada, bajó la vista al piso y sonrió con una mueca. Él la tuteó mientras le apartaba el cabello del rostro.
—¿Qué te pasa, muchacha? ¿Estuviste llorando?
Ella negó con la cabeza y se mantuvo así unos segundos. Quintanilla le acarició las mejillas con el dorso de la mano, en tanto volvía a preguntarle qué le pasaba. Lupita trató de esconder el rostro.
—Discúlpeme, teniente, no acostumbro a tener estas confianzas con desconocidos… aunque me sean simpáticos —el color de la cara se le subió.
El teniente se le acercó e intentó abrazarla, pero ella dio un paso atrás.
—¿Y qué es lo que te tiene en ese estado?
Tras unos instantes de silencio, luchando contra la vergüenza que sentía, Lupita se soltó contándole lo que la tenía angustiada. Le dijo de un solo tirón la historia de su sobrino Jerónimo.
Quintanilla la escuchaba un tanto divertido, aunque sin dejárselo ver.
Recordaba sus propios años mozos, su rebeldía juvenil, los pleitos con su madre, los golpes que su padre le propinaba por insolente y falto de respeto, y estaba a punto de decirle a Lupita que así eran todos los hombres a esa edad, cuando ella dijo que, aunque a todo eso había conseguido acostumbrarse, ahora la conducta de Jerónimo era peor, mucho peor.
—¿Cómo peor?
—De unos meses para acá, desde que entró al sindicato de Petróleos —la voz de Lupita enronquecía conforme hablaba—, se ha estado juntando con un grupo de muchachos con tipo de maleantes.
Se ha vuelto más majadero, a veces llega golpeado, le ha dado por fumar…
la otra vez que le iba a lavar la ropa encontré en sus pantalones un fajo de billetes de cien pesos.
¿De dónde pudo sacarlos? Ni modo que le paguen tanto.
Y también traía una navaja, con rastros de lo que parecía sangre…
Valentín prestó atención. Tal vez no se trataba de simples muchachadas, sino de algo que ya se acercaba a la delincuencia. Su olfato de policía despertó.
—Tienes razón, Lupita. Eso es mucho para un joven como él.
—Y si a eso le suma usted que toman a diario, es decir, que cada día compran cerveza y hasta vino, que gastan un montón de gasolina y además van por mujeres afuera de los cabarets, yo creo que sí es como para preocuparse, ¿no cree, teniente?
Tal vez fuera a causa de su desahogo, pero Lupita lucía más tranquila. Las lágrimas en su rostro se evaporaron y sus ojos brillaban secos. Le agradeció a Quintanilla por escucharla e intentó cambiar de tema. Pero el teniente no tenía ganas de hablar de él ni de su trabajo.
—¿No le pidió ayuda al doc?
—Piensa que exagero con mis preocupaciones. Como nunca he sido madre…
Quintanilla sintió de nuevo el impulso de abrazarla, pero volvió a contenerse.
—Es que hay motivos para que te preocupes, muchacha —le dijo acercándose—.
Con lo que me acabas de contar, yo creo que es posible que tu sobrino ande pisando chueco.
En cuanto al doc, también lo entiendo. Es un buen investigador, sí, pero de gabinete y de libros.
No conoce bien a la gente de la calle ni está acostumbrado a convivir con hombres peligrosos. No sabe identificarlos por la facha.
—Pero él es experto en estas cosas, lo conozco bien.
—Eso es verdad, pero para él la delincuencia es algo abstracto, algo que él analiza en informes y expedientes. Sus conocimientos no le sirven para las calles que frecuenta tu sobrino.
—¿Y usted sí puede hacer eso?
—Yo conozco desde chamaco los barrios más peligrosos y, como policía, siempre me ha gustado trabajar ahí.
El teniente ahora sí se atrevió a abrazar a Lupita.
—No te acongojes, Lupita. Yo te voy a ayudar a ver en qué anda tu sobrino. ¿Jerónimo, dijiste que se llama?
Ella tuvo ganas de no soltarlo. Se apretó contra Quintanilla y él sintió en el suyo la cálida redondez del pecho de la muchacha. Una sensación placentera le nubló la vista y movió la cara un poco hacia abajo, como si buscara el contacto con la mejilla femenina, o con sus labios.
Antes de hacerlo, logró reaccionar. Se apartó un poco mientras le decía a Lupita lo que necesitaba para comenzar a indagar sobre las amistades de Jerónimo: los nombres de ellos y, si era posible, los apellidos.
La marca del coche en que se desplazaban y el número de matrícula, si la tenía.
Y, por último, los rumbos, los barrios que frecuentaban en sus parrandas.
—Con esos datos, y preguntándoles a mis informantes, pronto te digo si tienes que seguir preocupada o no.
Conforme lo escuchaba y asentía a sus requerimientos, Lupita se fue apartando un poco más, como si estar tan pegada a él le hubiera parecido de pronto algo inconveniente.
Sin embargo, la mirada que le dirigía estaba tan cargada de agradecimiento y admiración, que el teniente se volvió a sentir cohibido y decidió dar por terminado el asunto.
Mientras subía las escaleras, Valentín pensaba que a Quevedo, a pesar de ser tan listo, no sólo le faltaba calle y contacto directo con los delincuentes, sino también mucho más trato con las mujeres.